22 de enero de 2022

Enrique García-Máiquez

Vivan las tetas

La canción que parecía una nada marchosa y festivalera también se apunta a la vindicación de la existencia contra tanto nihilismo y auto-odio como nos quieren colar en el alma en este siglo

Uno de mis amigos más serios y respetables, padre de ocho hijos y director de una empresa familiar de importancia, me manda con entusiasmo el enlace a una canción de Rigoberta Bandini. Antes de contestarle, tengo que ponerme al día e informarme de quién es Rigoberta. Con la tarea de investigación hecha, oigo la canción tres veces seguidas, como él me aconseja, que no en vano vende consejos profesionales que valen cada sílaba en oro. El tema se titula «Ay Mamá», y quizá nos represente en Eurovisión este año.
Ojalá.
El consejo de mi viejo amigo ha resultado estupendo, como suyo. A la segunda vez percibes lo mucho que la canción tiene de himno, y casi de marcha militar, aunque lleve un verso pacifista (aquel en el que dice que su madre «podría acabar con tantas guerras»). Obsérvese que no dice con «todas». Porque la canción es una declaración de guerra a la falta de reconocimiento social de la maternidad. Así como suena. De frente. Sin esconderse en las metáforas sentimentales ni en las anécdotas biográficas edulcoradas.

La canción de Rigoberta Bandini besa sin dudarlo el suelo que han pisado las madres

No sé si a sabiendas o porque es una inquietud que impregna el ambiente, la canción conecta con la defensa de la familia que está haciendo el comunicador y escritor Pedro Herrero y, desde luego, con el espíritu del libro Feria de Ana Iris Simón, la revelación del año pasado. No sólo por su exaltación de la maternidad, sino también por la autocrítica generacional y por un subterráneo recelo ante los valores imperantes. Rigoberta Bandini, ante el ejemplo de entrega de su madre, se confiesa «engreída» y le pide perdón. Es un esperanzador sesgo generacional. La mercancía «conflicto generacional» pierde nicho de mercado. Se percibe averiada.
No se mienta en la canción la pirámide poblacional, pero resuena. El poeta chileno José-Miguel Ibáñez Langlois escribió en Futurologías estos versos: «Por cierto que el problema demográfico / hace ya mucho que viró en redondo/ obligación mundial besar el polvo / que pisa cada madre numerosa». La canción de Rigoberta Bandini besa sin dudarlo el suelo que han pisado las madres, sean numerosas o no, que eso no se dice.
Lo hace sin renunciar a la más rabiosa modernidad ni al feminismo. Es un feminismo muy afianzado en la feminidad, como demuestra su poderosa vindicación de las tetas y del vínculo corporal de la maternidad. La canción nace de la sangre, literalmente. Se rinde un homenaje a la menstruación: «Tú que has sangrado tantos meses de tu vida» es el primer verso. Pero tampoco le teme a las visiones más tópicas (que son tópicas por ser verdad) como puede ser el llanto de la madre y su fortaleza inherente. O su capacidad acogedora: se alaba sin pudor el hecho reconfortante de que tenga siempre caldo en la nevera. Umm. Hay más de una confluencia con el tono contracorriente de un C. Tangana, capaz de fundir lo tradicional con lo rompedor. Por mi cuenta, añadiría a esta lista de reproducción la canción «Dégénération», del grupo franco-canadiense Mes aïeux, otro himno.
El estribillo de Rigoberta Bandini, con una repetición obsesiva del sonido primordial «ma» de mamá, sí, y también de mama, oscila entre la ternura y la admiración a la pura biología (que es tan reaccionaria como la ternura, por cierto). Sólo la primera vez parece excesiva tanta ma, ma, ma, ma…. Una vez que se la entiende hasta se queda corta. La letra además con sutileza subraya las repeticiones con un «tantas», con un «todas» y con un «vivan» «Por tantas mamamammamama» y así hasta treinta «ma» y enseguida «por todas las mamamamamamamamama» y otras treinta «ma» y «vivan las mamamama» y más. Esa descarada mezcla de ironía, reto y ternura demuestra que, jugando con lo irracional y lo instintivo, Rigoberta sabe de sobra lo que se trae entre manos. En una de esas «mamá», por sorpresa, cuela un «papá», que me emociona. Por su pudor, por su oportunidad, ahí, pegado a la madre, y por lo que tiene de guiño.

Ese propósito de «parar la ciudad» lo es de cambiar el mundo en su ámbito estridentemente contemporáneo

La rebeldía de la canción no la estoy poniendo yo llevado de la querencia. Lo dice la letra tan explícita como hermosamente: «Paremos la ciudad,/ sacando un pecho fuera / al puro estilo Delacroix». Ese propósito de «parar la ciudad» lo es de cambiar el mundo en su ámbito estridentemente contemporáneo. La mención a Delacroix nos remite a la Francia revolucionaria. ay, en concreto a 1830. Aunque aquí se trata de una revolución mucho más etimológica: dar la vuelta entera para volver a lo elemental. La madre. El pecho. Mamá. Mama.
Todavía no se queda contenta Rigoberta Bandini. Se pregunta: «No sé por qué dan tanto miedo nuestras tetas». Lo que nos debería llevar a preguntarnos a quién dan miedo, hoy por hoy, en realidad, las tetas. Y todavía concluye: «Sin ellas no habría humanidad y no habría belleza». O sea, que la canción que parecía una nada marchosa y festivalera también se apunta a la vindicación de la existencia contra tanto nihilismo y auto-odio como nos quieren colar en el alma en este siglo. Y a la defensa sin cuartel de la belleza, que lo culmina todo: las tetas, la humanidad, los caldos de la madre, los siglos, la música y el amor.

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