22 de enero de 2022

Ángel Barahona

Cerdos para el engorde

Para llevar mejor la relación sexual, afectiva, para sentirse a gusto con el propio cuerpo, para educar al perro, a los hijos, construir tu propia casa, para cubrir el hueco que deja una relación truncada, para paliar el daño de una soledad no buscada...

Vivimos en una época de información excesiva. Las redes sociales, internet, la televisión a la carta, las universidades y sus miles de másteres; todos implicados en transmitir contenidos. La avidez de información actualizada se ha vuelto una psicodependencia.
Por todos lados se ofrecen cursos, seminarios, diplomas expertos, prácticas, cursos de coaching, mindfulness, charlas metafísicas, religiosas, ideológicas, psicológicas. La variedad es inmensa, y los consumidores a los que se dirigen presentan una gama infinita de demandas: para llevar mejor la relación sexual, afectiva, para sentirse a gusto con el propio cuerpo, para educar al perro, a los hijos, construir tu propia casa, para cubrir el hueco que deja una relación truncada, para paliar el daño de una soledad no buscada, para salir de alguna adicción, para aprender a pensar. La filosofía y la psicología se presentan como grandes remedios para todas las preguntas posibles.
Después de toda una vida repleta de recibir cursos, escuchar charlas, conversaciones banales y profundas estoy en disposición de hacer una valoración general donde veo que el meollo de la cuestión está en cómo llenar el tiempo y sus vacíos lacerantes.
Algunos hablan de sociedad del entretenimiento, lúdica, cansada, sumida en mil enjambres reales o simbólicos, apocalíptica, solitaria, depresiva, banal o líquida, desocializada, desvinculada, desindividualizada. Perdida, diría yo, en la maraña selvática de las ofertas de análisis o diagnósticos de la situación y propuestas de salvación. 

Parece que si todo es una forma de llenar el vacío, si todo consiste en rellenar el hueco de tiempo que nos recuerda que somos mortales, la primera fórmula es darle velocidad a las experiencias

No se sabe qué dirección tomar, o mejor, cuál no tomar, porque todas son posibles e igualmente atractivas. El discernimiento moral ya no sirve. El relativismo ha triunfado… La incertidumbre sobre lo que es bueno o malo domina todo el espectro, por lo tanto, es normal que en última instancia la decisión descanse en el deseo libérrimo de probar cualquier cosa. Ensayo y error, método científico por excelencia desde Popper, es aplicable a la vida. Ahora pruebo empíricamente si mis deseos de ser esto o aquello no son solo anhelos de novedad derivados de mi aburrimiento, o de mi disconformidad o disgusto conmigo mismo, sino algo constitutivo de mi ser. 
La decisión y sus intríngulis dota de sentido por un momento «mi combate espiritual». ¿Qué más se puede pedir en un mundo agónico? Ese momento puede durar más o menos, pero solo se puede comprobar ensayando. Así con las relaciones de pareja, cada vez más inestables y perecederas, la elección de carrera (cada vez más chicos cambian sobre la marcha), de trabajo (es alarmante la inconstancia laboral), de afición, de relaciones. Algunos casi sin darse cuenta, pero sintiendo los efectos de esta precariedad, han optado por afirmarse en hábitos, manías, propias eso sí, y ser fieles contra viento y marea a sus costumbres, a sus ideas, hasta llegar a no cambiarlas, aunque sean autodestructivas. Una pírrica afirmación del orgullo que no soporta fracasar nos vuelves héroes suicidas.
Si todo es una forma de llenar el vacío, si todo consiste en rellenar el hueco de tiempo que nos recuerda que somos mortales, que esto se acaba, la primera fórmula es darle velocidad a las experiencias. Todo parece exigir una inmersión precoz: el sexo como espasmo se experimenta ya desde los 9 años, dicen los expertos. Las relaciones sexuales experimentales están a la orden del día en las charlas sobre sexualidad en los colegios para que cada uno logre identificar, fijar, sus tendencias naturales. Es curioso que se busque en la naturaleza la ratificación científica de mis apetitos sexuales, cuando ya no se cree en la naturaleza humana, al haberse convertido, según los exportes, en materia celular disponible para cualquier cosa. 

Todo son expectativas que hay que probar –ensayar– para ratificar si son satisfactorias o no. Si no lo son se busca otra, y empezamos de nuevo, así hasta que el cuerpo aguante

El método es el mismo que propone el cientificismo: ensayo y error. «Toca a ver qué sientes y eso confirmará tu determinismo biológico escondido o reprimido por la cultura patriarcal, sexista o religiosa». Y mientras tanto, el uso de la pornografía y sus sucedáneos se expande como el aire que se respira. Se hacen omnipresentes las ofertas de sensaciones de placer que buscan el infinito en la finitud. Cuando después de un orgasmo se experimenta la finitud – era Freud el que lo decía–, el hombre piensa que no es cuestión de calidad, sino de cantidad. En unos minutos el niño se hace adicto. Nadie le puede ya explicar que busca algo más y que hay algo más tras el orgasmo que no está en el orgasmo. Las relaciones entre individuos se vuelven objetuales, donde no hay nada detrás de una relación que pueda ir más allá del placer mutuo compartido.
El momento posterior es la pérdida de la esperanza. Todo son expectativas que hay que probar –ensayar– para ratificar si son satisfactorias o no. Si no lo son se busca otra, y empezamos de nuevo, así hasta que el cuerpo aguante. Si no aguanta, la ciencia inventará un sistema para perpetuar el vigor sexual, la capacidad aeróbica, las fórmulas probióticas para seguir comiendo exquisiteces como cerdos para el engorde. El cuerpo se convierte en el horizonte de sentido: los parques, los gimnasios, las máquinas para hacer deporte, los complejos vitamínicos, la salud obsesiva... Son los índices de saturación en los que se busca calmar la acidez de la vida. Lo difícil será en el futuro seguir siendo todavía humanos, por parafrasear el magnífico título de Higinio Marín en su último libro, que a su vez parafrasea al nietzscheano «humano demasiado humano».
La saturación de la información, como la de afecto, sexo, dinero, o poder es el resultado de la avidez de tiempo para consumir antes de que se agote el lapso segmentado entre vida y muerte. Se busca consumir el tiempo entretenido para llenar el vacío de un tiempo sin eternidad, pero se satura en su finitud y produce el colapso. Patética condición del ser humano que como saco roto trata de llenar su desfondamiento antropológico con cosas y deseos caprichosos infructuosos.

Se busca consumir el tiempo entretenido para llenar el vacío de un tiempo sin eternidad

Según la RAE, saturar es «aumentar la señal de entrada en un sistema hasta que no se produzca el incremento en su efecto». Saturados de información, ya no estamos informados; saturados de deseos satisfechos, ya no nos satisface nada; saturados de sexo, este se ha vuelto insulso, repetitivo y banal; saturados de estímulos, hemos perdido el interés por todo. Menos mal que la capacidad de ilusionarnos –el verbo sustantivado es literal: nos volvemos ilusos– con cualquier cosa que suene a nueva, nos sigue auto engañando y animando a tirar para adelante. Pido perdón por la ironía. ¿Hasta cuándo seguirá funcionando la anestesia y empezaremos a sentir el dolor de las consecuencias de una sociedad mal educada?

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