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TribunaJosé Torné-Dombidau y Jiménez

La camiseta de Pedro Sánchez

No es el caso de nuestro caudillo populista. Pedro Sánchez es feliz. En efecto, como dicen los modernos, se «realiza» presidiendo el Gobierno, que no gobernando. Y, a diferencia del Rey del cuento, no está enfermo, que sepamos, a pesar de su desmejorado aspecto físico de los últimos meses

Hablando de prendas masculinas viene a mi memoria el conocido cuento del novelista ruso León Tolstói (1828-1910) titulado La camisa del hombre feliz, narración que refiere que la felicidad de un Rey, triste y enfermo, se encontraba en la camisa de un hombre humilde, quien, no teniendo más ajuar que ella, rechaza regalársela al monarca.

No es el caso de nuestro caudillo populista. Pedro Sánchez es feliz. En efecto, como dicen los modernos, se «realiza» presidiendo el Gobierno, que no gobernando. Y, a diferencia del Rey del cuento, no está enfermo, que sepamos, a pesar de su desmejorado aspecto físico de los últimos meses, rostro cincelado a golpe de terribles horas de preocupaciones, complicaciones y tensiones que le provoca su alto cargo, sus serias ¿responsabilidades?, de Estado.

Contrariamente, al relato de Tolstói, Sánchez dispone de un aseado vestuario de trajes 'azul Francia', color que últimamente ha cambiado por el 'gris Marengo', probablemente aconsejado por alguien cercano. Con esta vestimenta ‘estilo ejecutivo’, su imagen física, cercana a un modelo hispánico de Giorgio Armani, está a la altura de su alta representación. Es de agradecer que este presidente ¿socialista? haya desterrado la pana de Alfonso Guerra. Así pasa por un burgués gentilhombre, un izquierdista ‘caviar’. Empero, su otro componente, su alma, en mi opinión, cabe ubicarla en la peor órbita maquiavélica: carente de ética («el fin justifica los medios», «hacer de la necesidad virtud»…), taimado, rencoroso, astuto, engañoso…

Si bien exhibe en público un decoroso atuendo, nuestro amado presidente repite, desde 2023, como santo y seña de su vademécum de gobernación, aquello de que «hay que dialogar» y «sudar la camiseta». Si me permiten aproximarme a la frontera de lo escatológico, imagínense ustedes en qué estado se encontrará la camiseta de Sánchez, la misma que lleva puesta desde hace casi ocho años de desgobierno, enjugándole el sudor que le provoca su disparatado frenesí político, con continuos sobresaltos, escándalos, amenazas de sus socios y las supremas dificultades que ocasiona un engendro de Gobierno, el ya célebre 'Gobierno Frankenstein', diseñado para arrebatarle a la derecha política su alternancia, su legítimo derecho a gobernar, como manda la democracia liberal, fundada en una mayoría homogénea, y no en la suma de retales políticos.

Así es. Sánchez carece de tal mayoría. Depende de sus coaligados y socios de dispar pelaje y afán corrosivo. Lleva casi ocho años de usufructuario gracias a lo que él llama «diálogo» y «sudar la camiseta», aunque haga frío. Empero traducido el lenguaje manipulado sanchista a uno racional y veraz, cuando Sánchez dice «diálogo» ha de entenderse cesión, entreguismo, rendición al chantaje de los enemigos de la nación; y si se propone «sudar la camiseta» ha de entenderse que consigue un acuerdo con aquellos enemigos, en virtud del cual el interés general de los españoles cae arrodillado y es sacrificado ante las exigencias de paleocomunistas, separatistas, bilduetarras y prófugos en el extranjero, incluidos mediadores sacaperras. Al precio que sea. No le importa: él no paga.

Empero, pasando de la novelística a la ciencia político-constitucional, preciso es desenmascarar la gallinácea jerga sanchista. Según el vocabulario sanchista, «dialogar» es ceder, rendir el Estado a los intereses de ciertos partidos (PSOE, ERC, Junts, Bildu…) e individuos. Es sustituir los «intereses generales» del artículo 103 CE por los «intereses particulares» de minorías o personas concretas a cambio de votos, de apoyo espurio. Es subvertir los valores de la democracia, y convertirla en un cascarón irreconocible, en otra cosa, que puede ser un régimen personalista, autocrático, cesarista, pero nunca una democracia parlamentaria, liberal. El mandato de la Constitución para todo gobierno es claro: éste debe perseguir el interés general. Sin nombre ni apellido. Y, por supuesto, no para comprar votos. Por fortuna los españoles poseemos un precedente valioso: el avanzado artículo 13 de la Constitución de 1812, que ya señalaba: «El objeto del gobierno es la felicidad de la Nación, puesto que el fin de toda sociedad política no es otro que el bienestar de los individuos que la componen». Es el fundamento del gobierno, de todo gobierno, señor Sánchez, y usted, en su gestión política, se ha apartado de él.

También nuestro Estado de derecho ha recibido –de los Gobiernos sanchistas– numerosos ataques, auténticas demoliciones. Académicos y cultivadores del Derecho Público, concretamente del Derecho Administrativo, ya lo denuncian en escritos de la especialidad. Escandalizados, recuerdan cómo Sánchez, «en un Estado de derecho, ha invitado a infringir el Ordenamiento jurídico» (Bauzá Martorell, 2025).

A la vista de lo anterior, señor Sánchez, «sudar la camiseta», su camiseta, no es para alardear y vanagloriarse. En usted significa doblegar el Estado, inmolar el interés general de los españoles en el altar de la peor política.

  • José Torné-Dombidau y Jiménez es presidente del Foro para la Concordia Civil
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