13 de agosto de 2022

TribunaGustavo Morales

La prensa y la técnica

En Estados Unidos, la Western Union, que gozaba del monopolio del telégrafo, y la Associated Press (AP), la primera agencia de noticias, se convirtieron enseguida en aliados naturales. Esta alianza influía en los periódicos de la Unión porque era la AP quien establecía cuáles eran las noticias que había que difundir y cuáles no

La cultura, la técnica y la estructura social configuran la civilización, es una suma acordada: las infraestructuras y las superestructuras. En el segundo factor de esta trilogía, la técnica, el economista Juan Velarde Fuertes señala varios hechos tecnológicos de progreso de gran influencia: en el siglo XVIII el desarrollo de la industria metalúrgica y los ferrocarriles; seguidos años después por la industria química, el motor de explosión y la electricidad. Es el paso que da una sociedad de mano de obra intensiva (y esclavista plus utra) a otra donde hay que aguzar el ingenio para conseguir producir. Ahora, en el siglo XXI, son las pujantes tecnologías de la información y las comunicaciones cuyo desarrollo ha llevado a la pretenciosa definición del mundo actual como «la aldea global». Las masas han entrado en la Historia, en la arena pública, votan y se manifiestan y el control social se ha hecho más necesario que nunca para manejar las mentes y los corazones.
En su petulancia, la técnica reemplazó a la sabiduría y se convirtió en tecnología, que desequilibra su relación con otros factores civilizadores como la educación generalizada, la sanidad y la democracia que incrementa la participación de las masas en la vida pública, etc. La hegemonía técnica trueca al progresismo en corrupción tanto de ideas como de modos sociales.
El progreso, ese paradigma quimérico que monopoliza el desarrollo humano como ídolo público, es uno de los monstruos que ha engendrado el sueño de la razón que nos representó Goya, un sueño que no admite otros factores como sentimientos, identidad, etc. Esa razón, asegura el economista y periodista Joaquín Estefanía, en un determinado momento histórico de vacío teológico, convertida en abstracción del logos, deviene en caricatura de sí misma.
El rápido desarrollo llevó al filósofo alemán Martin Heidegger a descalificar la técnica como una máquina devastadora. El pensador Julián Marías nos recuerda que «la sociedad técnica ha situado a sus gentes en un nivel de adaptación muy superior (...) y se les antoja natural y hasta insuficiente». La informatización llega al hogar y es aceptada de forma natural en las oficinas. En pos de ese progreso sin barreras, las mayorías «adoptan una actitud moral de disfrute de ese mismo progreso, olvidando la palabra deber y sustituyéndola en todo caso por derecho, que reclaman como algo de su propiedad», afirma Luis Suárez.
La tecnología no es inocua como pudiera parecer. «La técnica viola la naturaleza (…) El progreso técnico desgarra la naturaleza, que tiene sus propias leyes», escribió Niekisch. La revolución tecnológica lleva en su interior sus propios valores y nos ha traído una revolución moral, al sustituir los valores cristianos, dice Octavio Paz, por «un nihilismo de signo opuesto al de Nietzsche, no estamos ante una negación crítica de los valores establecidos, sino ante su disolución en una indiferencia pasiva». El paso del guerracivilismo a la abulia.
Con el telégrafo y el teléfono desaparecen las distancias, se mantiene la transmisión oral y comienza la era de las comunicaciones inmediatas. En Estados Unidos, la Western Union, que gozaba del monopolio del telégrafo, y la Associated Press (AP), la primera agencia de noticias, se convirtieron enseguida en aliados naturales. Esta alianza influía en los periódicos de la Unión porque era la AP quien establecía cuáles eran las noticias que había que difundir y cuáles no.
Ya no es un tiempo para acomodarse a lo nuevo, como le sucedía a nuestros antepasados, sino vivir en el cambio continuo, una adaptación trepidante en un mundo cambiante de forma permanente. Estos son los planteamientos del mundo desarrollado, cuya propia definición incorpora a la tecnología como protagonista. El auge de la técnica se universaliza dentro de un modelo político y económico común a los países occidentales: la democracia parlamentaria y el mercado libre.
De forma paralela, se inicia la creación de una élite tecnológica. El modelo postindustrial genera y renueva sus cuadros dirigentes. En muchos casos ya no son los propietarios quienes dirigen esas empresas sino los ejecutivos, los directivos, los CEO. Nuevas profesiones se acercan al poder por medio de su influencia en la vida laboral y social cotidiana. El mando y la autoridad fluyen ahora hacia quienes controlan la técnica y las comunicaciones. Ese proceso tecnológico descansa sobre la productividad, la innovación y la eficacia.
El símbolo de la globalización, la aldea global, ha sentado plaza por medio del desarrollo en las comunicaciones y el empuje de los medios de comunicación agigantado por el avance tecnológico. A través de ellos se presentan modelos de comportamiento y traducciones interesadas del contexto en que vivimos. «La presentación y el acceso a la realidad, tanto pública como privada, es obra de los medios (...) reformulan lo real en función de sus intereses, sus usos y sus valores», escribe Vidal Beneyto. Generan modelos y paradigmas a los que ceñirse para evitar quedar en los márgenes del sistema y ser desechados por el mismo. Y es influencia universal no hubiera sido posible sin el avance tecnológico que convierte a los medios en los nuevos púlpitos, los medios, y desecha los otros, los sagrados.
  • Gustavo Morales es director del Club de Periodismo del CEU
Comentarios
tracking