18 de octubre de 2021

Una mujer y su hija volviendo del centro de Cruz Roja en la Cañada Real

Una mujer y su hija volviendo del centro de Cruz Roja en la Cañada RealPaula Argüelles

Viaje al corazón de la Cañada Real: un año sin luz

Nos adentramos en el epicentro de la droga en Madrid, donde la Iglesia y las asociaciones luchan cada día para que sean los menos los que queden atrás

Poco antes de la bifurcación del vertedero de Valdemingómez, tras pasar el nudo de la M50 y la A3, empieza el Sector 6 de la Cañada Real.
Son las tres de la tarde, hace calor, y el trasiego de coches de lujo, camiones y autobuses entre los chamizos, las tiendas de campaña, los búnkeres del menudeo y las casas bajas, es constante. La terracería está encharcada. Una tubería rota a pocos metros de allí tiene a un hombre de mediana edad, espigado, con la barba rala y el chándal empapado, achicando agua como puede de los socavones que dificultan el paso de los vehículos. El ejercicio es, aparentemente, estéril. Ante cada envite, un reguero de agua turbia vuelve a inundar la zona. Sin embargo, se afana como si no tuviera nada más que hacer, como si ese fuera su único cometido: que se pueda circular de entrada y salida al asentamiento. 
Una parte del Sector 6 de la Cañada Real

Una parte del Sector 6 de la Cañada RealR.M.

La Cañada Real, tras el cierre y desalojo de Las Barranquillas, es el epicentro de la droga en Madrid. A la problemática añadida de la marginación, prostitución y tráfico de drogas, hay que sumarle la falta de luz que desde hace un año están sufriendo buena parte de los vecinos del Sector 6; entre ellos, 1.200 menores de edad. Los puentes en el suministro eléctrico por parte de los invernaderos ilegales de Marihuana, junto a un problema anquilosado por parte de las administraciones públicas y la empresa suministradora, ha llevado a las personas que allí residen a subsistir el pasado temporal de Filomena y este último verano sin recursos energéticos. De cara a este invierno, no hay visos de que la situación vaya a cambiar.
«Desde un punto de vista inmediato estamos mal. Hay muchas familias con una capacidad adquisitiva muy baja que durante todo este tiempo han tenido que asumir un gasto que antes no tenían, como es la compra de butano para poder cocinar y calentarse o el desembolso de gasoil para los generadores», nos cuenta Agustín Rodríguez, párroco de Santo Domingo de la Calzada, en la Cañada Real. 
Entrevista a Agustín Rodríguez, párroco de Santo Domingo de la Calzada
«Aquí hay un claro culpable, que son los que tienen las plantaciones de Marihuana, que no están dispuestos a renunciar a parte de las ganancias de su actividad por pagar la luz y se siguen enganchando a la red, que no tiene potencia suficiente para asumir ese exceso de consumo», nos aclara Agustín, que lleva 14 años viviendo en primera fila los problemas de la Cañada.
Conversando con el párroco de la Cañada, Agustín Rodríguez

Conversando con el párroco de la Cañada, Agustín RodríguezPaula Argüelles

 ¿Cuántas plantaciones hay?
−Muchas, muchas, muchas.
¿Qué puede hacer la Policía?
−No se pueden saltar la ley. Hay un procedimiento. Se tiene que tramitar una denuncia, que lo analicé el juez y que se autorice una intervención. España, para lo bueno y para lo malo, es un Estado de derecho. Y el problema es que hay muchas causas abiertas. Aunque tú quites veinte plantaciones la demanda sigue siendo demasiado alta. Es una cuestión de fuerza y de poder. Unos pocos tienen secuestrada la luz para unos muchos. Ellos −refiriéndose a los clanes de la droga− lo dicen descaradamente: ‘esto va a seguir siendo así’ y no les importa lo más mínimo que estén fastidiándole la vida a su vecino.
 ¿No se pueden establecer controles a las afueras de la Cañada?
− Si ahora mismo se blinda la Cañada, dejamos sin sustancia a todos los drogodependientes de Madrid. ¿Eso qué supone desde el punto de vista de la salud y la seguridad pública? ¿Una ciudad como Madrid se puede permitir eso? ¿Durante cuánto tiempo?... No es sencillo.
Las dos mujeres que alertaron de nuestra presencia en la Cañada Real

Las dos mujeres que alertaron de nuestra presencia en la Cañada RealPaula Argüelles

