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Poesía de Navidad 2025
Fernando Carratalá

La belleza de las composiciones sacras relativas a la Navidad de Lope de Vega

La perfección métrica del poema acompaña, pues, de manera admirable, a un contenido de acendrada espiritualidad. La emoción estética es, por tanto, compatible con la más depurada técnica literaria

Retrato póstumo de Lope de Vega. Anónimo. Museo Lázaro Galdiano

Retrato póstumo de Lope de Vega. Anónimo. Museo Lázaro GaldianoGTRES

En 1612, Lope de Vega publica la única novela pastoril a lo divino de las letras españolas: Pastores de Belén. Prosas y versos divinos, que dedica a su hijo Carlos Félix. Dividida en cinco libros, la obra arranca con los hechos más relevantes del Antiguo Testamento, hasta la llegada a Egipto de la Sagrada Familia. En la narración en prosa se van intercalando villancicos, canciones de cuna, letrillas…, puestas en boca de rústicos pastores, cuyo conjunto forma una de las aportaciones a la lírica popular más valiosa de todos los tiempos. El propio Lope de Vega, tras la dedicatoria, deja clara su intención, en este texto que precede a la Introducción en verso:

El Rústico, pastor de Belén, a los lextores

«No te espantes, Lector amigo, si en estos divinos discursos no cumple nuestra rudeza con la obligación del nombre y en materias tan altas excede nuestra humilde capacidad los justos límites, pues si lo que dijimos y cantamos aquella noche visitando al soberano Niño, sujeto y argumento de estas canciones y prosas, guardaba en su puro corazón su santísima Madre (como es de fe, y que las confería con las que Ella sabía, ya de los Ángeles, ya del mismo Dios, que no hay mayor encarecimiento), no podrás negarnos que eran cosas profundas, proféticas y reveladas de la divina Sabiduría, pues fueron dignas de ser guardadas en archivo donde Dios depositó las mayores virtudes y excelencias que ha dado a humana ni a angélica criatura, cuyas grandezas y sacramentos no se pueden tratar sin sublime estilo. Presupuesto lo cual, leerás sin pena lo que de las divinas y humanas letras nos oyeres; que si en esta felicísima noche florecieron los helados campos, dieron fruto los secos árboles y de las duras piedras salieron fuentes, no fue mucho que los pastores rudos hablásemos como sabios, a cuya pequeñez revela Dios sus secretos y da su gracia, resistiendo a la malicia y envidia de los soberbios».

Del libro tercero hemos elegido los poemas «Campanitas de Belén…» y «A mi Niño combaten…» , que transcribimos y comentamos someramente para no romper la emoción que pueda embargar al lector. Se ha respetado la grafía del texto original.

Campanitas de Belén (Vaqueros y pastores van hacia el portal de Belén, cantando)

Campanitas de Belén,
tocad al Alba que sale
vertiendo divino aljófar
sobre el Sol que de ella nace;
que los Ángeles tocan,
tocan y tañen,
que es Dios hombre el Sol,
y el Alba su Madre:
din, din, din, que vino en fin,
don, don, don, San Salvador,
dan, dan, dan, que hoy nos le
[dan,
tocan y tañen a gloria en el
[cielo,
y en la tierra tocan a paz.

En Belén tocan al Alba
casi al primer arrebol,
porque della sale el Sol
que de la noche nos salva.
Si las aves hacen salva
al Alba del Sol que ven,
campanitas de Belén tocad, etc. Este Sol se yela y arde
de amor y frío en su Oriente,
para que la humana gente
el cielo sereno aguarde,
y aunque dicen que una tarde
se pondrá en Jerusalén,
campanitas de Belén tocad, etc.

El poema está dividido en tres agrupamientos estróficos convencionales (versos 1-13, 14-20, y 21-27); si bien la abreviatura «etc.» con que finalizan los conjuntos segundo y tercero sugiere que habría que repetir el canto que evoca el tañido de las campanas y su mensaje: «din, din, din, que vino en fin, / don, don, don, San Salvador, / dan, dan, dan, que hoy nos le dan».

En el primer agrupamiento de versos, los pastores -que asumen la voz del poeta- se dirigen directamente a las «campanitas de Belén» que los ángeles «tocan y tañen» para que lo hagan a rebato, con objeto de avisar a toda prisa que Dios se ha hecho Hombre, y que viene para traer un mensaje de amor. Por eso los ángeles «tocan y tañen a gloria en el cielo, / y en la tierra tocan a paz»; es decir, en presencia de Dios Padre y en la de su Hijo, ya que el Verbo Divino ha tomado carne humana. Y lo hacen con la llegada del alba, «que sale / vertiendo divino alfójar», lo que puede interpretarse como un Alba que vierte gotas de rocío (ya que el aljófar es la perla pequeña e irregular). La identificación de Dios-Hombre con el Sol y del Alba con su Madre es una forma de «divinizar» la Naturaleza el día del nacimiento de El Salvador.

