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Cartas al director

El faraón Sánchez

La serie Testamento: La historia de Moisés provoca una sonrisa amarga, de esas que no buscan consuelo sino claridad. El faraón bíblico, entronizado en su soberbia, observaba cómo las plagas devoraban su reino mientras se aferraba a un poder vacío. España, hoy, parece reflejarse en ese espejo antiguo, gobernada por un faraón moderno llamado Sánchez y vigilada por un Moisés de recambio que no se atreve a levantar el bastón.

El Nilo se volvió sangre; el nuestro se desangra en inflación persistente y deuda creciente. Las ranas son la crispación social, saltando de tertulia en tertulia, contaminando cada conversación. Los mosquitos representan una corrupción insistente, pequeña pero constante, capaz de atravesar muros, despachos y conciencias. Luego llegó la oscuridad, una penumbra política que no solo apaga luces institucionales, sino también expectativas colectivas y confianza pública.

Y sin embargo, el faraón sonríe. Endurece el corazón como en el relato bíblico, convencido de que nada se abrirá ante el clamor ciudadano. Cree su trono eterno, aunque ya sea de cartón mojado. El pueblo, cansado, murmura más de lo que grita, resignado a sobrevivir entre plaga y plaga.

Al otro lado no hay éxodo. Feijóo aparece como un Moisés de corcho, prudente hasta la parálisis. Observa el desastre desde la orilla, confiando en que el desgaste ajeno sea su única estrategia. No arriesga, no inspira, no guía. Es un profeta sin revelación, cuya espera beneficia al faraón más de lo que lo incomoda.

Así seguimos, atrapados entre la soberbia que gobierna y la mediocridad que aspira a sucederla. España contempla esta tragicomedia con la fatiga de quien ya no espera milagros. Aquí las plagas no liberan. Solo dejan ruinas. Y mientras tanto el tiempo pasa lento, espeso, sin redención, con ciudadanos cansados pagando siempre el precio de este final de ciclo.

Sergio de Fuente Garrido

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