19 de octubre de 2021

«Hay gente pa'tó», que decía el Guerra. Y tanto

Te costará un poco aceptar que belleza, ética, estética, miedo, amor, sacrificio, vida, muerte, verdad, son palabras que deben desaparecer; sus conceptos ya lo hicieron. Lo sucedáneo es mejor que lo auténtico, y en los toros, según dicen, no es así

Hay gente, gentecilla si quieres, que en ministerios, direcciones generales y otras covachuelas definimos –desde la ignorancia si quieres, pero no lo digas– qué es y qué no es cultura. El asunto no es baladí: cultura eres tú, querido, que recibes la suculenta, deseada y merecida subvención de palmero cuando te portas como es debido. Si no lo haces, pasarás del Elíseo celestial al oscuro Averno; tu pasaporte de izquierdas o derechas no te salvará del fuego eterno.
Porque la cultura, querido, ya no se adquiere en largas y felices horas de lectura, conversaciones, viajes, conferencias, museos y audiciones. Cultura es lo que decidimos en el ministerio y las consejerías de tal nombre, que para eso tenemos presupuesto; por eso, querido, «consumes» cultura –que procede de cultivo– como yo te riego con mi presupuesto, que para eso es mío. ¡Oh, Dios mío, qué invento el Ministerio de Cultura! Ya no hay que decir agit-prop ni prensa y propaganda; cuánto sabían Pío Cabanillas y monsieur Semprún.
Porque la cultura, querido, no tiene que ver con la pintura, la música, la escultura o la literatura; no hay relación con la admiración, el gozo de la belleza o la verdad. La cultura la definimos desde el poder, desde la autoridad que nos confiere llamarnos de derechas o de izquierdas. Ya sé, ya sé, querido, que ése es un mito de doscientos años, corrupto y maloliente, que tenemos embalsamado; es la etiqueta, el embalaje; dentro no hay nada; pero la gente lo cree: derecha-izquierda ¡qué bonito, qué bien cuando están los míos!
Porque ahora, querido, te toca decir que la tauromaquia no es cultura ¿te enteras? Así que te paso unos cuantos nombres para que los borres de todo lugar donde aparezcan, y no vengas con remilgos; entérate, ya no son cultura; esos desgraciados se interesaron por los toros. Procede por áreas y aplícate, que son muchos. Te costará un poco aceptar que belleza, ética, estética, miedo, amor, sacrificio, vida, muerte, verdad, son palabras que deben desaparecer; sus conceptos ya lo hicieron. Lo sucedáneo es mejor que lo auténtico, y en los toros, según dicen, no es así.
Revísate la Literatura y tacha a Federico García Lorca (mira que escribir Llanto por Ignacio Sánchez Mejías, con lo bien que le habíamos puesto en la izquierda) y a Fernández de Moratín (Fiesta de toros en Madrid), aunque de éste no se acuerden muchos. Que no quede ni rastro de V. Blasco Ibáñez, tan rabiosamente republicano y anticlerical y va y escribe Sangre y arena; ni de M. Chaves Nogales (Juan Belmonte, matador de toros); ni de la tertulias literarias como la del café Pombo con R. Gómez de la Serna. Borra a Ernest Hemingway (Fiesta) y que no se sepa más de Andrés Amorós, Joaquín Sabina (De verde samurai), Albert Boadella ni Fernando Sánchez Dragó. ¡Cuánto izquierdista descarriado o traidor!
Que no se sepa nada de Francis Wolff, francés, catedrático de Filosofía de la Universidad de París (Filosofía de las corridas de toros); ni de Víctor Gómez Pin, barcelonés, filósofo formado en La Sorbona (La escuela más sobria de la vida: tauromaquia como exigencia ética); ni de Alfonso Fernández Tresguerres, asturiano, de la escuela materialista de Gustavo Bueno (Los dioses olvidados: toros, caza y filosofía de la religión); ni de Angel Ávarez de Miranda, filólogo (Ritos y juegos del toro), de Michel Leiris, francés filósofo, etnógrafo (Espejo de tauromaquia). De Sócrates, Ortega y Gasset o Hitoshi Oshima no hace falta que te ocupes mucho; ya pocos los conocen.
Destruye las esculturas de Mariano Benlliure, caballero de la Legión de Honor; su mausoleo a Joselito y la serie de tauromaquia. A ver qué haces con los cuadros y grabados de Francisco de Goya. Esconde los de Ignacio Zuloaga y José Gutiérrez-Solana, que para más inri fue peón de la cuadrilla de Bombé. Tratamiento especial para Pablo R. Picasso, que fue comunista y nos va a costar desacreditarlo. Con Mariano Fortuny, un tal Monet – francés- y Calderón Jacome no tendrás problemas. Del toro de Osborne me encargo yo. Que no queden copias de la película Mi tío Jacinto de L. Vadja. Prohíbe los pasodobles –ni El Gato montés– y ajústale las cuentas a Serrat, que me enterado que es admirador de José Tomás.
Suerte, vista y al toro, querido.
Raúl Fernández es cardiólogo.

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