El montaje de los versos en forma de apóstrofe lírico -es decir, entablando diálogo directo con las campanas- aumenta la emotividad del texto. La continua reiteración de los verbos «tocar» (en el verso 2, en presente de imperativo, y en los versos 5 y 13 en presente de indicativo) y «tañer» (en la combinación «tocan y tañen», versos 6 y 12) incrementan la sonoridad del repique de las campanas, que se presenta con tres onomatopeyas de gran sonoridad en los versos 9, 10 y 11: «din, din, din, que vino en fin, / don, don, don, San Salvador, / dan, dan, dan, que hoy nos le dan»; además estos tres versos -que son octosílabos- terminan en palabra aguda: «fin»; «Salvador» y «dan» (en este caso «dan» es forma verbal y no voz onomatopéyica). No le ha bastado a Lope de Vega el simple «dindón» que es una de las formas onomatopéyicas de expresar el tañido de una campana. Ha diseñado tres formas sonoras diferentes, para sugerir algo así como un «repique a gloria», haciendo que su sonoridad lo llene todo, porque su aviso trae nada menos que el mensaje del nacimiento del Redentor.

Considerado desde una perspectiva métrica, este agrupamiento estrófico se caracteriza por la heterometría: el verso 12 es un endecasílabo con acento en 7.ª sílaba y no en 6.ª, porque así lo pide el ritmo («tócan y táñen a glória en el ciélo»; el verso 13 es eneasílabo; son octosílabos los versos 1, 2, 3, 4, 9, 10 y 11); es heptasílabo el verso 5; son hexasílabos los versos 7 y 8; y el verso 5 es un pentasílabo («tocan y tañen»).

En cuanto a las rimas, tampoco existe una regularidad mantenida: en los versos 1 a 8 riman en asonante /á-e/ los pares («sále/náce/táñen/Mádre», respectivamente); el verso 7 rima con el 10 en asonante /-ó/ aguda («Sól/Salvadór», respectivamente); y el verso 11 rima con el 13 en asonante /-á/ aguda («dán/páz», respectivamente). El resto de los versos (1, 3, 5, 9 y 12) carecen de rima. Pero lo cierto es que combinando el número de sílabas de los versos y su posición, así como la distribución de rimas, se llega a la conclusión de que no es por azar como se logra la eufonía que se desparrama por esta agrupación tan sonora de versos.

El segundo agrupamiento estrófico (versos 14-20) se inicia con un luminoso amanecer, y de ahí la relación semántica entre los vocablos «Alba» (tiempo durante el cual amanece), «arrebol» (color rojo de las nubes iluminadas por los rayos del sol) y «Sol» (identificado con la luz); porque ese Sol que asoma indica metafóricamente el nacimiento del Hijo de Dios, (verso 10: «San Salvador»). En este sentido, la «noche» (verso 17) es la alegoría de ese mundo de tinieblas (la esclavitud del pecado, en lenguaje catequístico) en que vive sumida la Humanidad, que se salva por intervención del Redentor (versos 14-17). Incluso las aves saludan (verso 18: «hacen salva») «al Alba del Sol» (verso 19, que culmina el lenguaje metafórico que se inicia en el verso 14); y, nuevamente reaparece el verbo en imperativo con el que los pastores se dirigen, en el verso 20, a las «campanitas de Belén»: «tocad» (verbo que inicia el verso 2 y que ahora se reitera al final del 20). Son octosílabos los versos 14 a 19, y decasílabo el verso 20.

En cuanto a la rima, se producen sugestivos juegos de paronimia y homonimia con la consonancia /-Álba/ (verso 14) y /-álva/ (versos 17 y 18). Habría que recordar que la paronimia es proximidad fonética, y que la homonimia identidad fonética; por tanto, son parónimas las palabras «Álba» (del verso 14), y «sálva» (de los versos 17 y 18); sin embargo, la homografía se produce solo entre las palabras «sálva»/forma verbal (verso 17) y «sálva»/nombre (verso 18). Por lo demás, los versos 15 y 16 riman en consonante aguda /-ól/ («arreból/Sól»), mientras que los versos 19 y 20 terminan en palabras agudas («ven/tocad»), aunque quedan sueltos.

El tercer conjunto estrófico (versos 21-27) repite la misma combinación de versos que el anterior: octosílabos del 21 al 16, y decasílabo el 27, repetición del 20; y también la misma distribución en las rimas consonantes: el verso 21 rima con el 24 y el 25 en /-árde/ («árde/aguárde/tárde», respectivamente); el 22 con el 23 en /-énte/ («Oriénte/génte», respectivamente), y quedan sueltos los versos 26 y 27 que terminan en palabra aguda: «Jerusalén»/tocad», respectivamente.

