Cartas al director
El fútbol según Borges
Ya hace días que tuvo lugar la final de la Copa del Rey. Un partidazo jugado de poder a poder, el clásico del siglo, la guerra de las galaxias, la batalla de las Termópilas, la de Mühlberg, el desembarco de Normandía y todo lo que se quiera. Pues he de reconocer, exponiéndome al riesgo de no ser comprendido, que me dormí cuando no había transcurrido ni media hora de juego.
Desde el rincón del bar donde me encontraba apenas podía distinguir a los peloteros en la pantalla del televisor, así que enseguida me entretuve recordando los nombres de viejas glorias de los años en que el pan era del día y el circo aún tenía su gracia. Algunos me venían fácilmente a la memoria y otros se quedaban en la punta de la lengua: Juanito, Migueli, Stielike, Carrasco y un alemán con apellido de pulimento para cocinas. Y ocurrió que, mientras coqueteaba con la nostalgia, cayó sobre mí la modorra, arteramente, y quedé roque en un decir Jesús como los jubilados en las tascas de antaño.
La algarabía de los parroquianos que celebraban el primer gol del equipo culé me devolvió a la vigilia y se me figuró que estaba en plenas fiestas de la plaza del Diamante. Luego, ya más espabilado pero con la sensación de que la noche del sábado se me estaba haciendo bola, observé que quienes habían festejado el tanto cantaban, entonces, a grito pelado, el empate de los capitalinos.
No sé por qué debería sorprenderme. En este país se tiene la sana costumbre de ir con los de la feria y volver del brazo de los del mercado, de cambiar de chaqueta con cierta asiduidad, de repetir hasta el hartazgo «donde dije digo, digo Diego» y quedarse tan ancho.
Yo puedo afirmar que a estas alturas de mi vida cada vez me importa menos el fútbol y más lo que Borges opinaba acerca del balompié: «…es estéticamente horrible, horrible y zonzo. Son creo que once jugadores que corren detrás de una pelota para tratar de meterla en un arco. Algo absurdo, pueril, y esa calamidad, esta estupidez, apasiona a la gente». En cuanto al apagón… tengo un surtido de velas como para alumbrar el Casón del Buen Retiro y un hornillo de camping gas que adquirí hace años en el bazar de la esquina.