04 de diciembre de 2021

Una conversación sobre el hombre, la mujer y sus distintos roles en la familia y la sociedadM.C.

Entrevista a la escritora y neuropsiquiatra

Mariolina Ceriotti: «La comunicación entre los sexos es muy difícil a todos los niveles»

La neurosiquiatra infantil y psicoterapeuta, madre de seis hijos, desgrana en qué consiste la diferencia entre sexos. Según ella, diferencia implica portar valores distintos y complementarios, pero no desiguales en dignidad
Mariolina Ceriotti vive en Milán y es médico que trata a niños y también a adultos y a parejas. Su amplia experiencia en este campo le ha permitido conocer con mayor profundidad las dinámicas entre hombre y mujer,  al igual que la familia . Ha compartido estos frutos en conferencias y, sobre todo, en cuatro libros editados en España por Rialp: Erótica y materna (2018), Masculino. Fuerza, eros, ternura (2019), La familia imperfecta. Cómo convertir los problemas en retos (2019), y La pareja imperfecta. ¿Y si los defectos fuesen parte del amor? (2021). A favor de la diferencia y, por eso mismo, contra la desigualdad, habla con una pasmosa tranquilidad y claridad sobre intimidad, sexualidad, fragilidad y conflictos emocionales. No hay tabús ni morbo, sino delicadeza exenta de sacarosa. 
–Usted ha escrito en Erótica y materna que la mujer es «esa parte del género humano que concede (o no) el acceso a la vida». ¿Esa sería la definición más primordial, la definición que desarrollaría el aspecto esencial de lo femenino?
–La mujer es portadora de un gran poder: el de acoger y hacer germinar la vida. El potencial de ser madre es su especificidad, lo que la diferencia esencialmente del varón, que tiene su especificidad en la posibilidad de convertirse en padre. En su contribución única a la generatividad, lo masculino y lo femenino muestran ambos al mismo tiempo su capacidad y sus límites, puesto que ninguno de los dos puede generar por su cuenta: se necesitan el uno al otro. La mujer, sin embargo, está dotada de un poder en cierto sentido más terrible: el de la vida y la muerte de la criatura que lleva en su vientre. Sobre esta criatura, si quiere, también puede mantener el secreto, y en este caso el hombre puede incluso ignorar una posible paternidad.
Además, el niño accede al padre siempre mediante la mujer–madre, no sólo en el momento del nacimiento, sino también a lo largo del proceso educativo: lo que la madre dice sobre el padre supone para el hijo una clave interpretativa fundamental acerca de su relación con él y entre ellos, incluso aunque el padre sea una presencia directa e importante en la vida de su hijo. Esto le concede a la mujer un gran poder, pero también una gran responsabilidad.
–También dice usted que la mujer es más compleja en su cuerpo y en su psique. ¿Hasta qué punto? ¿No se trata de una afirmación simplista, o, como dicen ahora, su afirmación no perpetúa «roles de género»?
–Hablar de complejidad no significa proclamar que exista superioridad, sino únicamente procurar enfocarse en una evidencia: en la mujer se enfrentan dos naturalezas diferentes, que he definido en uno de mis libros como el componente «materno» y el componente «erótico». Lo femenino se manifiesta según estas dos modalidades, ambas esenciales: modalidades distintas, contradictorias y fácilmente en conflicto entre sí, que se expresan en cada mujer con diferente intensidad en los distintos momentos de la vida, según una lógica personal que sigue la historia de cada mujer y su desarrollo. El componente «materno» orienta a la mujer hacia las relaciones, haciéndola capaz de aceptar y cuidar los vínculos sin sentirse atosigada por la generosidad que requieren: aquí intervienen la capacidad de ocuparse de los demás, de acoger, de tener una mirada positiva sobre el otro. El componente «erótico» encauza a la mujer hacia el respeto por sí misma, a la capacidad de ser autónoma, pero también a aceptar sus propios deseos y llevar a cabo sus legítimos proyectos.
La falta de equilibrio entre estas dos tendencias opuestas entraña derivas negativas: el exceso de lo materno va acompañado de un control sobre los demás, escaso respeto hacia su libertad, modalidades de relación culpabilizantes; a su vez, el exceso de lo erótico puede implicar una modalidad excesivamente narcisista y egocéntrica, que no tiene en cuenta las necesidades y deseos de los demás. Nada que ver, por tanto, con el tema de los roles de género; simplemente, me parece que el bienestar de una mujer estriba en conocer, amar y desarrollar ambas facetas de sí misma.
–En otro capítulo de Erótica y materna usted habla del tipo de trato que traban entre sí las mujeres; ¿es cierto que la envidia y la solidaridad componen los extremos de este eje?
–No es cierto que la envidia sea una característica única de la relación entre mujeres, sino que en las mujeres se expresa de una manera particular, porque, como escribió la psicoanalista Melanie Klein, nace del interior de la compleja relación con la figura de la madre. La envidia es un sentimiento doloroso y corrosivo, porque provoca que se otorgue un gran valor a aquello que posee el otro y que disminuya, a su vez, el valor de lo que poseemos. Implica sentimientos de exclusión y de hostilidad, e incita a atacar en secreto al otro para reducir su encanto.
La envidia es el gran enemigo de la relación entre mujeres: un peligro sutil, una presencia intrusiva que genera una conflictividad secreta, capaz de agredir y empobrecer las relaciones desde dentro.
Mariolina Ceriotti durante una de sus conferencias

