En el exterior del recinto se mantendrá en pie la imponente cruz de piedra de 150 metros de altura, cuya demolición nunca estuvo sobre la mesa para el Ejecutivo. El Gobierno ha considerado desde el principio que este elemento resulta esencial para preservar el testimonio histórico del origen del conjunto monumental, concebido en su día como una gran obra conmemorativa del régimen franquista y que, hasta el año 2019, albergó la tumba de Francisco Franco.
A pesar del cambio de relato que se pretende imponer sobre este enclave, la basílica seguirá destinada al culto, conservando su uso religioso como espacio de oración. Esta permanencia, sin embargo, no impide que el Ejecutivo haya trazado una estrategia de reinterpretación del recinto, en línea con su proyecto de «resignificación» ideológica.