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en primera líneaMarcelo Wio

El escenario de la ONU, la mentira y lo que sugiere de sus audiencias

Parafraseando a Andrea Catalina Zárate Cotrino en La mentira en política: entre la manipulación de los hechos y la pregunta por quién habla ahí, en la ONU acaso más que en ningún otro foro, se reescribe la historia contemporánea ante quienes la han vivido, antes quienes la viven

Nunca se ha mentido tanto, escribía, o describía Alexandre Koyré en La función política de la mentira moderna; «día a día, hora a hora, minuto a minuto, se vierten mentiras en el mundo, a raudales. La palabra, los escritos, el periódico, la radio... todo el progreso técnico se ha puesto al servicio de la mentira. El hombre moderno, se baña en la mentira, respira la mentira, está sometido a la mentira en todo momento de su vida».

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En ese escenario devaluado en que se ha transformado la Asamblea General de las Naciones Unidas, su secretario general, Antonio Guterres, llegó a soltar que, «la magnitud de la matanza en Gaza no se parece a nada de lo que haya presenciado en mis años como secretario general». Guterres tomó posesión del cargo en enero de 2017. Desde esa fecha, mataron a más de 120.000 personas en Siria, más de 150.000 en Sudán, más de 162.000 en Etiopía, y más de 200.000 en Yemen.

En el mismo proscenio, el presidente francés Emmanuel Macron recitaba su mentira:

«Hamás nunca tuvo presencia en Cisjordania».

Con esa frase borraba la presencia de las Brigadas Izz al Din al Qassam, de Hamás, en dicho territorio, donde, según el European Council on Foreign Relations, en la ciudad de Jenin, en el norte, colabora con las Brigadas de los Mártires de Al-Aqsa, de Fatah, y las Brigadas de Al-Quds, de la Yihad Islámica, bajo el paraguas del denominado «Batallón de Jenin».

Ambas falacias eran muy fáciles de exponer. Pero, como decía Koyré, la calidad de la mentira ha evolucionado en sentido inverso a su extensión. Y es que, como decía, el valor distintivo de la mentira moderna reside en su masificación y «toda producción de masas, y especialmente, toda producción intelectual destinada a la masa está obligada a rebajar su rasero». El desprecio no es ya por la verdad, sino por la apariencia de verosimilitud: el provecho inmediato, la postura narcisista, el acatamiento ostensible, pueden más que la vergüenza propia.

Pero ese desprecio, es superado por el de las facultades mentales de aquellos a los que se dirige.

En tanto, todo reducido a una escenificación destinada a la credulidad entrenada de la «opinión pública»; a la suspensión ideológica del escepticismo. Claro que, a diferencia del teatro, la interpretación política (o como pueda llamarse a estas representaciones) tiene consecuencias en la vida real: suele traducirse en prejuicios, contabilizarse en ataques contra tal o cual grupo de personas; o, en el peor de los casos, en muertes.

En ese estrado, no sólo estaban igualándose bochornosamente con los personajes totalitarios que circulan por ese mismo tablado, sino que estaban así devaluando los valores de las democracias,, mostrándolas débiles e incapaces ante las exigencias de los tambores autocráticos: que suenan con el ritmo woke, o islamista o con reminiscencias de Pekín o Moscú.

Parafraseando a Andrea Catalina Zárate Cotrino en La mentira en política: entre la manipulación de los hechos y la pregunta por quién habla ahí, en la ONU acaso más que en ningún otro foro, se reescribe la historia contemporánea ante quienes la han vivido, ante quienes la viven.

Las «correcciones» llegan, evidentemente ex post facto. Es decir, tarde, cuando el «error» repetido ha ayudado a generar la ilusión de verdad, el efecto de familiaridad: ha reforzado el engaño.

  • Marcelo Wio es director asociado de CAMERA Español
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