Mariolina Ceriotti durante una de sus conferenciasM.C.

A pesar de que es muy frecuente, a menudo se niega el sentimiento de envidia o no se le presta la debida atención, porque es desagradable de reconocer. Por eso mismo suele manifestarse indirectamente, haciéndonos incapaces de alegrarnos por el éxito de otra mujer. En estos casos, y a pesar de las mejores intenciones, resulta imposible participar plenamente de la alegría de otra mujer y, en cambio, se experimenta hacia esa mujer una especie de desagradable distancia emocional, acompañada de una percepción igualmente desagradable de una misma. Es una especie de entumecimiento emocional, y constituye una reacción defensiva contra el sentimiento aún más doloroso que supone la envidia, la cual nos esforzamos en arrinconar en el inconsciente de donde proviene.

La trampa de la envidia no es inevitable: admitirla y comprenderla nos permite, en realidad, accionar palancas positivas para contrarrestarla

Si la envidia nace de un sentimiento de exclusión, la forma de combatirla consiste en aprender a valorar siempre los dones de otras mujeres y poner los nuestros a su disposición. Para ello, la solidaridad es la verdadera alternativa ganadora frente a las relaciones envidiosas: nos enseña a pensar en las otras mujeres como potenciales aliadas en lugar de potenciales rivales, y a unir nuestras fuerzas a fin de que cada una dé lo mejor de sí misma para plena satisfacción de todas.
–Sin embargo, ¿cree usted que vivimos en una cultura que niega el valor de la diferencia entre varones y mujeres? ¿A qué se debe? También alude usted a que estamos contemplando la desaparición de las madres y de los padres, en tanto que cometidos y formas de ser diferentes.
–Muchos piensan que la nuestra es una época predominantemente femenina, debido a que la crisis de la figura masculina durante las últimas décadas se ha vuelto cada vez más evidente. En paralelo al eclipse del varón, hemos asistido a una progresiva toma conciencia de las mujeres, que han alcanzado en el mundo occidental un nivel educativo igual al del hombre y a las cuales ahora se les reconoce, al menos de palabra, el pleno derecho a puestos y profesiones antes consideradas de dominio masculino. Las últimas generaciones de mujeres pertenecen a una época que ha normalizado la desvinculación de lo femenino de la función biológico–reproductiva, considerada la principal raíz de su desventaja frente a los hombres; hoy las chicas se sienten libres de vivir su sexualidad y proyectar su futuro de la misma manera que sus coetáneos masculinos.
A pesar de todo esto, la relación entre los sexos sigue resultando muy difícil y discordante; yo pienso que aún estamos lejos de comprender a fondo la especificidad de los sexos, el valor de su diferencia, la riqueza de su reciprocidad.
Tanto lo masculino como lo femenino parecen haber perdido su verdadero potencial, y más que de una época masculina o femenina, creo que hoy debemos hablar del advenimiento de una época de indiferenciación narcisista. La dimensión narcisista es una dimensión autorreferencial y no generativa; por el contrario, tanto la capacidad materna como la paterna requieren el paso a una dimensión diferente, abierta a la generosidad. Naturalmente, no se trata exactamente de «hacer hijos», sino de una disposición psicológica que permite al hombre y la mujer ir más allá de sí mismos, encontrarse, enriquecerse recíprocamente y enriquecer el mundo. Acceder a la propia dimensión generativa, que es, entre otras cosas, la fuente más importante de verdadero bienestar psíquico.
Mariolina Ceriotti en una conferencia en la UIC de Barcelona
–Hablemos de las relaciones íntimas; ¿qué tiene que saber un hombre? ¿Con qué obstáculos se topa el hombre, no sólo a la hora de satisfacer a la mujer, sino de acoplarse a ella en todos los niveles posibles?
–Un hombre debe saber que la mujer es, también desde este punto de vista, un universo diferente. Sobre todo, debe comprender el hecho de que la mujer, para poder disfrutar plenamente del placer sexual, requiere poder abandonarse al hombre: necesita, por tanto, de un hombre que se fíe de sí mismo, para poder confiar en él. En el encuentro sexual, la mujer debe poder disminuir su propio nivel de control; la autoobservación debe dar paso a un progresivo abandono en el otro. Lo cual no resulta fácil para ella, porque es algo específicamente femenino mantener alta la atención sobre sí misma, sobre su propio cuerpo y sobre el modo en que se siente observada. Si al hombre le encanta mirar, la mujer necesita fiarse de la mirada del hombre: una mirada de deseo, pero también de admiración y respeto.
–Usted cita a Juan Pablo II, que en 1968 publicó un libro en que señalaba que el varón debe procurar un nivel de excitación sexual parejo al de la mujer. ¿Hasta qué punto es importante equiparar los tempos de excitación del varón y la mujer? ¿En qué estriba ese aprendizaje? ¿O es algo que tienen que descubrir los esposos, dentro de la confianza y aceptación mutua?
–Dios nos ha creado diferentes incluso en el lenguaje del cuerpo: diferente es lo que nos excita, diferentes son nuestros ritmos, diferentes las fantasías, diferentes los modos de pensar.
En el imaginario contemporáneo, el sexo es siempre fácil, instantáneo, inmediatamente satisfactorio como en una película; de modo que la confrontación personal con una experiencia distinta socava rápidamente la propia estima. En el mundo real, sin embargo, las relaciones sexuales no siempre satisfacen, incluso con la persona a la que amamos, y es normal que nos lleve tiempo encontrar avenencia y confianza.
El sexo es un lenguaje complejo y sólo parcialmente espontáneo: hay mucho que aprender y, como con cualquier idioma, debemos aprender tanto a hablarlo como a escucharlo. Hemos de aprender cómo funcionamos, cómo funciona el otro, cómo podemos funcionar juntos.
Karol Wojtyła en Amor y responsabilidad dice una frase luminosa: «Deleitarse en el goce sexual sin tratar al mismo tiempo a la persona como un objeto de placer, he aquí el meollo del problema moral sexual». Es el contexto relacional de amor y respeto recíprocos lo que convierte en «bueno» el gesto sexual, y no el mero acto en sí mismo.
La sexualidad no debe idealizarse ni para bien ni para mal; los cónyuges deben descubrir, en la confianza y en la aceptación mutuas, su lenguaje: un lenguaje quizá balbuciente en sus comienzos, y que a menudo será imperfecto, pero que adquiere su valor del deseo de expresarse amor y presencia recíprocos. Si cada uno busca en primer lugar la satisfacción del otro, la experiencia sexual será placentera para ambos.

