Patriotismo real
El abandono llama al abandono; la limpieza, al civismo. Un país más limpio también es un país más limpio en el sentido moral
Veo que los estudiantes de Serbia se han organizado para limpiar de grafitis las calles, los parques, las fachadas y los pasos subterráneos. Como si no fuese una acción suficientemente explícita por sí misma, hay quien la ha llamado, además, «Patriotismo real». Es exacto. Están muy bien las banderas, que son símbolos potentísimos, y ellos también las han sacado –bellísimas– a la calle. Pero, junto a las banderas, la lavandería. Es la teoría de los cristales rotos, aplicada al revés y a escala nacional. Ya saben: un mobiliario urbano decente y hasta hermoso fomenta un comportamiento ciudadano mucho mejor. El abandono llama al abandono; la limpieza, al civismo. Un país más limpio también es un país más limpio en el sentido moral.
Estaba añorando una actitud parecida para nuestro país cuando recordé que ya la tenemos y que anoche la presencié yo. Por iniciativa de la poeta Inmaculada Moreno y con el apoyo de la ACdP de Jerez, se ha representado un Don Juan Tenorio para Todos los Santos. He aquí otra limpieza: la de los ritos.
Se recupera así una tradición propiamente española o, más precisamente, hispana, porque también se vivía en ultramar. Eso ya es mucho. Menos protestas contra Halloween y más celebración de lo nuestro. La actitud propositiva siempre atrae más. Tanto, que la Sala Compañía de Jerez se quedó pequeña y hubo público que no logró entrar. El lleno no fue hasta la bandera, sino hasta la acera. Los que entramos salimos repletos. La superioridad de nuestra tradición es, naturalmente, estética, pero también moral.
La obra de José Mateos, interpretada por Emilio Rosales, se titulaba Don Juan Tenorio. Un ensayo dramático y era, como su nombre indica, una reflexión teatralizada sobre el mito. Eso creaba varias tensiones en el escenario: entre la actualidad, encarnada en la voz del narrador-ensayista, que explicaba a don Juan con los modismos y los tics de la posmodernidad; el Siglo de Oro de Tirso y el Romanticismo de Zorrilla, con sus versos y sus duelos a espada; y el mito intemporal, con sus pasiones miméticas y sus círculos viciosos de egoísmo y nihilismo.
De Instagram a René Girard, pasando por el retumbante rimar de las redondillas, todo giraba alrededor de un eje cada vez más visible: el catolicismo constitutivo del espíritu español, que, aunque se rebele, lo revela. Y un mensaje absolutamente revolucionario: sólo el perdón es capaz de redimir el pasado y romper la espiral vertiginosa de la venganza. Don Juan Tenorio es una obra en la que el papel de la mujer se transfigura, contra todo pronóstico, en el principal y salvífico: es el amor de doña Inés el que salva a don Juan en el último instante.
La necesidad que nuestro tiempo tiene de este mito hispánico es de vida o muerte. Como la apabullante posmodernidad, don Juan es relativista, hedonista, consumista (consumista de amoríos, o sea, de personas), envidioso, partidario de la ley del más fuerte, impío y desafiante. A esa potencia de la naturaleza se enfrenta la débil y delicada Inés. Y vence. Con la ayuda de Dios, por supuesto, y atravesando incluso el muro que separa el mundo de los vivos y el de los muertos. Por eso, su representación resulta tan apropiada para estos días. Es el dogma de la comunión de los santos en acción, sobre las tablas.
Esa era y esa es la propuesta antropológica, cultural y religiosa española. Y la seguimos necesitando. El esfuerzo de tantos por re-representarla en Jerez es un acto de patriotismo real. Limpia el imaginario grafiteado de estos días y nos devuelve los cristales limpios de nuestra cultura y nuestro espíritu. ¡Que doña Inés vele por nosotros!