05 de diciembre de 2022

TribunaTino de la Torre

La penúltima mirada

Todavía en los pueblos, en un verano tan largo como el que hemos tenido, se sacan las sillas a la calle al caer la tarde, o a «la fresca». A saludarse sin más con el vecino que va de recogida y del que sabes casi todo, a ver pasar algún forastero

Particularmente opino –y lo he hablado con más gente– que el confinamiento fue un frenazo. Un desconcierto al principio, temor –todo hay que decirlo– y una recuperación de algunas sensaciones que estaban perdidas para siempre. Y digo perdidas porque no había un interés particular en recuperarlas. La libertad estaba asociada casi siempre a paraísos remotos. Si no estaba lejos era menos libertad. Con el confinamiento vimos que la libertad estaba simplemente al otro lado de la puerta, sacando a pasear al perro o a nosotros mismos cuando se nos permitió irnos alejando de la casa, pero no demasiado por si la volvíamos a liar. Por cierto, vamos sabiendo que todo eso fue anticonstitucional y más cosas que seguirán apareciendo.
Vistos los resultados a lo bruto (en número de muertos) ya no le queda a uno claro si la encerrona estricta de nuestro país –o la menos estricta de otros sitios– era lo más indicado.
Lo que es seguro es que fuimos sumisos. Me acuerdo de las apariciones casi mesiánicas en la tele: otros quince días… Y todos callados.
Se me activó por aquellas fechas un recuerdo infantil. Después de hacer los deberes del colegio me dejaban salir a la calle hasta que se hacía de noche. En invierno era poco tiempo o nada pero según avanzaban los meses desde Navidad en adelante íbamos ganando minutos. En aquellos días de marzo y abril de 2020 recuperé la sensación de bajar atropelladamente las escaleras y salir cruzando el portal a la calle. Un respiro hondo, mordisco al bocadillo y ser libre. Una libertad, que lo era, a pocos metros de la propia casa. A veces para no hacer nada. Solo mirar con ojos de crío, hablar y reír con voz de crío interpretando un mundo grande con unas entendederas aún por estrenarse.
De esa forma me sentía cuando se nos iba dejando asomar el hocico. Libertad tan cercana y próxima. De alguna manera he querido mantener esa sensación, la capacidad de asombro en lo cercano, interpretar lo vivido cercanamente con más intensidad. No desdeño lo vivido «por ahí» pero, como cuando era crío, me importa algo menos si me estoy perdiendo algo lejano o si incluso lo voy a dejar estar para siempre.
Y así llevo un tiempo, en los últimos meses, entrando en pueblos no tan conocidos; y caminándolos, ya sean de mar o de monte. Haciendo rutas por las sierras que ni son las más largas ni los picos más altos ni tienen el río más largo ni son las más conocidas. Son los lugares, con su mensaje. Ni a esos sitios les importa si son «el no va más» ni a mi tampoco.
Todavía en los pueblos, en un verano tan largo como el que hemos tenido, se sacan las sillas a la calle al caer la tarde, o a «la fresca». A saludarse sin más con el vecino que va de recogida y del que sabes casi todo, a ver pasar algún forastero (como uno mismo). Son miradas que no llevan juicio, no tienen crítica, no hay repaso de arriba abajo. Eres parte del paisaje y poco más. Se entretiene la mirada, quizá la penúltima del día, porque siempre habrá alguien que pasará antes de recoger la silla.
Son personas –las envidio– que tiene el don, aparente, de parar de pensar por un rato. Seguramente se cruza por su cabeza algún recuerdo personal, alguna tarea pendiente que se irá resolviendo cuando se pueda. No se exprime el tiempo hasta el final del día.
Solamente les quería decir que este verano aproveché para mirar a las caras de las personas igual que ellos me miraban. Y, afortunadamente, conseguí no sacar ninguna conclusión.
Simplemente nos tocaba estar vivos en el mismo lugar. Por un instante. Y estaba bien.
  • Tino de la Torre es empresario y escritor
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