Cartas al director
La rebelión de las masas
Muchos días no incitan a escribir, para qué. Me leen cuatro gatos y me han apartado de mis queridas contribuciones tras cincuenta años.
No es castigo de los dioses, no me creo Sísifo, pero escribir hoy –salvo los que tienen que vivir de ello– es llenar una página para mañana empezar de nuevo.
Benito Arruñada en La culpa es nuestra demuestra que no podemos quejarnos cuando nuestras decisiones son las que alimentan lo que criticamos.
Votaciones europeas, nacionales o autonómicas o tan domésticas como las de unas madres, no más de veinte, para decidir cómo van a celebrar la Primera Comunión sus criaturas, lo demuestran.
No puedo menos que extrapolar comportamientos. Viendo a «mis mamás», he de colegir que el sanchismo no es la enfermedad, es sólo un síntoma.
Hay quien sostiene que más del ochenta por ciento somos tontos y que el problema hoy es el protagonismo –voto y, además, voz– que las redes sociales les han dado.
Cómo van las mesas, quiénes arriba y quiénes abajo, dónde se pone la fuente de chocolate y si se avisa a los bomberos por si hay que trasladarla…
No sé si alguna familia ha invitado al refrigerio al cura. Viendo lo que este santo varón ve, lo del Alcoyano a su lado es anecdótico.
¿Hay remedio? Es muy triste coincidir con Rafael Vidal Delgado en La Guerra de la Independencia en torno al estrecho de Gibraltar: «Aunque parezca una monstruosidad las guerras enderezan la relajación de las costumbres, y las dos que asolaron al mundo en 1914 a 1918 y 1939 a 1945 fueron causa de una ralentización de la decadencia, acelerada en los últimos años a causa de la visión relativista de lo bueno y de lo malo y de un consumismo desordenado».