Trump no tiene un plan
El presidente de EE.UU. se ha saltado una regla de oro: no tenía un objetivo político claro, definido y alcanzable cuando atacó Irán. Creyó que, una vez eliminada la cúpula religiosa y militar, el régimen iraní se desplomaría, y se equivocó. El Ejército americano no ha fallado; ha fallado la imprevisión política de Donald Trump
No había transcurrido un mes cuando quedó claro que el Ejército americano, con la ayuda de Israel, no podía derrotar al régimen de los ayatolás en una guerra relámpago. Lo que en los primeros días pareció un ataque imparable y demoledor, no ha conseguido doblegar al Ejército iraní, capaz de responder golpeando a los países del Golfo, a Israel y a otros aún más lejanos. El bloqueo del estrecho de Ormuz es la prueba más evidente ¿Por qué?
Porque Donald Trump se ha saltado una regla de oro que muchos militares americanos tienen grabada a fuego desde que hace cincuenta años los Estados Unidos sufrieron una derrota humillante en Vietnam. Es la 'doctrina Powell', según la cual no hay que embarcarse en una guerra sin tener un objetivo político claro, definido y alcanzable; hay que analizar de forma exhaustiva y sincera los riesgos y el coste, y asegurarse de que se defiende un interés vital para la seguridad de los Estados Unidos.
Trump creyó que, eliminada la cúpula del poder religioso y militar con un golpe de mano espectacular, al que seguiría una lluvia de fuego, el régimen iraní se desplomaría y las masas acabarían asumiendo el poder. Los hechos están demostrando que su análisis era erróneo. Es cierto que el pueblo estaba asfixiado por la falta de libertad y la escasez, y cientos de miles de ciudadanos se echaron a la calle para protestar. Pero la Guardia Revolucionaria, que es el equivalente a las SS de Hitler, los aplastó con una dureza inmisericorde. Asesinó a unos 50.000 y sigue ejecutando en la horca a cientos de detenidos.
El régimen iraní continúa ejerciendo un control policial y político implacable, una realidad que los propios gobernantes americanos han tenido que reconocer. La directora de Inteligencia de Estados Unidos, Tulsi Gabbard, dijo el día 18 en el Congreso que «el régimen parece estar intacto». Un día antes, Trump reconoció su ignorancia sobre la fortaleza iraní tras los ataques a los países del Golfo: «Nadie esperaba eso», dijo. Ese mismo día el jefe del Centro Nacional Contraterrorista, Joe Kent, presentó la dimisión tras afirmar que «Irán no suponía una amenaza inminente». Esa afirmación fue una carga de profundidad contra Trump al utilizar la palabra «inminente», que, según la Constitución americana, permite al presidente atacar a un país sin la autorización del Congreso. La acusación de tomar una decisión inconstitucional estaba clara. Pero la estrategia de Trump para eludir el Congreso se vino abajo cuando el día 19 el secretario de Defensa anunció que iba a solicitar a las Cámaras la aprobación de una partida extraordinaria de 200.000 millones para financiar la guerra.
Ni Irán es un peligro inminente, aunque sí es un peligro y una amenaza muy grave, ni el plan de ataque tiene un objetivo claro, definido y alcanzable con un presupuesto adecuado. Lo que está ocurriendo desde hace dos semanas es consecuencia de que no se hayan analizado de forma exhaustiva los riesgos. Y la prueba más evidente es que, tras la lluvia de fuego de los misiles, drones y bombas que el Ejército americano ha dejado caer sobre Irán, su ejército ha sido capaz de atacar con contundencia a los países del Golfo, Arabia, Israel, y ha lanzado misiles contra las bases americanas en la isla de Diego García, a 4.000 kilómetros de distancia.
A la autosuficiencia que Trump mostró en los primeros días de la guerra le ha seguido la petición de ayuda a la OTAN, a la que lleva años despreciando, e incluso a China, su gran adversario, para recuperar el control del estrecho de Ormuz. Aunque al comienzo de la guerra descartó enviar soldados para luchar sobre el terreno, el día 21 anunció el envío de marines, y tres días después soldados de una división aerotransportada de élite. Y con su estrategia zigzagueante lanza amenazas o da ultimátum que luego rectifica.
Por otra parte, es un hecho innegable que existe el riesgo más que fundado de que Israel puede ser atacado por Irán en cuanto disponga de un arma nuclear para hacerlo desaparecer del mapa; los ayatolás llevan años diciéndolo y enriqueciendo uranio para poder fabricar la bomba. Y financian, además, los movimientos terroristas que golpean en cualquier lugar del planeta. Tiene lógica, por lo tanto, que se quiera desplegar una acción militar preventiva, pero hay que hacerlo bien y es evidente que lo están haciendo mal.
A las dificultades de la operación se suma la inquietante personalidad de Trump: «Puede que ataquemos la isla de Jark (un enclave esencial para la exportación de petróleo iraní) unas cuantas veces más solo por diversión», ha llegado a decir. O cuando, pocos días después, reconoció sin rubor que ignoraba el ataque de Israel al mayor yacimiento de gas del mundo en Qatar, que suministra el 20 % del consumo mundial.
La doctrina Powell dice también que cuando un objetivo no se puede conseguir, no hay que intervenir o hay que esperar. Los errores de cálculo pueden llevar a desastres inimaginables; la Historia está llena de ejemplos. Por lo pronto, el estrecho de Ormuz está bloqueado y las consecuencias se han empezado a sentir en la economía mundial; el riesgo es que el conflicto se convierta en una guerra larga de efectos imprevisibles.
El Ejército americano no ha fallado; ha fallado la imprevisión política porque Trump no tenía un plan.
- Emilio Contreras es periodista