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MAÑANA ES DOMINGOJesús Higueras

«Mirad: guardaos de toda clase de codicia. Pues su vida no depende de sus bienes»

A veces, en el intento de «ser buenos», nos afanamos en construir una imagen de nosotros mismos que nos dé seguridad, admiración o control. Pero Jesús desenmascara esa trampa: ni el dinero ni los logros –ni siquiera los religiosos– nos salvan ni nos hacen mejores

«Mirad: guardaos de toda clase de codicia. Pues, aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes» (Lc 12,15). Estas palabras de Jesús, tan sencillas como directas, cortan de raíz una de las grandes mentiras que a lo largo de la historia han aceptado todos los hombres: la creencia de que valemos por lo que tenemos, por lo que acumulamos, por lo que mostramos.

Jesús no habla solo del dinero. Habla de «toda clase de codicia», no solo de la codicia en las cuentas bancarias. También se codician títulos profesionales o académicos, el reconocimiento, el prestigio social, los seguidores, la fama, e incluso las virtudes aparentes. A veces, en el intento de «ser buenos», nos afanamos en construir una imagen de nosotros mismos que nos dé seguridad, admiración o control. Pero Jesús desenmascara esa trampa: ni el dinero ni los logros –ni siquiera los religiosos– nos salvan ni nos hacen mejores.

Vivimos en un mundo que nos enseña a medir la vida por los resultados visibles. Nos repetimos que hay que tener más, saber más, lograr más. Invertimos lo mejor de nuestra vida en escalar, en controlar, en garantizar un futuro sin sobresaltos. Y en ese esfuerzo incesante olvidamos que no somos dueños ni del tiempo ni de la historia .

Jesús nos advierte con amor, pero con claridad: la vida no depende de nuestros bienes. Es decir, tu grandeza no está en lo que logras, sino en lo que eres ante Dios. No somos el saldo de una cuenta ni lo que los demás piensan o dicen de nosotros. Somos hijos, somos amados, somos eternos.

El drama es que, si no pensamos en la eternidad, todos nuestros esfuerzos se vuelven inútiles. Porque si no hay un más allá, entonces todo se vuelve una carrera sin meta. Jesús no desprecia los bienes de este mundo, pero los pone en su sitio. No son fines, son medios. No son lo esencial, son lo accesorio.

Y sin embargo, ¿cuántas veces sacrificamos lo esencial por lo accesorio? Perdemos la paz por un ascenso, traicionamos principios por un reconocimiento, descuidamos lo eterno por lo inmediato. Vivimos como si la muerte no llegara nunca, y cuando llega, nos encuentra vacíos, por dentro y por fuera.

No es que Jesús nos quiera culpables, nos quiere libres. Su advertencia no es una condena, sino una oportunidad. Nos dice: vive con los ojos en el cielo, y tus pasos en la tierra serán más firmes. No pongas tu corazón en lo que se acaba. No te definas por lo que tienes.

Porque al final, cuando ya no queden títulos, ni objetos, ni éxitos, solo quedará una pregunta: ¿amaste? Y solo eso tendrá valor ante Dios.

Invertir en la eternidad es la mejor inversión. No cotiza en bolsa, pero da grandes dividendos para la eternidad.

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