Una sociedad que no considera la fuerza masculina de un modo generativo prepara su propio colapso y destrucción

–Sigamos hablando de hombres. En otro libro (Masculino: Fuerza, eros, ternura) asegura que la película El club de la lucha (1999) es idónea para entender la masculinidad. ¿Mejor que Capitanes intrépidos (1937), por ejemplo?
–La sociedad de consumo provoca una especie de anestesia de la mente y del corazón contra la que hay que rebelarse. El club de la lucha nos sugiere de una manera ciertamente problemática cuánta necesidad tiene el varón –para su propio equilibrio– de recobrar el contacto vital con su propio cuerpo y de una relación directa con los demás varones; cuán necesaria resulta la presencia de un padre, cuán insuficiente es el mecanismo de comprar-consumir para dotar de dirección y sentido a la propia vida. El varón es portador de una fuerza vital específica, que necesita tomar forma y hacerse hueco, tanto a nivel personal como en la vida social; una sociedad que no toma en consideración esta fuerza y que no enseña a emplearla de un modo generativo prepara de alguna manera su propio colapso y su propia destrucción.
–Usted habla de la importancia del don de la fe, a la hora de asumir plenamente una vida de pareja, aunque la pareja y la familia son, a fin de cuentas, imperfetos. ¿Puede explicarlo?
–La pareja y la familia son necesariamente imperfectas, porque la criatura humana es imperfecta. Además, la familia es el lugar donde confluyen todas las principales diferencias del ser humano: la diferencia de sexo, en primer lugar, pero también la diferencia de linaje –marido y mujer provienen de familias diferentes– y la diferencia de generación –padres, hijos, abuelos–. Y, allá donde haya una diferencia, fácilmente se genera conflicto. Es fácil entender a quien es parecido a nosotros, pero estar a buenas con quien es distinto requiere de un paciente esfuerzo de comprensión. Aceptar la alteridad, la diferencia inalienable del otro, supone, por tanto, un difícil desafío; se trata de aceptar el derecho de cada cual a ser él mismo, no a considerarlo como alguien que ha de responder a nuestras necesidades, sino más bien como alguien que, al igual que nosotros, tiene su propia tarea vital; cada uno de nosotros tiene su propia «vocación», y querernos los unos a los otros consiste en respetar y alentar esta vocación.
En el matrimonio cristiano sabemos que recibimos al otro –este otro a veces difícil– por medio de la mano de Dios: Él, que nos conoce en profundidad, pone a nuestro lado a alguien que, desde su diferencia, nos reta a ser lo mejor de nosotros mismos. Por eso, incluso las dificultades pueden convertirse en un recurso: las dificultades son un recurso cuando abren interrogantes y generan cambios. De esta forma, la vida de pareja puede convertirse en un lugar de constante crecimiento, de constante transformación. Y esto, también en lo humano, la hace más interesante.

