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Cartas al director

Prioridad nacional

Esto es más viejo que el mear. Y muy simple: Tú coges una palabra o un lema y los repites en plan negativo (o negativo, según te interese). Luego, una vez que has conseguido que «la gente» acepte como suyo ese concepto, ya lo tienes: Ultraderecha, ultraderecha, ultraderecha… (no ultraizquierda, eso no, que es de fascistas), o esa misma, facha, facha, facha… Así, machaconamente, hasta que empape. El ciudadano de a pie (el vulgo), poco selectivo, acabará haciendo suya esa relación de ideas de tal manera que cuando la escuche, sentirá automáticamente una especie de aversión, como de ganas de vomitar. Ya lo tienes. Esos serán «los malos» y, por pura deducción, el resto (nacionalistas separatistas, proetarras y los que nos quieran apoyar) seremos…

Cojamos, por ejemplo, una palabra que hasta hace poco a todos nos resultaba indiferente y que es una de las que últimamente está sufriendo ese acoso: Prioridad nacional. Han conseguido que con solo escucharla te entren ganas de salir corriendo, ¿o no?, porque luego te paras a pensar en la susodicha y te das cuenta de que suena hasta bonito. Prioridad nacional, o lo que es lo mismo, dar prioridad a los de aquí. A los que han contribuido desde que nacieron, con su trabajo e impuestos, a tener una Seguridad Social que es la envidia del mundo y un sistema de pensiones que no deja de ser el que por medio del Estado has ido poniendo en la Caja (tu caja) común. Y digo yo, ¿dónde está el problema?

A nosotros se nos ha educado desde críos en un sistema de trabajo y de ahorro. Un sistema en el que la propiedad privada es un bien que cada uno ha de procurarse dentro de unas normas previamente establecidas. Trabajas, ahorras y te aseguras un porvenir. Trabajas, ahorras y te compras una vivienda… o dos.

En fin, que no sé dónde está el problema de darle «prioridad» al que se lo ha venido currando y, para lo demás, leyes, que es la misión de los que gobiernan. Y dar trabajo, que el trabajo dignifica.

Antonio Fernández González

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