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José Luis Aulet posa con su libro 'La embajada española ante los papas'

José Luis Aulet posa con su libro 'La embajada española ante los papas'Novo

Entrevista

José Luis Aulet: ««La embajada ante la Santa Sede fue la más importante que tuvo España durante seis siglos»

El ferrolano José Luis Aulet presenta su libro La embajada española ante los papas, en el que relata la importancia de nuestro país ante el Vaticano y las pretensiones de tener un Papa favorable a las políticas españolas

«Este libro ha sufrido muchas vicisitudes y realmente el núcleo del libro lo escribí hace diez años. Desde entonces he ido actualizando», cuenta José Luis Aulet Barros (Ferrol, 1945). Habla de La embajada española ante los papas (Publicaciones Arenas), que presenta estos días. Fue Francisco Vázquez, ex embajador ante la Santa Sede, el que lo animó a escribir esta publicación.

–El libro elige como punto de partida 1492. ¿Cuál es el motivo?

–Yo tomo como punto de inicio de la narración 1492 porque es en ese momento cuando se fortalece España como monarquía, con la unión personal entre Aragón y Castilla, pues ya toma otra entidad la corona. Se expanden enormemente las posibilidades de España y de la iglesia católica con el descubrimiento de América y las explotaciones subsiguientes. Y, al mismo tiempo, toma otro peso, también mayor, el papado, con el pontificado de Alejandro VI, que es el primer Papa con ansias de crear un Estado fuerte en los Estados Pontificios. Por eso, tomo como punto de partida esa fecha de 1492.

–Pero antes ya hay representantes ante la Santa Sede, ¿no?

–Previamente, hubo embajadores sin presencia permanente, que iban a resolver problemas puntuales. Podía ir uno, o varios al mismo tiempo, formando un equipo. No es hasta bien avanzado el siglo XVI cuando se crea una Embajada permanente, es decir, cuando hay una representación de España en Roma.

–La actual sede, situada al pie de la plaza de España, ¿en qué momento entra en escena?

–La sede de la Embajada hace 400 años que se estabiliza en su actual ubicación, en 1622. Previamente, están de alquiler. En concreto, cada embajador se hace cargo de todo, empezando por el alojamiento de él y de su familia. Pero también de un cortejo enorme: soldados, escolta, etc. El embajador llegó a tener un pequeño ejército en los años más problemáticos para su seguridad, en el siglo XVII. Había enemigos, portugueses y franceses, también instalados con fuerzas propias en Roma.

–¿Cómo se concreta la adquisición del edificio actual?

–Se compra por pasos. Primero, en 1622, es cuando se instala allí la Embajada, con el séptimo conde de Oñate, pero todavía alquilada por él. Y después se adquiere en 1647, ya por la corona. Fue una operación extraña del conde de Oñate, que le carga el gasto a la corona, que se resiste, pero al final acaba pagando.

–¿Por qué esa elección?

–El palacio Monaldeschi estaba en una ubicación privilegiada, muy cerca de la sede de los embajadores franceses, que permitía, por lo tanto, al embajador español ver los movimientos que había en la sede francesa: quién entraba, quién salía, con qué fuerzas contaban... El palacio estaba medio abandonado, y sin terminar del todo, porque a los Monaldeschi no les llegó el dinero y abandonaron antes de rematar el edificio. Así que cuando se adquiere hay que hacer obra, y hay una resistencia a implicarse por parte de la corona española, entre otras razones porque estaba acostumbrada a no gastarse ni un duro en las embajadas.

–¿No se invertía en las embajadas?

–Solo se gastaba dinero en el espionaje, por decirlo de alguna forma. O sea, en los servicios de información y en los sobornos. Por ese se resistía a comprar un edificio, y menos uno tan grande como este, de más de mil metros cuadrados por planta.

Pasar a ser el país favorito de la Iglesia era importante, porque eso daba imagen de poderío y de justificación de los actos

–Es un edificio de gran valor artístico. Nombres como los de Borromini y Bernini están ligados a él.

–De Bernini hay obras, un par de bustos, en el interior. El edificio es de Borromini, que es el que hace el diseño general y la fachada, que fue modificada posteriormente en varias ocasiones. Suya es también la gran escalinata anterior, el patio y la distribución general, que después fue modificada también en varias ocasiones. Las circunstancias cambiaban las necesidades. Por ejemplo, en un momento dado fue necesario ampliar la zona de acuartelamiento de las tropas. En otras ocasiones, se dio prioridad a la biblioteca.

–¿Cuáles son los momentos más interesantes, desde el punto de vista histórico, que vivió esta embajada?

–Primero hay un enfrentamiento con Francia, que abarca gran parte del siglo XVI y la primera mitad del siglo XVII, hasta que España empieza a declinar frente a Francia. Hay que tener en cuenta que para franceses y españoles era primordial contar con el apoyo de la Iglesia, porque entonces la sociedad estaba muy clericalizada. Por eso era primordial para los Austrias, pero también para los Valois y los Borbones en Francia. Pasar a ser el país favorito de la Iglesia era importante tanto frente al interior, o sea los súbditos, como al exterior, porque eso daba imagen de poderío y de justificación de los actos. Hay enfrentamientos entre ambos países en Roma, con muertos en las calles.

El autor posa con su libro en los coruñeses jardines de Méndez Núñez

El autor posa con su libro en los coruñeses jardines de Méndez NúñezNovo

–¿Más momentos de tensión?

