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TribunaMiguel Ángel Trillo-Figueroa

¡Europa, alza la mirada!

Europa no necesita solo mejores políticas: necesita recuperar la pregunta por el sentido. Una comunidad política que ha olvidado por qué existe no puede defenderse de quienes la amenazan desde fuera ni de la desafección que la corroe desde dentro

Europa atraviesa una crisis que excede con mucho lo económico y lo institucional. Lo que está en juego es algo más profundo: el sentido mismo del proyecto europeo, los fundamentos sobre los que se edificó y la capacidad de las sociedades del continente para reconocerse en una identidad compartida. Setenta años después de los Tratados de Roma, la Unión Europea parece haber olvidado la pregunta que la hizo posible: no cuánto crecemos, sino para qué estamos juntos.

La cultura dominante en la vida pública europea ha ido relegando progresivamente las raíces más sólidas de la civilización continental –la filosofía griega, el derecho romano, el cristianismo– en favor de un pragmatismo tecnocrático que rehúye toda discusión sobre los fines últimos de la convivencia. La integración europea nació de una convicción moral, no de un cálculo mercantil. Líderes como Schuman y Adenauer entendieron que la paz exigía una base espiritual, un reconocimiento de la dignidad humana anterior a cualquier pacto comercial. Hoy, en cambio, Europa se gobierna como una empresa que ha perdido su misión fundacional. El resultado no es la estabilidad, sino una fatiga existencial que se extiende desde las instituciones hasta el ciudadano corriente.

Es precisamente esa fatiga la que el filósofo Byung-Chul Han ha diagnosticado con gran lucidez. Su concepto de «sociedad del rendimiento» describe un modelo civilizatorio en el que el sujeto ya no es oprimido desde fuera por un poder autoritario, sino que se explota a sí mismo hasta el agotamiento. La autoexplotación sustituye a la dominación clásica; la hipertransparencia, al misterio; la conexión permanente, a la verdadera comunicación. Han identificado en las sociedades occidentales contemporáneas un vaciamiento existencial radical: la pérdida de lo simbólico, de lo ritual, de aquellos espacios de sentido que no pueden reducirse a datos ni a rendimiento. Su diagnóstico de una Europa enferma de agotamiento y de falta de sentido constituye, en realidad, el reverso filosófico de la crisis política que cualquier observador constata: una Unión que ha ganado en procedimientos lo que ha perdido en alma.

Lo que hace especialmente fecundo el pensamiento de Han para el debate europeo es que su crítica no procede de la nostalgia reaccionaria ni del resentimiento antimoderno, sino de una profunda comprensión de las paradojas de la modernidad tardía. La Europa transparente que él describe –una Europa sin sombras, sin interioridad, sin contemplación– es una Europa incapaz de generar los vínculos de pertenencia y los relatos compartidos que toda comunidad política necesita para sobrevivir. Cuando todo se reduce a información y a flujo, desaparece la narración; cuando todo es rendimiento, desaparece el sentido del reposo, de la fiesta, de lo sagrado.

En este punto, el discurso del Papa León XIV ante las Cortes Generales de España ofrece un contrapunto que no es contradictorio con Han, sino profundamente complementario. Su Santidad recordó que «toda sociedad auténticamente justa se edifica sobre el reconocimiento de la dignidad inviolable de la persona humana», una dignidad que «precede a toda concesión del Estado y no puede quedar subordinada a consensos sociales mudables o al vaivén de las mayorías de cada momento». Donde Han diagnostica el vacío, el Papa señala la fuente posible de su reparación: la tradición moral y espiritual que la modernidad europea no ha superado, sino simplemente abandonado. León XIV afirmó igualmente que «la libertad moderna ha sido preparada también por una larga educación de la conciencia, profundamente marcada por la tradición cristiana», y exhortó a no perder «la memoria de las raíces ni la audacia de mirar al futuro». No se trata de restaurar un pasado idealizado, sino de reconocer que sin fundamentos sólidos no hay futuro posible, y que junto a las respuestas técnicas y las reformas legales «hace falta también una renovación moral».

Pero acaso lo más significativo de este momento europeo sea un fenómeno que la sociología apenas ha comenzado a registrar y que la prensa suele despachar con perplejidad: el notable resurgimiento del interés por lo trascendente entre los jóvenes. Allí donde la sociedad del rendimiento descrita por Han ha conducido al agotamiento y al vacío, las nuevas generaciones buscan respuestas que trasciendan el paradigma materialista dominante. No es un movimiento uniforme ni fácilmente encuadrable en categorías políticas tradicionales, pero su existencia desmiente la tesis de una secularización irreversible y plantea una pregunta incómoda a las élites europeas: ¿y si la juventud que busca sentido más allá del consumo y la productividad estuviera señalando, sin saberlo, la dirección en la que Europa debe reencontrarse consigo misma?

Estos tres hilos –la crisis de fundamentos del proyecto europeo, el diagnóstico de Han sobre el agotamiento del sujeto moderno y la llamada del Papa a una renovación moral que las nuevas generaciones parecen intuir por su cuenta– no son discursos paralelos, sino facetas de un mismo problema y, tal vez, de una misma respuesta. La Europa que se autoexplota hasta el cansancio es la misma que ha expulsado la dimensión espiritual de su esfera pública; y los jóvenes que buscan lo trascendente están respondiendo, con la radicalidad propia de su edad, al vacío que tanto el filósofo como el pontífice han señalado desde ángulos distintos.

Europa no necesita solo mejores políticas: necesita recuperar la pregunta por el sentido. Una comunidad política que ha olvidado por qué existe no puede defenderse de quienes la amenazan desde fuera ni de la desafección que la corroe desde dentro. El cansancio de Europa no se cura con más eficiencia, sino con más profundidad. Y quizá la señal más esperanzadora de nuestro tiempo sea que quienes primero lo han comprendido no son los tecnócratas de Bruselas, sino los más jóvenes: aquellos que, hartos de rendimiento sin horizonte, vuelven a alzar la mirada.

  • Miguel Ángel Trillo-Figueroa Ávila es abogado y ex asesor jurídico en el Congreso de los Diputados
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