¿Adónde nos lleva la política exterior de Sánchez?
El tan cacareado «lado correcto de la Historia», muletilla estomagante del sanchismo, no es precisamente en el que Sánchez se ha situado y nos quiere colocar. Los valores y principios defendidos por España –y su historia– rechazan el ‘reseteo’ sanchista
Los últimos acontecimientos bélicos surgidos en la escena internacional han forzado al presidente del Gobierno a pronunciarse y a manifestar qué posición ha de ocupar España en el nuevo, incierto e inquietante tablero geopolítico mundial.
También en política internacional, la personalidad egocéntrica de Sánchez le lleva a utilizar esta señera política de Estado para solventar asuntos domésticos. En efecto, para desgracia de los intereses nacionales, este líder traslada al campo internacional las muchas miserias y desequilibrios que le apremian en su país, dado que ha entregado la gobernación del Estado a izquierdistas radicales, comunistas y separatistas. La antiespaña.
Es así como Sánchez lucha políticamente por sobrevivir, por resistir, por cuadrar un círculo inalcanzable. Es así que, ante cualquier sobresalto que sucede en la escena internacional, sorprende la respuesta de un Sánchez desnortado, desquiciado, que protege sus intereses personales y partidistas aunque sacrifique los superiores del país que dice gobernar.
Lo referido adquiere tintes preocupantes si a lo expuesto se añade que Sánchez actúa solitariamente por propia voluntad. Ha levantado un muro ideológico; ha difuminado el reparto de poderes del Estado y actúa, que no gobierna, de espaldas al Parlamento, al que desprecia. Todo un demócrata. Este cuadro, que cualquier analista lo calificaría sin duda de autocracia, de despotismo democrático, es el que rige en España desde mediados de 2018. Y cada día abatida una institución más.
Con ese talante personalista, impredecible, ideologizado, «haciendo de la necesidad virtud», sin dación alguna de cuentas a las Cortes Generales, ni antes ni después, quebrando bruscamente la trayectoria tradicional del consenso en la política exterior española, Sánchez ha entregado inopinadamente a Mohamed VI el Sáhara y sus naturales (sin explicación, sin compensación); mantiene una relación singular con la Venezuela chavista, protegiendo a un avispado Zapatero; ha emprendido una agresiva campaña contra Israel, deteriorando la más que conveniente relación con este importante país, líder en equipamiento y tecnología militar, en seguridad e información antiterrorista; ha alineado a España con el Grupo de Puebla, articulación política de la izquierda iberoamericana que, oponiéndose al neoliberalismo, trata de exportar modelos como el de la Venezuela madurista o Cuba, todo un progreso, como vemos; ha introducido discordia en el seno de la UE…
Empero, lo más grave es el absurdo enfrentamiento con la Administración Trump. No le importa poner en peligro muy importantes intereses españoles. Al contrario, Sánchez está feliz de haber conseguido, por fin, la confrontación directa con el presidente norteamericano, sin reparar (lo que es una peligrosa y monumental irresponsabilidad) en que los Estados Unidos capitanean la más importante organización militar de defensa de Europa, la OTAN, a cuyo tratado España se sumó, incluso mediante referéndum. La desavenencia que Sánchez mantiene con el mandatario republicano es caprichosa, imprudente, insensata, irreflexiva, palabras todas que describen a una persona, Sánchez, que no asume sus deberes y actúa sin importarle las consecuencias.
A Sánchez no parece afectarle la suerte de las esenciales bases de utilización conjunta de Rota (Cádiz) y Morón (Sevilla), cuando Marruecos, agazapado, está frotándose las manos. En el mundo actual, ¿qué sentido tiene hablar de soberanía española y en su nombre vetar el uso del Ejército aliado norteamericano? ¿Qué significa vetar su utilización si esta fue la razón de cederlas? ¿Piensa en Ceuta, Melilla y en las Islas Canarias? Con razón ha sido felicitado por Hamás y el régimen iraní de los ayatolás.
Por último, queda referirnos a la creciente y oscura relación del sanchismo con la China comunista. Para establecerla, Sánchez arranca a España de su natural alineamiento euroatlántico, enfría las relaciones con los EE.UU. y la OTAN, tensiona la UE regateando colaboración y financiación, y arrastra los pies ante cualquier aportación o respuesta a la defensa de Occidente. El giro en la política exterior de España, llevado a cabo de manera oscura, implícita, sin respaldo ni encargo parlamentario alguno, es lo suficientemente importante y grave como para que Sánchez la explique en las Cortes y sea ratificada, en su caso, por los representantes del pueblo español. Todavía somos un sistema político parlamentario. Ni presidencialista ni, mucho menos, cesarista, aunque Sánchez se comporte como tal.
La disparatada y extraviada política exterior sanchista conduce al aislamiento, a la desorientación, a alejarnos de nuestros socios naturales y de nuestro marco geoestratégico conocido. Son tantos los intereses que España se juega con estos malhadados pasos –y con esta inexplicada e inexplicable diplomacia– que estremece pensar en sus malévolas consecuencias. El tan cacareado «lado correcto de la Historia», muletilla estomagante del sanchismo, no es precisamente en el que Sánchez se ha situado y nos quiere colocar. Los valores y principios defendidos por España –y su historia– rechazan el ‘reseteo’ sanchista.
- José Torné-Dombidau y Jiménez es presidente del Foro para la Concordia Civil