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en el recuerdoAlfonso Ussía

Abonados al ridículo

Pero las consecuencias no ayudan al optimismo. Hoy, Cataluña y Barcelona añoran la cínica armonía de la Transición. Se han marchado de Cataluña decenas de miles de empresas. Barcelona ha sido, no superada, sino laminada por Madrid

Dos instantes regalados a la Historia establecen la magnitud y le grandeza del independentismo catalán. El primero, en los años del tripartito. El segundo, en el ídem 8 de la proclamada República Catalana. Acudimos al primer instante histórico. Se inauguraba un gran edificio en Barcelona. Asistieron todas las autoridades y representantes de los partidos políticos comprometidos con la separación de España, incluido el PSC. Ante la flor y nata del independentismo, el desaparecido Carod Rovira se dirigió a los representantes del estudio de arquitectos que habían proyectado la magna obra. La pregunta, fundamental para el futuro de Barcelona y la República en ciernes.

-¿En qué idioma se entendían los trabajadores, en español o en catalán?.

Y el jefe de los aparejadores le sacó de su angustiosa duda. –En marroquí.

Carod Rovira renunció a formular más preguntas.

Cataluña en general y Barcelona en particular, habían padecido toda suerte de catástrofes sentimentales. Una de ellas, la decisión de Messi de enviar a su hermana a un colegio en Argentina para que finalizara su bachillerato. La pobre niña lloraba amargamente todas las tardes por un motivo lingüístico. Le obligaban en su colegio a estudiar en catalán, y la niña, como el hermano futbolista, no tenían la menor intención de renunciar a una lengua que hablaban 600 millones de personas en el mundo y que era la oficial de su nación natal, Argentina, a cambio de esforzarse por aprender un idioma que en el futuro, no les serviría para nada.

Aquella decisión de Messi hirió muchas sensibilidades, y al cabo del tiempo le dio la razón. Su hermana terminó el bachillerato en Argentina, y él se marchó del Fútbol Club Barcelona sin saber ni patata de catalán y se ha instalado en París.

Hay que intentar, no sin esfuerzo, entender el bucle melancólico del separatismo catalán.

Rafael de Casanova fue un patriota español derrotado en una guerra monárquica. Don Rafael era partidario del Archiduque Carlos y sus fuerzas fueron derrotadas por Felipe V, un gran Rey que fundó, entre otras muchas cosas, la Real Academia Española y los Mozos de Escuadra. Casanova fue reivindicado, se le permitió reabrir su despacho de abogados y murió respetado como un buen español. Pero lo de Messi dolió más que lo de Casanova, al que los separatistas han convertido en un catalanista vencido por Felipe V, cuando de catalanista e independentista tenía lo mismo que, siglos más tarde, Salvador Dalí, que no tiene ni calle ni plaza en Barcelona porque consideraba a los separatistas «unnnos monnumenttaless tonnnttosss».

Un genio universal español y catalán despreciado por la oquedad mental del separatismo.

Pero el gran ridículo, el segundo regalo histórico de la grandeza del separatismo catalán lo protagonizó Puigdemont, cuando proclamó la República de Cataluña. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete segundos duró la heroica República. En el segundo 8 se desdijo, y dejó sin efecto su gloriosa proclamación. Miles de majaderos que se habían reunido para celebrar el acontecimiento –majaderos o simples ilusos–, se llevaron las manos a la cabeza, profundamente decepcionados. En el fondo, todos los entusiastas de la efímera República supieron que su sueño era irrealizable.

Pero las consecuencias no ayudan al optimismo. Hoy, Cataluña y Barcelona añoran la cínica armonía de la Transición. Se han marchado de Cataluña decenas de miles de empresas. Barcelona ha sido, no superada, sino laminada por Madrid. Y aquella maravillosa ciudad, abierta, rica y tolerante, se ha convertido en una aldea habitada por los empecinados, los cobardes silenciosos de la Alta y Media Burguesía que tanto colaboraron con el robo de los Pujol, y con una presencia de inmigrantes que han cambiado la tranquilidad por el recelo. Ada Colau, principal causante de la tragedia, no se apropió del despacho principal del Ayuntamiento de Barcelona. Ha destrozado Barcelona con el apoyo de los votos de los barceloneses.

Intelectualmente, Cataluña es hoy en día un vacío. Todas las energías se reúnen en lograr lo imposible y detener la riqueza. Dicen que lo van a intentar de nuevo, pero nadie se atreve. Los separatistas se odian entre ellos. Y como en la construcción del gran edificio de tiempos del tripartito, empiezan a odiarse, no en catalán, sino en marroquí.

Añoro aquella ciudad portentosa.

  • Publicado en la web de Alfonso Ussía el 24 de agosto de 2021
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