Fundado en 1910
En primera líneaEduardo Coca Vita

Sánchez hace del Congreso un evacuatorio de uso accidental

Nuestro emético Pedro, rabioso y sarnoso, pero libre de correa y bozal, rastrea ser un generalísimo zurdo más duradero que el diestro, «decretizando» realidades y fantasías desde su recinto palaciego, escenario de maternales vídeos y plácidos paseos

El Estado de derecho debe incorporar, además de la división de poderes, el deslinde entre Administración y Gobierno, Congreso y Senado, Tribunal Supremo y Constitucional.

Soy de los nacidos tras la postguerra, por lo que me formé especialmente en la década 60-70, coetánea al apogeo de los administrativistas de las doce universidades de entonces, destacando García de Enterría junto a Garrido Falla, Clavero Arévalo, Villar Palasí, Entrena Cuesta, García-Trevijano, Guaita o González Pérez.

ep

El Debate (asistido por IA)

Esa legión de notables inculcaba amor al derecho, mezclando rigor y responsabilidad en un entramado doctrinal que supliera la falta de constitucionalismo garante de libertades, interdictor de arbitrariedades, perfeccionista de códigos y espéculo de lo imperante en Europa desde tiempos pretéritos. Tarea difícil, pues era utópica una carta magna regulando los poderes soberanos; no es que no hubiera Constitución, es que ni imaginarla cabía, resultando quimérico un Estado moderno para España.

Con la ilusión de al menos aproximarse a él, los administrativistas promovieron leyes troncales sin relación con las fundamentales del Movimiento, buscando más acercamiento al continente al que geográfica y culturalmente pertenecemos. Entre ellas, las de Régimen Jurídico, Procedimiento, Jurisdicción Contenciosa, Expropiación, Función Pública…, que pervivieron después del 78 por su asepsia política compatible con los enunciados universales del derecho natural.

El talante liberal capitaneado por el maestro Enterría presidía en aquel tiempo la enseñanza de un Derecho Administrativo que irradiaba a los programas de selección de personal y penetraba en el BOE como mensaje a los encargados de aplicarlo, de modo que esta disciplina fue refugio de algunas libertades básicas y acotó la discrecionalidad, con expansión de la autonomía judicial y el freno al autoritarismo inmune.

Ese espíritu renovado calaba en los estamentos, desde magistrados del Supremo a abogados de oficio, plantillas de letrados y muchísimos agentes en misiones de propuesta, visado, inspección, intervención, reclamaciones, quejas..., tanto de las administraciones estatales, sus organismos y empresas como en diputaciones y ayuntamientos donde los cuerpos nacionales se unían a la oleada de juristas de la etapa en que lo administrativo, por postergación de lo constitucional, hacía de sucedáneo para participación e integración social. Hasta el punto de encontrarse los redactores constitucionales con principios ya anidados en la práctica profesional de múltiples jueces, consejeros, asesores, ponentes, unidades de recursos, fiscales, secretarios de corporaciones…, sin que aquellas leyes necesitaran retoques para cohabitar con la Constitución cuando también su inicial órgano garante, prestigiado por miembros ajenos al partidismo, hizo de pasarela sin trancos ni barrancos enarbolando la neutralidad que hoy quisiéramos.

La confección de las leyes mentadas recibía concienzudos respaldos antes de ir al Legislativo. Los prolegómenos se aquilataban hasta acariciar la excelencia, labor esencial de la Administración como andamiaje del Gobierno. El borrador de las normas salía del ministerio competente, pero las consultas implicaban a otros y a los particulares agrupados en colegios o colectividades, prodigándose la espontánea y anónima aportación ciudadana. Toda iniciativa legislativa pasaba por la SGT y muchas por el Consejo de Estado y demás consejos, sindicatos y asociaciones. Cuando el Congreso registraba de entrada un proyecto, muy mimado en su gestación de anteproyecto, iba depurado en estructura, léxico, motivación/justificación y tabla de derogaciones. Solo restaba el debate de las enmiendas para ser ley del pueblo, no del Ejecutivo.

Pues si oímos al arrogante déspota que nos sobajea y sus centuriones que le ayudan a meternos a martillazos decretos-leyes ómnibus exprés sin más correctores que Otegi y Puigdemont, resulta que están salvando la plurinación donde nunca lució igual una patria tan justa y progre. Yo envidio el buen ojo de los pendencieros que destazan España con pregones de tambor y derroche de atropellos mientras huyen de la Justicia, se agencian de defensores oficiales, amordazan testigos, cobijan imputados, ocultan cuentas, tapan marrullerías y trincan fondos internos o comunitarios, saltándose todas las formas una feligresía futbolera que vaguea y berrea en los escaños donde descansa, incluso duerme, si es que no hace pellas y vota desde la caleta o el serrallo mientras por giro llegan los sueldos, complementos y dietas del bendecido ocio parlamentario.

Dirige el Consejo de Estado quien no es catedrática pero se hizo política para alumbrar una sandez de cuando en cuando. Hay secciones encabezadas por no juristas o que pertenecen a cuerpos no exigidos de título superior, sin haber investigado un concepto o escrito una línea sobre lo que ignoran. Viven de la parcialidad ideológica. Algunos han precisado bicarbonato para digerir anulaciones de favoritismos. Otros no se impugnaron por desmoralización de los legitimados, presos de la apatía que generan las demoras de una magistratura colapsada, sin horizonte, ineficaz y desesperante. Así que en los pocos casos en que se pide dictamen procuran que lo suscriban mentores dependientes, enchufados vitalicios, serviles persistentes y adeptos de oreja atenta a órdenes antes que díscolos con pluma dispuesta a reparos.

Si sumamos que el TC plastifica con presteza cuanto le entra por vía «oficial», veremos que la España distanciada de las democracias patentadas derruye en cadena lo levantado adobe sobre adobe en medio siglo. Como estos golfillos y golfillas vengan de estirpes longevas con ventosa de lapa y garras de ladilla, un día nos harán invisibles en el confín alcanzado y descenderemos adonde no hay Derecho ni derechos. Sin tiros ni sangre, sí, pero sin honra ni barcos. Nuestro emético Pedro, rabioso y sarnoso, pero libre de correa y bozal, rastrea ser un generalísimo zurdo más duradero que el diestro, «decretizando» realidades y fantasías desde su recinto palaciego, escenario de maternales vídeos, plácidos paseos (a veces con mascota, otras en bici), obscuros hospedajes y amenos corrillos de fieles cobistas, los más tontos y gorrones reclutados por currículo en el reino republicano donde la damisela Bego y el orquestante David convidan a café caraqueño, chupito portugués y cigarro habano entonando este son en do de pecho: ¡Pedro, laico dios, danos un hijo que anuncie al mundo tu salvación!

  • Eduardo Coca Vita pertenece al cuerpo superior de Administradores Civiles de Estado
comentarios

Más de En Primera Línea

tracking

Compartir

Herramientas