07 de diciembre de 2021

Carmen Fernández de la Cigoña
Carmen Fernández de la Cigoña

¿Todo a un clic?

El cuidado y la preocupación por los demás nos distinguen, o debería, y hemos sufrido el no poder hacerlo. Por eso tenemos tantas ganas de salir, de estar con los demás, de compartir y de disfrutar con los otros

Verdaderamente la tecnología nos facilita muchas cosas. Nos facilita casi todo. Solo con hacer un clic en distintos tipos de dispositivos buscas información casi sobre cualquier cosa, te comunicas con los demás mandando un mensaje más largo o más corto, incluso puedes añadir caritas –perdón, emoticonos– si quieres darle algún tipo de significado añadido. Con un clic accedes al ocio, contratas un seguro, pagas una multa, decides tus vacaciones o tienes un canguro digital.
Parece cierto que todo está a un clic y, sin embargo, hay algo que me pierdo, algo que no termino de ver porque no creo que todo dependa de algo tan sencillo y cada vez más irreflexivo como hacer clic.
En esta sociedad de las nuevas tecnologías, de las TIC, de la digitalidad y la inmediatez, de vez en cuando llega la realidad, en ocasiones insospechada, y se encarga de intentar, solo intentar, ponernos en nuestro sitio. Y en ocasiones, aunque sea momentáneamente lo hace.

Estaríamos renunciando a lo más plenamente humano si la realidad no nos hiciera reflexionar

Nadie sospechaba un COVID, nadie esperaba la impetuosidad de Filomena, y quizá todos esperábamos (aunque procuráramos no mirar) las crisis económicas recurrentes, a la vista de los acontecimientos que se suceden y las políticas públicas que se adoptan ante esos hechos.
Pero lo cierto es que la realidad se impone y nos encierra en casa, ya no solo por unas medidas inconstitucionales si no porque, por ejemplo, la nieve, te impide salir. O la enfermedad. Y a la fuerza te frena. Hemos tenido muchos frenazos durante los últimos tiempos. Algunos de ellos con consecuencias muy duras para muchas familias. Y podemos suponer, sin ser unos pesimistas agoreros, que vendrán otros frenazos.
Estaríamos renunciando a lo más plenamente humano si la realidad no nos hiciera reflexionar, y como no queremos dejar de ser humanos, qué menos que preguntarnos acerca de lo que aprendemos de la realidad, si es que aprendemos algo, teniendo en cuenta lo que ella se empeña en enseñarnos.
Una de las cosas que deberíamos haber aprendido es que, a pesar de todo, hay muchas cosas que no están al alcance de un clic. La relación con los demás ni puede ni debe ser sustituida por una serie de mensajes o correos, aunque a veces no quede más remedio.

No se soluciona ni se construye con un clic la relación familiar, el buen trato con los vecinos, el compañerismo, el que vayas a tomar café o a comer a un sitio habitual y sea, casi, como una prolongación de tu entorno familiar

Todos esos parones a los que nos hemos referido nos han hecho mirar de otra manera, y como casi siempre que ocurre algo inesperado, nos han hecho volver a ver, volver a valorar lo que es más esencial para la persona. La propia vida y la vida con los demás.
El echar de menos a aquellos con los que no hemos podido estar, el descubrir a los que tenemos a nuestro lado, el disfrutar con ellos y ver sus problemas y sus necesidades, al igual que ellos ven las nuestras, el redescubrir y valorar lo cotidiano y lo familiar y dedicarle todo el tiempo que podamos, es algo que la realidad, de vez en cuando se empeña en recordarnos que debemos hacer.
Eso requiere tiempo y esfuerzo. Y paciencia y cariño. Requiere reconocer todo aquello que es importante. Y por eso el esfuerzo no importa, aunque cueste, en ocasiones mucho. No se soluciona ni se construye con un clic la relación familiar, el buen trato con los vecinos, el compañerismo, el que vayas a tomar café o a comer a un sitio habitual y sea, casi, como una prolongación de tu entorno familiar.
El cuidado y la preocupación por los demás nos distinguen, o debería, y hemos sufrido el no poder hacerlo. Por eso tenemos tantas ganas de salir, de estar con los demás, de compartir y de disfrutar con los otros. Nunca pensamos que no vamos a poder. Y quizá por eso, y también con cierto grado de comodidad, automatizamos una serie de conductas y las convertimos en efímeras, pensando que ya tendré tiempo. De hablar a mis hijos, de cuidar a mis padres, de conversar y estar con los que me importan…
El tiempo es esencial. El que le dedicamos a las personas y a los proyectos, el empeño en cuidarlos dice mucho de lo que nos importa. Ojalá podamos utilizar todos los instrumentos que nos facilitan hacerlo, sabiendo que la relación personal es insustituible, o poco a poco perderemos parte de la grandeza de ser personas. ¿Habremos aprendido algo?

Carmen Fernández de la Cigoña

Directora del Instituto CEU de Estudios de la Familia. Doctora en Derecho. Profesora de Doctrina Social de la Iglesia en la USP-CEU. Esposa y madre de tres hijos.
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