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Cartas al director

Cuando el sentido común se vuelve ultra

Hubo un tiempo en el que la democracia se definía como el tablero donde distintas visiones del mundo —conservadoras, liberales o progresistas— competían en un marco de respeto y tolerancia. Se nos dijo que el pluralismo era el corazón del sistema. Que era un espacio de respeto para diversas visiones del mundo. Esto se ha transformado en un escenario donde disentir del dogma oficial conlleva el estigma. Valores como la familia tradicional, el derecho a la vida, la nación o la inmigración regulada –pilares históricos de nuestra civilización– han pasado de ser sentido común a convertir a quienes los defienden en parias sociales.

Este fenómeno no es casual. La izquierda entendió que el verdadero poder responde a la hegemonía cultural, teorizada por Antonio Gramsci: una estrategia donde la izquierda ha ocupado el lenguaje, las leyes, las aulas, las tertulias, la cultura y los medios para convertir su ideología en el único marco aceptable. Han ocupado las instituciones que moldean nuestra conciencia. Bajo este orden, el conservador no es un rival, sino un «error» que debe corregirse mediante etiquetas deshumanizantes como «ultra».

Más que una censura jurídica, sufrimos una persecución ambiental. La «espiral del silencio» empuja a muchos ciudadanos al exilio interior, ocultando sus opiniones en cenas familiares, reuniones de amigos o entorno laboral, por miedo al aislamiento. Aunque se exalte la diversidad, la 'ventana de Overton' se ha estrechado tanto que la tolerancia hacia el pensamiento divergente es inexistente.

Si la mitad de la población debe vivir bajo una máscara para evitar el conflicto, nuestra democracia está enferma. Reivindicar la familia, la patria y las tradiciones no es odio, sino un ejercicio de libertad. El primer paso para romper esta hegemonía es, sencillamente, dejar de pedir perdón por existir.

Fermín Arias García de la Chica

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