Y hay ahora un cambio de perspectiva que vincula el nacimiento con la Pasión, aludida en los verso 25-26, al afirmar que «este Sol […] / y aunque dicen que una tarde / se pondrá en Jerusalén»; y de ahí la oposición «se yela y arde» (verso 21)/«de amor y frío» (verso 22); es decir, que «se yela de frío y arde de amor», con tal de que la Humanidad alcance la salvación (verso 24: «el cielo sereno aguarde»). Pero aun cuando «San Salvador» nazca para morir en la cruz como Redentor, Lope de Vega prefiere concentrarse en la alegría del nacimiento, y termina su poema pidiendo reiteradamente, por boca de los pastores, a las «Campanitas de Belén» que sigan repicando en señal de júbilo. Un poema, pues, muy en la línea conceptual y popular de Lope de Vega.

A mi Niño combaten (En boca de Riselo)

A mi Niño combaten
fuegos y yelos;
sólo Amor padeciera
tan gran tormento.

Del amor el fuego,
y del tiempo el frío
al dulce amor mío
quitan el sosiego.
Digo, cuando llego
a verle riendo:
sólo Amor padeciera
tan gran tormento. Helarse algún pecho
y el alma abrasarse,
sólo pueda hallarse
que Amor lo haya hecho.
Niño satisfecho
de fuego y yelo:
sólo Amor padeciera
tan gran tormento.

Recoge este breve poema (de solo 20 versos) la intervención del pastor Riselo, que es continuación del poema anterior, que cantaban pastores acompañados por instrumentos musicales. Y cada uno de los tres agrupamientos estróficos se cierra con dos versos -un heptasílabo y un pentasílabo- que funcionan a modo de estribillo, y que insisten en la idea de que solo por Amor el recién nacido sufre las inclemencias meteorológicas: «sólo Amor padeciera / tan gran tormento» (versos 3 y 4, 11 y 12, y 19 y 20).

Ya en la primera estrofa, que es una seguidilla (heptasílabos sin rima los impares, y pentasílabos con asonancia /é-o/ los pares («yelos/tormento») se fija el tema de la composición: el Niño recién nacido (verso 1) se va atormentado (verso 4) por «fuegos y yelos» (verso 2), que soporta por Amor (verso 3: «solo Amor padeciera»). A partir de aquí, los dos agrupamientos estróficos restantes dan vueltas al mismo tema, aunque con ciertas matizaciones.

El segundo agrupamiento estrófico arranca con una redondilla de versos hexasílabos y rimas consonantes: /-égo/ (versos 5 y 8: «fuégo/sosiégo») y asonantes /-ío/ (versos 6 y 7: «frío/mío»). El Niño está desasosegado por «·el fuego del Amor» (verso 5) y el «el frío del tiempo» (verso 6), versos ambos con un leve hipérbaton; es decir, son los «fuegos y yelos» del verso 2; solo que ahora se ha cambiado la palabra «tormento» (del verso 4) reemplazada por la falta de «sosiego» (del verso 8).

Y no pasa desapercibida la emotividad de Riselo, tanto por el empleo del determinante posesivo de primera persona (verso 1: «A mi Niño combaten»), como por la construcción usada en el verso 7, en la que además del determinante posesivo -ahora pospuesto en forma plena y no apocopada- se emplea un adjetivo antepuesto al nombre con el significado de «tierno» y función de epíteto: «al dulce amor mío»). A esta redondilla sigue, sin solución de continuidad, una cuarteta asonantada, con rima /é-o/, ya usada anteriormente (versos 2, 4, 5 y 8), en los versos 10 y 12: «riéndo/torménto», de forma que las consonantes dentales refuerzan la sonoridad. Son hexasílabos los versos 9 y 10; y como los versos 11 y 12 repiten el estribillo, el 11 es heptasílabo y el 12 pentasílabo. Y cuando Riselo llega ante el Niño, lo encuentra «riendo» (verso 10), lo cual justifica el contenido del estribillo: «sólo Amor padeciera / tan gran tormento». Métrica y contenido se alían, pues, perfectamente para garantizar la progresión temática.

Pocas novedades hay en la métrica del tercer agrupamiento estrófico: rima consonante /-écho/ en los versos 13, 16 y 17 («pécho/hécho/satisfécho»), que alterna con la asonancia /é-o/ de los versos 2, 4, 5, 8, 9, 10, 12, 18 y 20 (exactamente, el 50 % de las rimas); rima consonante /-árse/ en los versos 14 y 15 («abrazárse/hallárse»); hasta aquí, los versos 13 a 17 son hexasílabos; el verso 18 vuelve a repetir la asonancia /é-o/ («yélo») -como ya hemos indicado-, verso que, además, es pentasílabo -como el 2 el 4 y el 12-; y otra vez el estribillo, en los versos 19 (heptasílabo) y 20 (pentasílabo), al que ya hemos aludido.

La perfección métrica del poema acompaña, pues, de manera admirable, a un contenido de acendrada espiritualidad. El Niño se encuentra «satisfecho» (verso 16), porque solo el Amor es capaz de hacer compatible «fuego y yelo» (verso 18): «Helarse algún pecho / y el alma abrasarse (verso 13 y 14, que originan un perfecto quiasmo «verbo+nombre/nombre+verbo»). La emoción estética es, por tanto, compatible con la más depurada técnica literaria.

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