Cartas al director
El nasciturus
Se estima que cada año se producen aproximadamente 73 millones de abortos inducidos en el mundo, lo que equivale a unos 200.000 abortos diarios. La izquierda con la promulgación de leyes tan laxas sobre el aborto y amparándose en una excusa tan perversa como lo es el derecho a decidir de la mujer por encima del derecho a la vida del nasciturus, ha generalizado lo que debería ser una excepción. Comprendo que haya casos clínicos o por violación que lo justifiquen, pero el aborto libre es una aberración.
La vida humana empieza en el instante de la concepción, porque el cigoto concebido es una célula humana, no es una célula de cocodrilo, de serpiente ni siquiera de Orangután. Lo que no tiene, por tanto, ningún sentido es afirmar que la vida humana comienza a las 14 semanas de embarazo, límite temporal para poder abortar. Pero a qué hora, en qué minuto, en qué segundo de esas 14 semanas termina dicha vida no humana y empieza la humana. ¿Cuál es el instante exacto que divide a ambas?
La respuesta es que no lo hay. No hay ninguna diferencia genética entre un cigoto y su desarrollo embrionario de 14 semanas, todas las disparidades que hay entre ambos son de índole morfológica.
Si los cambios anatómicos sufridos por el cigoto hasta convertirse en un embrión de 14 semanas no han constituido un impedimento para que la mujer interrumpa su embarazo, no veo por qué los cambios de esta misma tipología que se han dado entre el embrión de 14 semanas y el de 9 meses sí son un motivo para que no lo pueda hacer.
El aborto es una acción disruptiva de un proceso natural, una destrucción de un código genético tan único e irrepetible como el de cualquier ser humano ya nacido. Nuestros cambios morfológicos son meras consecuencias de nuestra esencia genética, lo cual no debería ser bajo ningún concepto determinante a la hora de abortar.