Cartas al director
Zapatero busca la nulidad
La presunción de inocencia es sagrada, claro está, pero es también muy cierto que su inocencia ya no la defiende ni él mismo. Sencillamente porque en vista de las evidencias que brillan como diamantes, esmeraldas y rubís es imposible defenderla más allá de las paredes del búnker Moncloa-Ferraz. Y donde menos, desde luego, ante un tribunal. Por eso, lo que José Luis Rodríguez Zapatero se ha venido a declarar es culpable. Eso es realidad lo que proclama su defensa. En absoluto intenta ni siquiera desmontar los indicios y pruebas fehacientes y documentadas en el sumario de su culpabilidad, sino que de facto las asume e implícitamente reconoce que no las puede rebatir pues son hechos comprobados.
Las conversaciones, Whatsapp, citas, reuniones, pagos y brindis con champán están ahí y sobre ellos reluce encima el insultante fulgor de los joyones del botín. El tesoro del pirata con pata de palo y parche en la ceja que ha resultado ser el beato ZP. Así que lo único que le queda al expresidente ya no es defender la inocencia presunta sino el conseguir que las pruebas, que demuestran con toda crudeza su culpabilidad, sean anuladas. En eso están y además intentando que esa anulación suponga la de la causa por entero. No deja de ser una jugada un tanto a la desesperada, y más con el cuidadoso y preciso juez instructor que les ha tocado. Lo que ha aparecido es de una gravedad y encenagamiento descomunal y en el caso del botín en oro y piedras preciosas, escondido y ocultado siguiendo la primera norma de todo ladrón, de una obscenidad que avergüenza a cualquiera.
Mientras el ínclito ZP ha optado por mentir primero y coserse la boca después hasta la siguiente mentira. Lo hizo justo tras ser imputado. Daría rápida y públicamente explicaciones y pruebas de su bondad. Tras la comparecencia el pasado día 17 ante el juez, solemnemente otra vez comprometido, tras negarse a hablar de su «tesoro» a que en una semana como mucho, muchísimo, 10 días daría cuenta de su procedencia y camino hasta él. Han pasado 12 días y ni pío, ni señal. Por no piar ya no lo hace ni siquiera su «presunto» portavoz, el tal Luis Arroyo, alias «el tasador». No lo hacen por la sencilla razón de que si lo hacen será para peor. Lo saben muy bien y sus abogados más.