–En torno a 1640 se intenta y se consigue la independencia de Portugal. Previamente, pertenecía a la corona española. Surgen varias sublevaciones para debilitar esa corona: las más importantes son las de Nápoles, Cataluña y Portugal. Y la que tiene éxito realmente es la de Portugal. Los portugueses mandan un embajador oficioso a Roma, que llega con una escolta y entra en conflicto inmediato con el embajador español. Hubo varios encontronazos graves, uno de ellos con bastantes muertes, más de veinte.

–¿Cómo era entonces la relación con los pontífices?

–En ese tiempo que va de mediados del XVI a mediados del XVII, para España era muy importante contar con papas favorables. Y ahí se origina una lucha que parecía no tener fin en el momento en el que se celebraban los cónclaves de elección de nuevos pontífices. Hablamos de sobornos, de amenazas… Hablamos de la elección de papas claramente favorables a España que sistemáticamente acaban poniéndose en contra de España.

Aunque se dicen muchas tonterías, el Vaticano mantuvo siempre una actitud hostil, severa y crítica con el nazismo

–¿Por qué?

–Por las pretensiones de los embajadores de que los papas se convirtiesen en poco menos que obedientes súbditos de su majestad católica. Eran tales las presiones que acababan ofendiendo.

– ¿Algún otro momento crucial más cercano en el tiempo?

–Tenemos otro momento importantísimo en el siglo XIX. Tras la muerte de Fernando VII, surgen las luchas entre liberales y conservadores. Al principio la iglesia se pone de parte de los conservadores, pero como la lucha va avanzando y cada vez se hace más cuestionable quién va a triunfar, la Iglesia intenta mantenerse al margen. Espera a ver quién gana. Y esto dura hasta ya bien avanzado el siglo XIX, ya asentada la monarquía de Alfonso XII, que no se reconoce realmente al Gobierno español. Mientras tanto, los españoles mandan embajadores que a veces no son recibidos como tales en Roma, y otras veces sí son recibidos, pero en casi todos los casos son máximas personalidades de la política española de entonces, con el objetivo de ser aceptados por el Papa. Entre ellos hay muchos antiguos presidentes del Gobierno. Estamos hablando de que allí estuvieron Joaquín Francisco Pacheco, Martínez de la Rosa, Antonio de los Ríos y Rosas, José Posada Herrera, Alejandro Pidal y Mon... Y hasta Cánovas del Castillo, que no estuvo como embajador, pero sí como un cargo casi equivalente.

–¿Qué nivel de prestigio tenía esta Embajada para un diplomático español? ¿El máximo?

–De las embajadas que tuvo España en el extranjero, la situada ante la Santa Sede fue, sin duda, y con mucha diferencia, la más importante durante seis siglos, por lo menos desde finales del XV hasta mediados del XX. Evidentemente, hubo pequeños lapsus, como cuando las desamortizaciones de bienes eclesiásticos en tiempos de Mendizábal, cuando la Ley del Candado de Canalejas o un pequeño período durante la II República.

–¿Y en la Guerra Civil?

–El Vaticano se mantuvo en expectativa, a ver quién ganaba, como ocurrió tras la muerte de Fernando VII. Por un lado, temía reconocer a Franco, aunque defendía a la Iglesia, para que no le acusasen de ser proclive a un aliado de Hitler. Aunque se dicen muchas tonterías, el Vaticano mantuvo siempre una actitud hostil, severa y crítica con el nazismo. Se mantuvo en expectativa porque, por otro lado, no podía reconocer a la República, que le estaba asesinando a su gente, a miles de católicos, entre ellos 4.000 sacerdotes y monjas.

A mí me lo han asegurado empleados de la Embajada y la famosa periodista Paloma Gómez Borrero, que me lo dijo en una cena en Madrid. Que se oían ruidos de puertas

–Si hubiese que destacar la labor de algunos embajadores, ¿a cuáles mencionaría?

–Además de los antes mencionados, yo pondría en el siglo XVI a Diego Hurtado de Mendoza y Luis de Requesens. En el XVII, a Gaspar de Haro –marqués del Carpio– y a Luis Francisco de la Cerda, marqués de Cogolludo. En el XVIII, a José Moñino, futuro conde de Floridablanca. En el XIX, a José de Azara. En el XX fueron muy notables, Ángel Sanz Briz, el que libró a miles de judíos cuando era cónsul en Budapest, y Joaquín Ruiz-Giménez.

–¿Qué peso tiene hoy esa Embajada?

–Sigue siendo importante, pero España no es lo que era, y el Vaticano, pues tampoco. En parte porque España se ha secularizado de un modo importante y porque la política exterior está condicionada por la pertenencia a la Unión Europea. Por tanto, tiene que potenciar otros aspectos, y en ese sentido hay una apuesta por el aspecto cultural. No es que haya dejado de ser una Embajada, pero está derivando a convertirse en un centro cultural español de gran importancia internacional.

–No quiero cerrar la entrevista sin mencionar al fantasma del palacio Monaldeschi que tantas veces mencionó el antiguo embajador Francisco Vázquez.

–A mí me lo han asegurado empleados de la Embajada y la famosa periodista Paloma Gómez Borrero, que me lo dijo en una cena en Madrid. Que se oían ruidos de puertas y tal cual. Tiene hasta nombre, Fra Piccolo. Estarían de broma, supongo.

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