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En primera líneaEduardo Coca Vita

Juan Antonio Ortega, un centrado demócrata humanista

A la mesura y ponderación refractarias a cualquier virulencia o dogma, une su carácter tranquilo y una expresión sosegada de aires conciliadores, a veces rociados con gotas de amenidad fina y caro humor

El 26 de junio se presentó en la Sala Constitucional del Congreso el libro Derecho, política y democracia (1962-2024) de Juan Antonio Ortega Díaz-Ambrona (JA), una personalidad pluridimensional de la ley y el foro, la empresa y la política, las letras y las humanidades. Y con protagonismo acusado en el camino desde el franquismo al concierto para la instauración constitucional. Ha estado en todos los puntos calientes donde se combatiera por la justicia.

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El Debate (asistido por IA)

Como las contraportadas, el prólogo y la introducción resumen su currículo, historia profesional, biografía y bibliografía, solo busco que el mío sea un comentario teñido de los amables tonos del afecto y las coincidencias en algún escenario y momento de la vida o enseñanzas afines recibidas de fuentes comunes, aunque en divergente convivencia con los profesores, algunos solo suyos y otros ajenos al derecho, que es lo que nos enlaza.

Comenzaré por intrascendentes anécdotas salpicadas de curiosidad que emparejan nuestro discurrir administrativo o la formación y actividad en algunas parcelas: muchísimas las labradas por él y muy pocas las trabajadas por mí. La feracidad del suelo de las suyas y su esmero de cultivador diligente han determinado el muy diverso volumen de cosecha.

Ambos nos licenciamos en Derecho —él también en Filosofía y Letras—, aunque en universidades distintas y con expedientes desiguales. Él, dos años mayor, en la Complutense con premio extraordinario; yo, en Valladolid con muy buen expediente. Los dos opositamos, él, muy joven, a la egregia plantilla de letrados del Consejo de Estado, y yo, jovencísimo, al recién unificado cuerpo Técnico de Administración, luego Superior de Administradores del Estado.

Por azar de corto vuelo —que no debe confundir sobre la inmensa distancia que nos aparta—, él recibió en febrero de 1974 nombramiento de director técnico del Instituto de Estudios Administrativos y yo fui designado para lo mismo en octubre de 1976 tras haberlo sido entremedias Juan Santamaría y Miguel Vizcaíno. ¡Cuatro titulares en dos años! Permanecí hasta su absorción por el Centro de Estudios Constitucionales, noviembre de 1977.

Ambos colaboramos en el bufete García de Enterría, por fechas parecidas y periodos aproximados, coincidiendo, entre otros numerosos abogados, con el común amigo Fernando Sainz Moreno, letrado de Cortes, lo que JA pensó preparar primero, cambiando después de idea, ignoro el motivo. Ellos corrían con asuntos de más responsabilidad, pero todos bajo la dirección del maestro, a quien sus tutelados reconocemos el magisterio elogiando su ejemplo, sapiencia y condición de hombre con fundamento, que diría Delibes, por su conducta calibrada y el desdén a lo banal, solo interesado en la ciencia jurídica como batuta de convivencia, una pasión por la vida y el derecho al decir de Fernando.

No sabe don Eduardo lo que se ahorró entregando su alma antes de que los últimos gobiernos le entreguen a Lucifer nuestra costosamente democratizada España, la independencia de poderes por la que guerreó con denuedo y la supremacía de la Constitución manejada ahora como un reglamento subordinado a cada ley que engendran los pactos de objetivos personales en el Legislativo arrejuntado con el Ejecutivo para abultar barrigas que paran decretos fruto de forzamientos sin pasión ni amor, con exclusiva causa bastarda en el arrebato de aquí te pillo y te mato.

Cuando JA fue designado ministro adjunto de la Coordinación Legislativa me ofreció colaborar. No era viable mi aceptación, que exigía exclusividad y renuncia a la doble actividad pública y privada. Durante largo trecho desde entonces, al encontrarnos me lanzaba un cariñoso «aún no he olvidado las calabazas que me diste». Y yo le sonreía.

En el libro, junto a un artículo sobre Enterría (Ya de 1.12.77), figura otro de 9 de noviembre en Informaciones dedicado a Javier Muguerza, discípulo de Aranguren y filósofo íntimo de JA para meditaciones paseadas por el Retiro, pero que tuvo dificultad al acceder a catedrático por desafección a los principios del Movimiento. Le gané el recurso como antes se lo había ganado a otros notables rebeldes y celebramos la posesión con una comida a tres de más nutrientes mentales que gastronómicos en los aledaños del puente de Segovia.

A estas pinceladas, que reverdecen mustias nostalgias, ya marchitas a mi edad, añado que el libro no puede acoger su inabarcable creación intelectual, periodística y literaria, solo una gran parte de 1962 a 2024, llamando la atención que se desperdigue por una variedad de medios dispares y hasta hostiles. Prueba del centrismo que JA alberga como pensador plural y europeísta defensor del Estado de derecho con un equilibrio político que oscila sin remilgo de derecha a izquierda templadas.

A la mesura y ponderación refractarias a cualquier virulencia o dogma, une su carácter tranquilo y una expresión sosegada de aires conciliadores, a veces rociados con gotas de amenidad fina y caro humor. El infrecuente perfil de JA le facilita convivir con todas las ideologías voluntariosas. Por algo procede también de la escuela de Ruiz-Jiménez y equipo de Cuadernos para el Diálogo, única revista con libertad, y no plena, en épocas de providencial distribución entre círculos activos, universitarios o no, propicios a debatir opiniones sin censura. Guardo entera la colección.

No sé de nadie, ni en la punta más polar del arco parlamentario, incapaz de mantener con JA una charla argumentada y llegar a concordias que no dañen lo esencial simbolizado por las columnas que sustentan sus convicciones e ilustran la pasta del libro. JA no tiene enemigos, aunque cuente con rivales, pues nada como carecerlos para catar el amargor del abandono o el olvido, y no es el caso. Colecciona amigos. Algunos son admiradores y otros quedan en seguidores. Enemigos, ninguno conocido. Y de rencorosos radicales dudo exista rastro en su agenda.

Al dedicarme mi ejemplar escribió: «Para Eduardo. ¡Malos tiempos! ¿Hasta cuándo? Abrazo». Si todos fuésemos como él, España sería una sólida nación democrática imperecedera y europea, equitativa y próspera, lejos del pingajo de dictadura a que nos fuerzan unos grotescos réprobos desnucados sin ciencia ni conciencia que obstaculizan tanto como temen el mando alternado.

Y lo último, de ayer mismo: me preguntó si ya no podía bajar algo las temperaturas, imaginando bien que cuando yo dirigía el INM hacía el calor justo y a su tiempo: Sánchez es un cenizo de manual hasta para la atmósfera. Él, no Rajoy, culpable de estos bochornos que también le traen al fresco.

Eduardo Coca Vita pertenece al cuerpo superior de Administradores Civiles del Estado

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