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En primera líneaEduardo Coca Vita

Hablar de clima y tiempo con propiedad y buen léxico

De clima deriva climatología, nombre que identifica la ciencia que lo estudia, junto a las causas de sus variedades o cambios, remitiéndonos al estado físico medio de la atmósfera y de sus variaciones estadísticas en un espacio telúrico y un tiempo cronológico

Estíos como los últimos, de rigor extremo y adversidad catastrófica, prodigan las expresiones verbales sobre tales situaciones, siendo frecuente que no contengan el sentido que se quiere transmitir ni logren el entendimiento del común de parlantes. Lo erróneo más reiterado es equiparar atmosférico a climático, confundir tiempo con clima, igualar meteorología y climatología... No vendrá mal, pues, alguna aclaración al respecto.

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El Debate (asistido por IA)

Cuando dirigí el INM y, luego de cesar, durante bastantes años, me obsesionaba la asepsia en sus comunicaciones (‘aséptico’ significa neutral, frío, sin pasión ni subjetivismo), norma que tenían a gala los meteorólogos del Estado en los diversos destinos al dar a conocer los pronósticos y avisos con un esmero lingüístico semejante al elevado nivel científico e independiente con que los elaboraban. No era el caso, sin embargo, de los medios de televisión, radio y prensa, con quienes mantuve una cruzada por el empleo de un idioma riguroso que, aunque adaptado a los fines o gustos de cada cabecera, nunca ha de vulgarizarse poniendo la observación y predicción meteorológicas a ras de conversaciones de casino o ascensor.

Fruto de mi tesón fueron cinco artículos troncales, de lectura libre en la hemeroteca digitalizada de LANZA (): 'Mal tiempo' (22 abril 2005), 'En manos de la atmósfera' (23 marzo 2006), 'Informaciones del tiempo' (18 mayo 2007), '¿Lluvia buena o tiempo malo?' (30 marzo 2008) y 'El lenguaje de la meteorología oficial' (30 marzo 2014), este último lamentando que la frivolidad hubiera llegado a la agencia estatal en que Zapatero y su mascota faldera, la loba Ribera, entonces una cachorra, transformaron el Instituto sin el apellido ‘nacional’ por presiones soberanistas, pese a ser la misma organización adornada de un nutrido consejo rector —¡con comisiones permanente y científica!— preeminentemente político y de mayor burocracia y dotación para los nuevos designados, sin otro efecto práctico que estorbarle al director, mejor pagado, eso sí, ya como presidente sin cambiar de silla.

Desde joven puse cuidado en el manejo de nuestra lengua, sobre todo escrita, fervor que no ha menguado, si acaso, aumentado; y es fácil imaginar que leí, con sombreados y anotaciones, los dos volúmenes de Lázaro Carreter recopilatorios de publicaciones suyas. Uno, El dardo en la palabra (Galaxia Gutenberg, Barcelona 1997), reúne artículos aparecidos bajo análogo rótulo en periódicos de España y América: de 1975 a 1977, los semanales de Informaciones; y de 1980 a 1996, los distribuidos mensualmente por EFE tras cerrar el diario vespertino. El otro volumen, Nuevo dardo en la palabra (Santillana Ediciones, Madrid, 2003), recoge los divulgados por El País entre 1999 y 2002, antes de morir en marzo de 2004 el exdirector de la RAE, quien en el primer libro evoca el memorando recibido por los educadores franceses al graduarse, advirtiéndoles que «Hablar bien no es hablar con elocuencia, ni siquiera con facilidad. Hablar bien no es hablar con fluidez sino con precisión».

Este verano histórico, colmado de desventuras y maleficios divinos, humanos y gubernamentales, ha prestado protagonismo a las previsiones meteorológicas y redoblado las referencias al clima y sus matices territoriales hispanos. De un lado, y como siempre, por las vacaciones que multiplican traslados, viajes y cambios de vida. De otro, y como sucesos de moda, por las danas, las subidas del termómetro y la proliferación de fuegos favorecida por episodios de calor aliados a la sequedad del campo, la suciedad del monte y el abandono de actividades rurales y empresas terciarias que dejan envueltas en broza las pedanías, aldeas y parroquias septentrionales convirtiéndolas en yesca. Y ahí voy, porque es corriente oír en los noticiarios y leer en los rotativos manifestaciones sin la exactitud exigible al vocabulario de relación social que no debe homologar tiempo con clima ni viceversa.

El término ‘clima’ define el conjunto de factores atmosféricos (temperatura, viento, hielo…) propios de una región, época o país; sintetiza los agentes meteorológicos obtenidos en un lugar con estadísticas a largo plazo de cada elemento o de la suma de todos en función de sus componentes determinantes o la interacción entre atmósfera, hidrosfera, litosfera, biosfera. Por ello resulta correcto mencionar «clima tropical», «climas polares» o «clima del Holoceno», frente a «otoño húmedo», «enero seco» o «noche fría».

De clima deriva climatología, nombre que identifica la ciencia que lo estudia, junto a las causas de sus variedades o cambios, remitiéndonos al estado físico medio de la atmósfera y de sus variaciones estadísticas en un espacio telúrico y un tiempo cronológico, con reflejo en el comportamiento de los meteoros por intervalos de muchos años o en una concreta franja de periodos pasados. Es erróneo emparejar climatología con meteorología diciendo que «se detuvo el trabajo de extinción por adversidades climatológicas», cuando lo eran meteorológicas.

En ningún caso clima equivale a tiempo, voz a utilizar solo para el estado atmosférico en un momento dado o por lapsos temporales muy definidos y más bien cortos, ocupándose de ello la meteorología, asignatura y materia de la Física que, para un plazo prefijado, trata los fenómenos acaecidos en la atmósfera, el panorama presente o futuro de su discurrir y las leyes que gobiernan su curso y rumbo. Aludir a «isla tórrida» o «siglo ciclónico» (clima) no es como hacerlo a «ocaso nublo» o «noche gélida» (tiempo).

A diferencia de la climatología, que considera las condiciones atmosféricas permanentes o más habituales de unas u otras zonas, la meteorología analiza las transitorias o circunstanciales de un momento, trecho o etapa breve. Supone un desacierto muy generalizado distorsionar ambas disciplinas, de ahí que don Lázaro escribiera con sorna en su primer libro, pág. 608: «Hay quien a la climatología, inocente ciencia de los climas, la hace culpable de nevadas, huracanes o diluvios». Esa responsabilidad, añado yo, atañe a la meteorología, siendo tema aparte el influjo del clima en la periodicidad, intensidad o extensión de los aconteceres del tiempo, pero de ello no va mi artículo hoy.

Eduardo Coca Vita pertenece al cuerpo superior de Administradores Civiles del Estado

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