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24 de junio de 2024

En primera líneaRamón Pi

Acostumbrarnos a la carnicería

Llegará un día en que nos habremos de avergonzar por haber aceptado lo que ya nadie discute como la primera causa de muerte humana

Actualizada 01:30

Es bien conocida la frase atribuida a Stalin: «Un muerto es una tragedia, un millón de muertos son una estadística». Nos cruzamos con un trasplantado de corazón en el metro sin reconocerlo ni parar mientes en él, pero nos acordamos muy bien del célebre doctor Barnard, el cirujano que practicó el primer trasplante; ni una palabra sobre el segundo, y menos aún sobre el décimo quinto. Así funcionamos: la novedad nos atrae, la costumbre nos repele. Los medios de comunicación destacan lo insólito y lo tomamos como lo más común. ¿Alguien imagina a una muchedumbre abalanzándose a los quioscos para comprar un periódico que, en un país lleno de ancianitos (como, por ejemplo, España), titulase en su portada: «La familia García cenó anoche unas patatas hervidas con judías verdes, seguidas de una tortilla a la francesa y una mandarina»?

Yo sé que es una batalla perdida, pero me resisto a aceptar que nos acostumbremos a las mentiras de un presidente del Gobierno, a la ignorancia de los ministros (y sobre todo de algunas ministras, auténticas analfabetas funcionales, y eso viene de Zapatétrico), a tantas situaciones que, a fuerza de repetirse, producen tedio. Pero sobre todo me resisto a considerar como algo habitual la matanza de inocentes que en Occidente, también en España, se aplica con toda tranquilidad en virtud de leyes inicuas que consienten el aborto provocado. En el caso de los no nacidos afectados de la trisomía 21, también llamados aquejados por el síndrome de Down, tenemos delante de la cara un verdadero y técnico genocidio y nos hacemos los ciegos, los sordos y los mudos.

No nos podemos desentender de esta lógica disparatada que no solo tolera el crimen contra los humanos que ya existen, pero que están por nacer, sino que intenta incluir esta salvajada en el catálogo de derechos humanos, esos que convienen a todo hombre por el hecho de pertenecer a la estirpe humana, como el derecho a que no lo maten, no le roben y no le mientan los poderosos protegidos por una ley injusta. Hace unos días, aun con todas las inexactitudes propias del caso, nos enterábamos de que en el mundo se cometen al menos 73 millones de abortos quirúrgicos, que son los únicos que se ven reflejados en alguna estadística. Aparte están los abortos químicos, los derivados de píldoras mal llamadas anticonceptivas que son en realidad abortivas, más los clandestinos, que la ignorancia también se cobra unos cuantos cientos de miles anualmente.

Ilustración: aborto

Paula Andrade

Hace más de un cuarto de siglo publiqué un comentario en el que me ratifico: llegará un día en que nos habremos de avergonzar por haber aceptado lo que ya nadie discute como la primera causa de muerte humana (a no ser que, en un involuntario homenaje a la ignorancia de los analfabetos e iletrados, se niegue la condición humana de los humanos concebidos y no nacidos). Más muertos (y muertas, queridas feministas) que el cáncer, los accidentes y los suicidios, más que las guerras, más que cualquier otra causa de muerte. ¿Hará falta que llegue un día en que los muertos por aborto superen a los muertos por muerte natural para que caigamos en la cuenta de esta carnicería?

Hemos superado el tormento como forma de interrogatorio policial en el derecho administrativo, la esclavitud como una forma de adquisición de la propiedad de un ser humano en el derecho civil, e ingresamos estos comportamientos en el ámbito del derecho penal, de donde nunca debieron salir. ¿Por qué este giro hacia el «unga, unga, adoremos al volcán»? La Nobel de la Paz Madre Teresa nos dio en su discurso de aceptación del premio una pista elocuente: «El mayor destructor de la paz hoy es el aborto, porque es una guerra directa, un asesinato directo por la madre misma (...) Y ese es el mayor destructor de la paz hoy. Porque si una madre puede matar a su propio hijo, ¿qué falta para que nos matemos unos a otros, para que yo te mate a ti y tú me mates a mí? (...) El país que acepta el aborto no está enseñando a su pueblo a amar sino a aplicar la violencia para conseguir lo que se quiere. Es por eso que el mayor destructor del amor y de la paz es el aborto».

Julián Marías, el discípulo de Ortega, calificó así lo peor del siglo XX, diciendo que no habían sido los fascismos, ni la revolución comunista, ni las guerras, sino «tan pronto como aparece, toda la construcción elevada para justificar el aborto se desploma como una monstruosidad. […] Por esto me parece que la aceptación social del aborto es, sin excep-ción, lo más grave que ha acontecido en este siglo que se va acercando a su final».

Nos estamos acostumbrando a la carnicería.

  • Ramón Pi es periodista
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