La comunicación entre los sexos es muy difícil a todos los niveles

–Por término general, la doctrina cristiana sostiene que, ya en el Génesis, se afirma que la dualidad sexual humana es algo muy bueno: «los creó varón y mujer». Sin embargo, el pecado original rompió ese equilibrio. ¿De qué manera? ¿Por qué hoy seguimos padeciendo esa grieta, esa tendencia a convertir la vida pareja en un infierno?
–La grieta producida por el pecado original es la misma que vemos en acción en el episodio de la Torre de Babel: una confusión de lenguas que hace casi imposible entenderse. Seguimos enamorándonos, descubriendo el valor del otro en nuestra vida; lo percibimos como una fuente potencial de riqueza, pero nos resulta muy difícil sintonizarnos en la misma longitud de onda: la comunicación entre los sexos es muy difícil a todos los niveles. Yo diría que hoy quizá lo sea más que nunca, porque, aunque sigamos siendo profundamente diferentes, la justa equiparación de roles nos ha hecho pensar que todos somos iguales: la lucha contra la desigualdad –que es un desvalor– nos ha llevado a negar el significado de la diferencia –que, a su vez, es un valor–. No obstante, pensar que somos «iguales» no nos ayuda; supone, por el contrario, una fuente de equívocos y malentendidos en asuntos menudos y también grandes. Quizá debamos tener la humildad de reconocer que no conocemos el idioma del otro, y no seguir dando por sentado que el amor –el del enamoramiento–es suficiente para superar este tipo de obstáculos.
–Muchos afirman que Cristo es la imagen del esposo cristiano, y que su Iglesia es la imagen de la esposa cristiana. ¿Está usted de acuerdo? ¿Qué relación guarda esto con el comentario que usted hace de la Carta a los Efesios (san Pablo), en concreto de lo referido al sometimiento de la mujer?
–Leer la Carta a los Efesios, con esa invitación a «ser sumisas», constituye siempre una gran provocación para una mujer. Sin embargo, creo que, en primer lugar, la Carta hay que leerla teniendo en cuenta el arranque del pasaje; en concreto, san Pablo dice dirigiéndose a todos: «Sed sumisos los unos con los otros». Por lo tanto, san Pablo exhorta a todos a aprender que debemos «honrar» al otro sexo, debemos reconocer y respetar lo que es y lo que representa: el otro sexo como la diferencia que hay que encontrar. Sugiere una actitud que debe caracterizar a todos indistintamente, y luego, en las siguientes líneas, la especifica dirigiéndose a hombres y mujeres por separado en sus aspectos de mayor vulnerabilidad.
En este sentido, y en mi opinión, san Pablo no insta a las mujeres a una actitud de subordinación, sino que más bien las invita a una actitud de respeto hacia el varón. Se trata de un asunto delicado, puesto que la mujer, en su ser «maternal», tiende a veces a adoptar hacia el varón una actitud que acentúa en ella la fragilidad y las inevitables debilidades, casi como si fuera un niño del que hubiera que compadecerse. Al mismo tiempo, la amplia exhortación que Pablo dirige al hombre –seis versículos frente a los tres dirigidos a la mujer–me parece que le sugiere al hombre cómo debe ser para que ese respeto por parte de la mujer no sea simplemente un signo de subordinación formal –quizá a causa del miedo–, sino más bien la respuesta a su capacidad de amar con generosidad: un amor formado también de cariño y cuidado y, si es necesario, de sacrificio. Una invitación, por tanto, dirigida a ambos sexos: en el caso de la mujer, para que desarrolle su capacidad de acogida generosa y respetuosa hacia el hombre; en el caso del varón, para que desarrolle plenamente su buena capacidad de poder, abandonando la dimensión narcisista e infantil también en su relación con la mujer.
Mariolina Ceriotti

Mariolina CeriottiM.C.

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