Sin luz y sin calor humano

Al dejar los montículos de escoria y chatarra, preguntamos a dos mujeres de etnia gitana si les importaría que les hiciéramos unas fotos y hablar con ellas sobre el día a día en su barrio. Nos dan la espalda, desenfundan sus teléfonos, y al poco de cruzar las primeras casas, a los cinco minutos, los allí presentes saben que dos periodistas han llegado. Nos reciben con abucheos e improperios. No quieren que la prensa ande por allí, aunque sea a plena luz del día. Avanzamos un poco más y le preguntamos a dos chicos a la orilla de la carretera −ella de unos catorce años, él algo más mayor−, cómo llegar hasta la parroquia o hasta el centro de Cáritas. La chica, con una camiseta de Lilo y Stitch blanca, con un corazón tatuado en la garganta, está embarazada de más de seis meses. El chico, con varios billetes de diez en la mano, no sabe indicarnos mientras revisa de un vistazo nuestro aspecto y lo que llevamos en el coche.
«Hay un problema de desconfianza generalizada a muchos niveles. Las disputas políticas en torno a la Cañada han generado un clima de confrontación donde es difícil encontrar una solución y si se encuentra, va a estar muy al límite de la legalidad», asegura el párroco de Santo Domingo de la Calzada. Sobre el papel que han jugado los medios de comunicación en la sobreexposición de los problemas del asentamiento, Agustín cree que «se han ventilado situaciones que ya se estaban dando» y que, en cualquier caso, lo reprochable sobre las informaciones vertidas a propósito de la Cañada Real «es esa forma morbosa de hacer periodismo, que propicia una dinámica de confrontación que salpica a los vecinos».
Imagen de una de las viviendas de la Cañada Real

Imagen de una de las viviendas de la Cañada RealPaula Argüelles

¿Cómo se puede atajar el problema de la droga?
−No es un problema particular de la Cañada, aunque sea el mayor punto de venta en España. Bilbao, Elche, Barcelona, Sevilla, Valencia, Sabadell, A Coruña… El principal reto es ver cómo se afronta en el país esta cuestión. Porque siguen proliferando los narcopisos y eso no significa que la Cañada se esté desmantelando. No. Lo que pasa es que la demanda sigue en aumento. Somos el mayor productor de Marihuana en Europa. Las drogas de diseño vinculadas al ocio no paran de crecer y la heroína está volviendo a subir. La mayor parte de la gente joven ya no tiene el recuerdo que tenemos algunos de los zombies de los años ochenta. Ese imaginario ha desaparecido.
Un hombre tras haber quemado su papelina

Un hombre tras haber quemado su papelinaPaula Argüelles

Un robado flamenquito con chupete

Cuando íbamos a medio camino del Sector 6, tenemos que detener el coche en seco. Un hundimiento en el camino provoca que la camioneta que va justo por delante de nosotros roce los bajos y se quede unos segundos en estático para ver la forma de maniobrar. De pronto, un olor fuerte, como a plástico quemado, inunda el habitáculo. Pegado a la ventana, a no más de dos metros de distancia, un hombre ataviado a lo Saul Hudson −el mítico guitarrista de Guns N' Roses−, prende una pipa mientras nos mira fijamente. Está apoyando los pies en un cubo de basura, sentado en una silla de oficina destartalada. Mientras va soltando las volutas violáceas del crack, hace una mueca que recuerda a uno de los viejos que sorben sopa en el cuadro de Goya. Sus facciones, de bebé prematuramente envejecido, abombadas de tanto achinar los ojos, nos escrutan con una pátina de bondad autoinducida. Desdentado, con la nariz derritiéndose entre aquellos ojos de un azul legamoso, nos sonríe, alzando la pipa, como si pudiéramos brindar con él en lo que nos ponemos en marcha de nuevo.  
Tras caracolear un buen rato, buscando la parroquia, llegamos hasta el desvío de una fábrica de muebles cerrada. En un callejón, una adolescente que acaba de volver del instituto y una niña que la mira sin saludar. La pequeña, al vernos fotografiar el instante, nos hace un par de gestos de desaprobación para inmediatamente después acabar regalándonos un posado flamenquito con su chupete en la boca. Una mano en el pecho, la otra en la cintura. Tras ella, una rendija de luz que dejan pasar las edificaciones agrestes. 
Poco antes de aquellos dos momentos, un furgón policial había salido a nuestro encuentro cuando estábamos tomando una panorámica del final de la Cañada. Uno de los agentes nos pregunta qué estamos haciendo allí, para qué medio trabajamos y si somos conscientes del peligro que corremos. Escuchar esto de las fuerzas del orden, arremangadas las mangas de camisa por este sol atípico de octubre, no hace sino que redoblemos las precauciones para el resto del reportaje. 
Flamenco en el Sector 6

Flamenco en el Sector 6Paula Argüelles

Con la cruz tatuada

A pesar de que la Iglesia católica, en palabras del propio Agustín, es «una minoría étnica y religiosa dentro de Cañada», con no más de veinte feligreses en los oficios dominicales, la labor social que lleva a cabo Cáritas y el resto de las entidades colaboradoras es remarcable.
Es el caso de la asociación Bocatas-Pasión por el Hombre, que desde 1996 trabaja en lo que el Papa Francisco marcó como «las periferias existenciales», ámbito predilecto para el acompañamiento de los desechados por la sociedad.
Un hombre prendiendo un chino

