¡Gracias, Santo Padre!
También me parece negativa la utilización de las palabras del Papa, en su empeño por promover la paz y la concordia, como munición para el rifirrafe político de nuestra nación. Se ha pretendido denodadamente, aunque con escaso éxito, apropiarse de las palabras del Papa para descalificar al adversario político
Decía su Santidad el Papa León XIV durante su encuentro con la comunidad diocesana de Madrid el pasado lunes en el estadio Santiago Bernabéu que la Iglesia de Madrid había marcado un golazo con aquella celebración que tan buen sabor de boca dejó en el pontífice y en los que la presenciaron en directo o a través de los medios de comunicación.
Cierto es que esa celebración fue precedida, en poco espacio de tiempo, por muchos momentos de alto nivel emocional y religioso como lo habían sido la vigilia del sábado previo en la Plaza de Lima, la multitudinaria celebración eucarística del domingo por la mañana en Cibeles, el encuentro con empresarios y artistas de ese mismo domingo por la tarde en el Movistar Arena o su intervención en el Congreso de los Diputados ante los diputados y senadores españoles de ese mismo lunes por la mañana.
También lo es que a todas esas actividades, que, a su vez, fueron salpicadas de infinidad de momentos emocionantes en las calles de Madrid, abarrotadas de fieles, le siguieron momentos no menos emocionantes en Cataluña con la visita a la Abadía de Montserrat, la visita al Centro Penitenciario de Brians 1 o la celebración eucarística en la Sagrada Familia en Barcelona con la bendición de la torre de Jesucristo, que se ha convertido en la torre eclesial más alta del mundo.
Vino después la visita a las Islas Canarias con la significativa visita al muelle de Arguineguín, testigo en los últimos años de la llegada desesperada de multitud de migrantes, que han arriesgado sus vidas para alcanzar la expectativa de una vida más digna de la que tenían en sus lugares de origen o de tránsito hasta llegar a su meta ansiada. La defensa de la dignidad de todos los seres humanos, con especial mención a los más vulnerables, como lo son, sin duda, los muchos migrantes que a nuestra nación han llegado en los últimos años, es objeto de atención permanente y preferente del Sumo Pontífice, como lo ha sido de sus predecesores y de la Iglesia Católica en su conjunto.
Yo creo, como muchos españoles, que todos nos podemos sentir orgullosos de la recepción, acogida y trato afectuoso que la Iglesia, como comunidad católica de creyentes, ha dispensado al Santo Padre en nuestra nación. A ese orgullo ha de unirse, necesariamente, el de la respuesta proporcionada por nuestras autoridades civiles en todos los niveles, local, autonómico y nacional, con especial referencia al dispensado por los diferentes servicios de seguridad, que han hecho posible que todo haya discurrido de una manera por la que podemos ser colectivamente admirados en todo el mundo.
Mi enhorabuena y gratitud sinceras y cordiales a todos los que han tenido algo que ver en ello, así como a la ingente cantidad de voluntarios y al inmenso número de fieles que lo han hecho posible, afrontando todas las eventuales incomodidades individuales que un evento de estas características puede representar, con una enorme sonrisa y con un estado de ánimo sencillamente encomiable.
Tiempo necesitaremos para asimilar y digerir, a través de la relectura de los muchos testimonios escritos de las distintas intervenciones que el Santo Padre deja tras de sí, los pormenores del legado imborrable de una visita que nadie duda en calificar como histórica.
A los que, de una manera u otra, han manifestado su oposición a este gran vuelco de atenciones dispensadas por todos a este singular visitante, les invitaría a leer de forma reflexiva el art. 16.3 de nuestra Constitución, que reza que «ninguna confesión tendrá carácter estatal» y que «los poderes públicos tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española y mantendrán las consiguientes relaciones de cooperación con la Iglesia Católica y las demás confesiones».
Hubo, sin embargo, un hecho que me produjo una cierta sensación de abuso de la bondad de un huésped como el Papa, por parte de sus anfitriones, protagonizada por los representantes de Junts, tanto en el Congreso como en el Senado, cuando en el saludo a los portavoces de los grupos a su llegada al Congreso, retuvieron la mano del Sumo Pontífice más allá de lo protocolariamente admisible, generando una situación de indefensión del Papa en un entorno en el que no debería haber esperado ser objeto de conducta tan inadecuada.
También me parece negativa la utilización de las palabras del Papa, en su empeño por promover la paz y la concordia, como munición para el rifirrafe político de nuestra nación. Se ha pretendido denodadamente, aunque con escaso éxito, apropiarse de las palabras del Papa, o de parte de ellas, para descalificar al adversario político, pretendiendo atribuir, ni más ni menos que al Papa, la adopción de posturas políticas próximas o alejadas de unos u otros representantes políticos.
Es evidente que los que así han actuado se encuentran poco familiarizados con la doctrina de la Iglesia Católica de no pronunciarse sobre posicionamientos políticos concretos sino de orientar, eso sí, de la manera más contundente que puedan, sobre su mensaje evangélico.
En palabras del propio Papa en el Congreso de los Diputados, «la Iglesia camina con la humanidad», comparte sus esperanzas y sus heridas, escucha los interrogantes de cada época y se deja interpelar «por todo lo que concierne a la existencia de los hombres y las mujeres de hoy». Por eso, cuando se dirige a la vida pública, lo hace respetando la misión propia de las instituciones y la legítima responsabilidad de quienes han recibido el mandato de legislar. Reconoce «la autonomía de las realidades terrenas» y «la distinción entre comunidad eclesial y comunidad política»; y, precisamente desde esa conciencia, aporta una reflexión nacida del deseo de servir al bien común y de recordar aquello que hace verdaderamente humana la convivencia».
La visita del Papa a España ha representado, sin duda, una fuente de iluminación y de gracia para nuestra sociedad. Con el corazón y la mente repletos de gratitud, deseo gritar a los cuatro vientos, con humildad y profundo afecto filial, ¡¡¡Gracias Santo Padre!!!
- Fernando Adolfo Gutiérrez Díaz de Otazu es general de División del ET en situación de retiro y senador por Melilla