10 de diciembre de 2022

En primera líneaHiginio Marín

El Estado y la sexualidad infantil

Durante tiempo, los límites del sentido común vigente nos ofrecieron la engañosa tranquilidad de que las cosas no podrían empeorar hasta el disparate

La ministra de Igualdad no sabe argumentar sin agredir. Encarna bien aquella afirmación de Engels sobre que será necesaria toda la violencia de la barbarie para realizar sus ideas. Tal vez sea una cuestión temperamental, pero lo cierto es que casi todas sus declaraciones son agresivas para los discrepantes, para el idioma y hasta para el sentido común más elemental. Los paladines de la ideología de género, aunque sea desde las moquetas del poder estatal, no se andan con contemplaciones: quienes discrepan se quedan fuera de la ley. Y en esas estamos desde hace ya un tiempo.
Ahora le toca a la legalización de la pederastia y, muy pronto, a la del incesto. De hecho, de hacer caso a la ministra los padres que no permitieran a un niño tener relaciones sexuales estarían cometiendo un delito y avasallando un 'derecho reconocido'. O eso, o la que está fuera de la ley es ella y ha hecho apología del abuso de menores desde un Ministerio.
Como es sabido, el primero en sostener que había una sexualidad infantil fue Freud. Y también fue él quien asimiló el psiquismo infantil al de los «pueblos primitivos» que, a su vez, le parecían particularmente afines con las neurosis como estados psíquicos. Por eso, los niños no solo le parecían un fragmento vivo del pasado, los «primitivos en el presente», sino la edad de la vida donde se ocultan todos los traumas y complejos que nos torturan.
Para el neomarxismo freudiano, desde antes del 68 y hasta ahora, el pasado es traumático porque la infancia está victimizada por las represiones paternas. Los niños que desean sexualmente a la madre y admiran pero envidian al padre (o a la madre), son víctimas de las represiones sexuales que, de un modo u otro, proceden siempre de lo paterno o de su sustitutivo impersonal, la moral. Pero eso va a cambiar y quien va a liberar a los niños y a la infancia de los traumas represivos es el Estado progresista, sus leyes, políticas y funcionarios.
Además, los padres han tenido unos colaboradores excepcionales en los clérigos y religiosos, cuya sexualidad reprimida los eleva por sublimación a la figura misma del patriarcalismo, cuyas instituciones educativas someten la infancia a represión y abuso simultáneamente. Por eso, es la Iglesia y no cualquier otra institución la que merece una investigación oficial y específica. Los clérigos abusadores no son excepciones, sino condensaciones individuales de la sustancia represivo-abusiva de la religión.
Ilustración: Irene Montero, infancia, niños, sexualidad

Lu Tolstova

Pero no hay que desesperar: estamos de enhorabuena. Es cierto que la familia tradicional y la Iglesia reprimen, sojuzgan, traumatizan. Pero el Estado sana, cura, cicatriza y libera por boca de la ministra y de los educadores investidos con la autoridad estatal de los funcionarios, que les hacen saber a los niños que su sexualidad es un derecho, sea quien sea su padre, y que la pueden ejercitar sin restricciones, siempre que haya consentimiento.
Tras las mujeres y las minorías sexuales, la infancia es el nuevo proletariado del placer que el progresismo igualitario va a emancipar y llevar al estado feliz de una sexualidad satisfecha y sin traumas. Todavía más: el antiguo proletariado tenía todavía un corazón burgués, pues su conciencia de una sola propiedad, a saber, la prole misma que le daba nombre, los niños. Y es el Estado el que los libera de esa servidumbre hecha de la mutilación de los deseos infantiles, emancipándolos de la tutela familiar y dándoles la libertad de los estados.
Pero, aunque no nos demos cuenta, el Estado progresista también nos libera a nosotros desventurados cercenadores del deseo infantil, acantonados en nuestros complejos y traumas para perpetuarlos maniáticamente. El Estado nos hace libres por mano de la ministra que, cuando nos quita la capacidad de educar a nuestros hijos, nos da la libertad genuina de los ciudadanos de bien: la libertad que no se autodeprava mediante el sometimiento de otra libertad, la de nuestros hijos.
A sus ojos, la familia en tanto que el espacio de los traumas y los abusos es un entorno tóxico salvo que la paternidad se conciba como subsidiaria del Estado, es decir, responsable solo de aquello que el Estado no puede hacer. Y todo ello según la forma misma del Estado expresada en su legalidad y hecha efectiva por sus funcionarios y los poderes públicos, incluida la ministra. De manera que, desde la perspectiva estatalista, los padres educan a sus hijos en virtud de una concesión del Estado que es el titular de la custodia de todos los niños, si bien la concede casi como una franquicia: o educamos a nuestros hijos (que no son nuestros) en el neutralismo anómico y permisivo estatal, o los funcionarios nos lo harán sentir haciéndose cargo de ellos para sanarlos con mandato judicial en la mano.
Ciertamente, hace tiempo que nuestra civilización ha dejado que lo aberrante se formalice como bien público. Durante tiempo los límites del sentido común vigente nos ofrecieron la engañosa tranquilidad de que las cosas no podrían empeorar hasta el disparate: que no podría haber ministros que dijeran «niños, niñas y niñes»; que no habría Ministerios para liberar la sexualidad infantil; que nadie dudaría de que la familia es el espacio del amparo que la infancia requiere; que el Estado democrático no se arrogaría la autoridad de conducirnos a la salud de nuestras conciencias.
Pero era una tranquilidad engañosa y acomodaticia. No es que sea hora de despertar, es que hace mucho que debiéramos haberlo hecho.
  • Higinio Marín es filósofo
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