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15 de abril de 2024

TribunaMiguel Aranguren

Sintiéndolo mucho

Sabina, don Joaquín, se colaba en los programas semanales de Tola con 'La Mandrágora', a veces acompañado por Krahe o por Alberto Pérez, otras veces solito y con sus propias canciones, el macarra de ceñido pantalón y autorretrato engrandecido

Actualizada 11:48

Dios guarde a Sabina, a Joaquín Sabina, retratado en un magnífico documental por Fernando León de Aranoa, que desde hace semanas se puede ver en una plataforma de pago. Es de las pocas hagiografías de un personaje vivo en la que se le muestra sin trampa ni cartón, desde todos sus frentes, con luces y sombras, sin maquillar sus contradicciones. El Sabina del documental es un hombre de vuelta, carcomido por la mala vida, un viejo con bombín, magro de carnes, huesudo y algo cheposo, setentón y risueño, cascarrabias, abandonado, una brasa de cigarro que prende otro cigarro que prende otro cigarro que prende otro cigarro… una voluta de humo que se le retuerce alrededor del cuello como una serpiente, una piel que exhala tabaco negro, picadura barata, alquitrán, unos pulmones de luto y una lija en la garganta, lija de grano grueso que muerde, que hiende, que hace sangrar cada vez que el artista gargajea –¡cuántas veces gargajea en el documental!– para liberar su voz de la mucosa de nicotina que la emplastece.
Sabina es un cenicero de aeropuerto. Hablo de aquellos aeropuertos y de aquellos ceniceros que vomitaban colillas. De los ceniceros de los viejos trenes que iban hacia el norte, con su tapita metálica que ahogaba el tufo a alma quemada. Don Joaquín es un paquete de Bisontes, otro de Ducados, una china comprada a un morete, bajo una farola y de refilón, la esquina en la que mean los chicos cuando de madrugada salen de un bar en Malasaña, un porro mal liado detrás de otro porro y de otro porro mal liado. Le confiesa a Aranoa que durante muchos años le dio a la cocaína, pero esa droga es de señoritos, no de tipos que emigran de Úbeda sin deseos de comerse el mundo, con la única pretensión de ir tirando, de vivir con el abrigo de las lechuzas, sin saber hacia dónde tirar porque la ambición le duraba lo que el carajillo al currante de andamio que se acoda en una barra de cinc, lo que un par de hielos en un Dyc segoviano on the rocks.
Recuerdo a Joaquín Sabina en los programas de Tola, otro que también quemó toda una plantación de tabaco extremeño, tabaco que a cambio le pidió el sacrificio temprano de su vida, una pena, y que en el Vip’s de los pijos (aquel al que llamaban Vip’s de Lista, el de la preciosa bóveda de cañón recubierta de aluminio) perdió en una batalla de mensajitos en verso, de mesa a mesa, a la que le retó mi hermana con un grupo de amigas, cuatro adolescentes contra uno de los monstruos de la televisión de los dos canales, que con amarga agudeza terminó por firmarles un autógrafo en una de sus cajetillas de Nobel. Sabina, don Joaquín, se colaba en los programas semanales de Tola con La Mandrágora, a veces acompañado por Krahe o por Alberto Pérez, otras veces solito y con sus propias canciones, el macarra de ceñido pantalón, autorretrato engrandecido, porque el jienense no terminaba de ser cheli, ni robaba ni pretendía acabar en El Piramidón, como su personaje tremendista. Él se conformaba con ser juglar de aquel tiempo en el que el metro huele a podrido, en el que murió la España rural, en el que una generación de niños desenraizados se sacó el DNI, niños sin vínculos con el pueblo en el que nació la madre, con el pueblo en el que nació el padre, pueblos que quedaron varados en las fotografías que cada familia conserva en una caja de latón, y a los que volvían, si es que se volvían, una semana de agosto coincidiendo con las fiestas patronales.
Tengo presente el concierto que cambió el rumbo de la carrera del cantante del satírico. Sabina y Viceversa, su banda. Coincidió con el apogeo de Felipe González, que autorizó la retransmisión en diferido de dicho recital, a condición de que se censurara la canción de uno de los invitados al escenario, Javier Krahe y su «Cuervo ingenuo», una broma apache que retrata la lengua de serpiente del presidente socialista, quien de habitual pensaba una cosa y decía la contraria, para después hacer lo que le venía en gana. El tema, alegrado con el parpeo de unos pitos de carnaval, vino a cuento del referéndum acerca de la permanencia en la OTAN. Aquel «De entrada No» con el que Felipe se había embolsado tantos votos, pasó al «Vota sí, en interés de España», lo que soliviantó a los progres que desde hacía años se llenaban los pies de ampollas en la marcha de protesta hasta la base de Torrejón.
A partir de aquel concierto censurado, Sabina subió como la espuma, se convirtió en la estrella que nunca había imaginado, ídolo a los dos lados del charco. Pasó de actuar en garitos medio vacíos que olían a sudor, a vender hasta la última entrada de sus conciertos en grandes auditorios, estadios y plazas de toros.
Me gusta el malditismo de Sabina, aunque no todas sus rimas son un hallazgo ni rozan lo sublime. Me gusta el tono melancólico de algunas de sus canciones, sus giros humorísticos, su formación cristiana adaptada a un ateísmo cargado de ripios. Me gusta la decoración de su casa, su carcajada sempiterna, sus borracheras a la mexicana, la sal que utiliza para salivar, el teclado de sus dientes nuevos, sus sombreros, su saber perder y la manera con la que reconoce, Sintiéndolo mucho, que apenas le queda nada que decir.
  • Miguel Aranguren es escritor
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