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TribunaFeliciana Merino Escalera

El poderío de mi abuela

Se quedó viuda muy joven. Tres hijos. En plena posguerra. También tenía una vaca. Se levantaba al alba, ordeñaba la vaca, arreglaba el pasto y les dejaba a sus polluelos el desayuno preparado antes de salir a vender la leche. Con el poco dinero que obtenía de la venta compraba lo necesario para que sus hijos comieran

Hoy se habla tanto de poderío femenino que a veces cuando escucho algunas conversaciones no puedo evitar una mezcla de tristeza y compasión. No creo que sea necesario aludir a Santa Teresa, a la Reina Margarita, a Isabel la Católica, a santa Catalina de Siena, a Juana de Arco, o a tantas otras figuras femeninas ejemplares de la Historia para hablar de poderío.

Bastaría con hablar de mi abuela y, con ella, de todas las abuelas en las que ustedes y yo nos podemos reconocer.

La mía, de quien he heredado el nombre entre otras cosas, se quedó viuda muy joven. Tres hijos. En plena posguerra. También tenía una vaca. Se levantaba al alba, ordeñaba la vaca, arreglaba el pasto y les dejaba a sus polluelos el desayuno preparado antes de salir a vender la leche. Con el poco dinero que obtenía de la venta compraba lo necesario para que sus hijos comieran, mal que bien, pero comían. Rezaba, se alimentaba solo una vez al día y aún le sobraban unas monedas que dejaba en un cuenco encima del frigorífico y el domingo llevaba a la iglesia, para los pobres. Tenía el Thomas de Kempis en su mesita y en sus labios. La pobreza era extrema y quiera Dios que no nos aqueje una miseria semejante. La vida era dura, pero la vivía y la entregaba. Repito: la vivía y la entregaba. Ese era todo su patrimonio. No hay mayor poder ni lo habrá jamás que el de una mujer, y tantas, tantas como ella, sacando adelante a sus hijos tras la guerra.

Nosotras, las empoderadas, que no hemos hecho más que rascarnos la barriga a lo largo de este cansado siglo, convencidas de que los cargos deben concedérsenos por cuestión de «sexo» —ese que, por cierto, nos niegan que exista—, no somos capaces de enarbolar ni una bandera por aquellas grandes mujeres que nos han precedido. En vez de eso, izamos el asta del patriarcado para condenarlo y, con ello, nos condenamos a nosotras también. Entregamos nuestro poder, silenciamos nuestra historia y nos calzamos los tacones del progreso, que nos ha dado el lugar que nos corresponde. ¿Acaso el poder nos viene de aquellos que dicen otorgarlo? El estado, el gobierno ¿desde cuándo les debo lo que hacen por mí? A Dios pongo por testigo que ninguno de esos secuaces, ladrones y proxenetas que nos gobiernan concede un milímetro de valor a mi vida. Nuestra fuerza viene de lejos, y esa fuerza ha movido el mundo desde el origen de los tiempos.

Mi abuela agradecía a Dios la vida, la de sus mayores y la de sus infantes. Y a Dios daba gracias o a él se quejaba, cuando tras deslomarse se acostaba sin sentir los huesos. Vivió 94 años, los 20 últimos curando y visitando enfermos, también a su hermano alcoholizado, que nunca pudo con su ira mitigar la energía y el amor incansable de mi abuela. Cuidando se cuidaba, cultivaba su alma y la de tantos otros.

No me habléis, pues, de poderío, que no lo oleremos hasta que la mentira ideológica que nos embadurna de palabras grandilocuentes y de prácticas bochornosas que las desdicen, se escurra de nosotras como agua, esa que nos limpia de pecados tanto como de la inconsciencia con que alabamos servilmente la mano del poder, la que “nos «empodera» como latas oxidadas, resistentes por fuera, pero huecas y mohosas por dentro.

Con ello quiero honrar a todas aquellas y aquellos que hoy metemos en el saco de la opresión, el silencio y el sometimiento patriarcal. A todas y todos los que creen que sus vidas anónimas no han valido la pena, porque nadie podía hablar por ellas/ellos ni «empoderarlas-los». Gracias a Dios que fue así, porque el sometimiento a falsos dioses nunca ha sido lo propio de nuestras abuelas y abuelos. El poderío no se otorga ni se decreta por ley. Se recibe de Dios y después se gana con la vida. Mientras no lo ganemos, viviremos de las rentas de otros, al tiempo que les expulsamos de la historia y les negamos nuestro reconocimiento y gratitud.

Y la historia, la verdadera, la que camina con nosotros, como camina el recuerdo de los que dieron su vida y se fueron sin hacer ruido, se cuenta con ellos. Yo tengo mucho de «la Feliciana del Jaque», y a ella le agradezco, como a tantos que con su vida me han protegido, el verdadero «poder» que Dios me ha regalado, y que ahora hago mío si me lo gano. Eso es empoderamiento, lo demás son estupideces.

Así que, por favor, a ver si por hartazgo cambiamos la cantinela del otro poder, aquel al que nos sometemos en nuestra blandengue vida. Las que defienden las políticas de cuotas y la discriminación inversa, las que creen que estar empoderadas es sentarse con las amigas en una cafetería a desayunar y hablar del empoderamiento de toda hija de vecino, las que abortan por sistema para poder seguir yendo al gimnasio, sepan que han torcido la balanza, eliminando y cancelando de las palabras, «en plena sintonía woke», a quienes dieron a esas palabras todo su valor, esos de quienes hoy nos separamos porque son «carcas» y chochean, a quienes mandamos a las residencias «de la tercera edad» porque ya no son productivos ni útiles. De ellos ya no podremos nacer, ignorando lo que se debe amar y lo que se debe odiar, lo que debe respetarse y lo que sólo merece desprecio. Preferimos nacer de ideas que de hombres de carne y hueso; nuestra deuda con ellos es el honor y la gratitud, mientras de las ideas solo nacen deudas manchadas sin vida. Lo decía Dovstoieski: «somos seres muertos desde el momento de nacer. Además, hace ya mucho tiempo que no nacemos de padres vivos, lo que nos complace sobremanera. Pronto descubriremos el modo de nacer directamente de las ideas».

26 de julio, día de san Joaquín y Santa Ana, día del abuelo.

Feliciana Merino Escalera es profesora adjunta en el Departamento de Humanidades de la Universidad CEU Cardenal Herrera

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