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en primera líneaLuis Sánchez-Merlo

Mi amigo Leopoldo. En el centenario de su nacimiento

Durante años se deslizó sobre su figura una cierta leyenda menor, una forma de juicio ligero que confundía la ausencia de gesto con la falta de acierto. Nada más lejos de la realidad. Leopoldo no fue un político al que le ocurrieran las cosas: fue un hombre que evitó que muchas sucedieran

Durante cinco años trabajé al lado de Leopoldo Calvo-Sotelo, y nunca tuve la impresión de estar ante un político en el sentido habitual del término.

Leopoldo no ocupaba el espacio: lo ordenaba. No hablaba más alto, ni más deprisa, ni con mayor contundencia que los demás. Pero allí donde otros introducían ruido, él tendía a introducir estructura. Y eso –que en la política suele pasar desapercibido– acababa siendo decisivo.

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El Debate (asistido por IA)

Con el tiempo entendí que aquella forma de estar tenía menos que ver con el carácter que con la formación. Era ingeniero de Caminos, Canales y Puertos, y no dejó de serlo nunca. No en el sentido profesional –aunque también–, sino en algo más profundo: en la manera de mirar los problemas. No se preguntaba primero quién tenía razón, sino de qué se trataba y qué se sostenía.

Leopoldo no concebía la política como un escenario, sino como una estructura sometida a tensiones. Y, como cualquier ingeniero, sabía que lo importante no es que el edificio luzca, sino que soporte las cargas.

En tiempos en que todo parecía provisional, él trabajaba como si lo permanente fuera posible. No buscaba decisiones brillantes, sino decisiones que resistieran. No aspiraba a dejar huella visible, sino a evitar grietas.

Y esa forma de ejercer el poder –tan poco espectacular– fue probablemente una de las más eficaces de su tiempo. Ahí están los hechos: la Alianza Atlántica, los cimientos de la entrada en el Mercado Común, la respuesta institucional al 23-F, la Loapa… y, pese a la brevedad, tantas otras decisiones que hoy siguen sosteniendo parte del edificio.

No era, desde luego, un hombre de gestos. Aunque supo rodearse de quienes creían en ellos y los impulsaban allí donde eran necesarios. En un país inclinado a la teatralidad, introducía una sobriedad poco frecuente. Pero no era distancia: era método. Donde otros improvisaban, él calculaba; donde otros aceleraban, él ajustaba.

Quienes hablaban por hablar ignoraban su sentido del humor, capaz de deslizarse hacia terrenos casi epistémicos y dejar descolocado al interlocutor.

Esa forma de entender la política no era distinta de la manera en que ordenaba su propia vida.

En el centenario de su nacimiento, convendría quizá recordarlo no por lo que dijo –siempre medido– ni por lo que aparentó –que fue poco– sino por lo que sostuvo.

Durante años se deslizó sobre su figura una cierta leyenda menor, una forma de juicio ligero que confundía la ausencia de gesto con la falta de acierto. Nada más lejos de la realidad. Leopoldo no fue un político al que le ocurrieran las cosas: fue un hombre que evitó que muchas sucedieran.

No fue un político épico, y seguramente tampoco quiso serlo. No buscó el aplauso ni cultivó una imagen destinada a perdurar. Su ambición era más exigente: que las cosas funcionaran.

Hay en eso algo profundamente contracultural. Porque gobernar sin dramatizar, sostener sin exhibirse, construir sin firmar en exceso dejan menos rastro visible, pero más huella real.

Tal vez por eso su figura se ha ido desdibujando (ay las libretas…) La memoria pública recuerda mejor el impulso que la estabilidad, el arranque que la consolidación.

Y esa misma lógica –callada, estructural– se reconocía también en su vida privada.

Somosaguas y Ribadeo

Fueron algo muy esencial: sus puntos de anclaje.

La casa que tantas veces frecuenté, Grillo 26, fue algo muy suyo: una elección a favor de lo duradero, lo habitable, lo menos sujeto a la tentación de la moda.

No fue concebida como un proyecto, sino como una necesidad. Ocho hijos obligan a pensar en términos hoy casi desaparecidos: espacio, recorridos, convivencia. No había en ella voluntad de exhibición. No debía impresionar; debía resistir.

La casa fue creciendo como crecen las cosas pensadas para durar: sin estridencias, sin concesiones al capricho, con una especie de pudor estructural. Nada parecía destinado a impresionar, y sin embargo todo transmitía orden.

La exhibición –si la había– quedaba reservada para los aperitivos, convertidos en pequeño ritual doméstico.

Todo respondía a una lógica más sencilla y más exigente: que la vida cupiera dentro sin estorbarse. Y eso contó cuando hubo que decidir dónde vivir: si en la Cuesta de las Perdices –por obligación y seguridad– o en Pozuelo de Alarcón –por razones más profundas.

También en Ribadeo, Leopoldo –de natural desconfiado de la brillantez cuando no venía acompañada de estabilidad– prefería lo que se sostiene a lo que deslumbra.

Huía de lo superfluo no por austeridad, sino por convicción: sabía que lo accesorio acaba desordenando lo esencial. Exponente de esa austeridad era el ‘Juanín’, aquel barquito con el que nos acercábamos a Castropol, donde compartíamos ocio y mesa.

Por eso, incluso en lo doméstico, tendía a eliminar lo que sobraba antes que a añadir lo que faltaba. Incluso si se trataba de unas sillas de anticuario. Algo, por lo demás, coherente con quien conocía bien el pasado y no necesitaba exhibirlo.

Calcular los límites

Leopoldo calculó sus límites. Y en política –como en la ingeniería– quizá no haya forma más alta de inteligencia.

En un tiempo inclinado hacia lo efímero, su ejemplo adquiere valor. Porque hay países que se construyen a base de gestos, y otros –mucho más raros– que se sostienen gracias a quienes supieron calcular sus límites.

Leopoldo, mi amigo, pertenecía a estos últimos. Y quizá por eso, más que recordarlo, lo que hoy necesitamos es entender qué hizo.

  • Luis Sánchez-Merlo fue secretario general de la Presidencia del Gobierno con Leopoldo Calvo-Sotelo
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