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Perro come perroAntonio R. Naranjo

Frente Amplio y mente estrecha

Aún no se han dado cuenta de que la extrema izquierda en España ya está ocupada por Pedro Sánchez

Ya le han puesto nombre, que es a lo que más tiempo dedican: ahora se llama Frente Amplio, la enésima denominación para un artefacto que ya respondió por Marea, Confluencia, Comunes, Círculos y alguno más que la memoria quebradiza desecha por inane, aunque les sugiero otros igual de lindos: Mente Estrecha, Tupamaros Transversales o Brigadas Rojas Inclusivas, que tienen su punto y corren a cargo de la casa.

También han cambiado de cabeza, pero no de alma: básicamente es la izquierda radical de siempre, de retórico verbo, intereses gremiales y efectos perversos, que ha ido de rompedora pero al final ha ejercido el trabajo más antiguo en política, el de tonta útil de Sánchez.

Se ha comido todos los perjuicios de estar al lado de un Atila de la democracia, el sentido común y la legalidad; pero ninguno de los beneficios: quizá uno personal para Yolanda Díaz si acaba ascendiendo a la cosa esa del trabajo a cambio de que se gasta un dineral el gobierno en el chiringuito, pero ni uno más.

Solo Batasuna 2.0 ha sacado partido de poner a Sánchez El Perdedor en la Moncloa: se ha blanqueado sin condenar el terrorismo, ha sacado a casi todos los etarras de la cárcel y a no mucho tardar mandará al PNV a la oposición con la ayuda del PSOE como primera fuerza política de ese lugar lleno de enfermos y amnésicos al que hay que volver a llamar Vascongadas, aunque solo sea por molestar.

El término Frente Amplio tiene medio siglo largo y origen uruguayo, y básicamente responde a la fórmula que en España vimos antes de la Guerra Civil y en media Hispanoamérica desde los años 70, pero sobre todo con el Frente de Judea en la sátira de La vida de Brian: un conjunto de formaciones que atienden al viejo axioma de Huxley y empeoran sus más siniestras intenciones cuanto más elevan su pomposa retórica.

Ahora, una vez desechados Sumar y Podemos, se encarnan en los movimientos populistas latinos para hacer lo de siempre con otro nombre, con una batalla nada sorprendente entre facciones: pondrán a Ada Colau al frente, lo que denota su desesperación; y detrás lo que quepa para contentar lo que se pueda a todas las familias de un espacio en el que hay más indios que caballos y más caballos que votantes, con la única excepción de Emilio Delgado, tan equivocado como los demás pero mucho más noble que las Bergerot de turno, la pobre bocazas que va de güisqui y es gaseosa sin gas.

En España la extrema izquierda ya está ocupada por Pedro Sánchez, que ha vampirizado a la original para convertir al PSOE en un triste eco radical del partido socialdemócrata indispensable desde la Transición hasta el advenimiento de Zapatero, hermano mayor del actual chavista en jefe.

Ahora no es un partido sino una religión, con un gurú de saldo que no permite a la feligresía salirse de su catecismo frentista, empobrecedor e incompetente, con el único afán de fabricar pobres e ignorantes en la certeza de que solo ellos pueden ser sus clientes electorales.

Si la novedad a la izquierda de la extrema izquierda es Colau, con su pizca de la insoportable Mónica García, la sombra de la colocada Yolanda Díaz y el huequito laboral o no para la Sociedad Limitada de Montero e Iglesias Asociados, no es de extrañar que hasta miren con añoranza a Gabriel Rufián, el independentista que vive en Madrid, quiere ser presidente en España y no le dejan del todo en ERC ni se atreve a encabezar el nuevo Frente Popular, al que solo faltan un par de consignas para ser como su antecesor. Ya imagino el lema electoral: «Arderéis como en el 36». Siempre y cuando no lo tenga ya cogido Pedro, que va a ser que sí.

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