Un hombre prendiendo un chino a plena luz del día a pocos metros de la calzadaPaula Argüelles

El Bolu es uno de sus voluntarios desde hace cinco años. Lleva doce limpio.
«Empecé a los ocho años fumando porros y acabé en la heroína. He intentado suicidarme dos veces, la última casi lo consigo tomándome un bote de tranquimacines. Por suerte estaba ahí mi amigo Pepe, el Meji, que en REMAR me salvó la vida a base de darme sopapos para que me despertara».
Su historia no es distinta a la de otros muchos voluntarios que han salido de la Cañada y que, como él, ahora dedica su tiempo a acompañar a sus antiguos colegas de parranda. «De mis amigos de entonces, el que no está muerto, está preso. Los pocos que conseguimos salir estamos bien ahora».
El Bolu

El Bolu, uno de los voluntarios de la Asociación Bocatas-Pasión por el HombreJoaquín Tornero

¿Cómo era en tu época la Cañada?
- ¡Buah! Un disparate. Luces, música, fiestas sin fin… La milla de oro de la droga. La Cañada es para los que van a consumir lo mismo que Serrano en navidades. Aquello estaba lleno.
¿Qué era lo que más te metías?
−De todo. Cuando tocaban pastillas en la ruta del Bacalao, pues pastillas. Luego cocaína, speed, heroína pinchada y fumada... No vivía. Mi día a día era robar para conseguir dinero para drogarme. No podía aguantar el mono. Me echaron de casa, perdí el trabajo… Me metía a vivir en cualquier lado. Cajeros, coches y, al final, en una tienda en la Cañada.
Una de las viviendas del Sector 3 de la Cañada Real

Una de las viviendas del Sector 3 de la Cañada RealPaula Argüelles

¿Cómo ves a la gente que va a consumir a la Cañada?
−Fatal. Están demacradísimos. Yo no sé lo que les dan, pero la calidad es pésima, peor que en mis tiempos. Cuando vienen a Bocatas los viernes por la noche los ves. Están perdidos, rascándose todo el rato, no saben ni siquiera que ya les has dado la comida, cuando la llevan en la mano, mientras en la otra sostiene la pipa de crack y el mechero.
Durante el reportaje nos ha sorprendido la cantidad de niños que viven allí...
- Es terrible verlos entre jeringuillas. Algunos no están ni civilizados, se rigen por sus propias leyes, las de su territorio. Muy mal sitio. Están rodeados de gente que no tiene nada que perder, ¿sabes? Allí te pueden matar por un móvil de mierda o por cinco pavos. Ahí no hay que ir nunca. En todo caso, para llevar a los chavales despistados para que vean lo que es aquello. Lo más duro de la droga es ver lo solo que puedes quedarte, aquellos que llamabas amigos dejan de serlo porque te metes.
Una adolescente y una niña en el Sector 6

Una adolescente y una niña en el Sector 6Paula Argüelles

¿En qué momento decides salir de todo aquello?
−Ya estaba hasta los cojones de caerme una y otra vez. Lo había intentado muchísimas veces hasta que ya hubo una en la que casi no lo cuento. Eso y con mucha fuerza de voluntad y ayuda. Tenía a mis padres muy quemados. No me querían ni ver. Es como si no existieran para mí, ni yo para ellos. Y ahora que los he recuperado, estamos genial. Como hacía muchísimos años. Justo desde que estoy bien.
¿Qué experimentaste al volver a la Cañada como voluntario?
− Al principio era en plan: ‘voy a meterme en la boca del lobo’, pero después, cuando vi que podía estar con los que me conocían de aquella época, pues, me sentí bien de poder ayudar, por poco que fuera.
El Bolu, uno de los voluntarios de la Asociación Bocatas-Pasión por el Hombre

El BoluJoaquín Tornero

 ¿Qué significa Bocatas para ti?
- Me han demostrado mucho.  He podido hacer el Camino de Santiago con ellos, que era un sueño que tenía. También he podido irme a la playa. La verdad, es lo mejor que me ha podido pasar.
¿Qué papel ha jugado Dios en tu historia personal?
- Yo pensaba que no había nada. Ahora creo que hay algo. No había entrado a Iglesia hasta que un día el Chules −coordinador de la asociación− me llevó a una Adoración y estuve ahí toda la noche. Sé que hay algo. Sé que existe. Tiene que haber un Dios como hay vida. Muchas veces he pedido ‘Dios ayúdame a salir de esta’ y ahora he salido. Ahora siempre voy con mi rosario y con mi cruz tatuada.
En la fachada de un templo evangélico en la Cañada Real

Una de las fachada de la Cañada RealPaula Argüelles