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Luca di Tommé: «La adoración de los Reyes». Hacia 1360-1365. Temple y oro sobre tablaMuseo Thyssen Bornemisza (Madrid).

El Mayoral de los pastores, Aminadab, en un largo parlamento, introduce la canción Reyes que venís por ellas, de la novela pastoril de Félix Lope de Vega Los pastores de Belén.

'Reyes que venís por ellas'

Vieron, en efeto, la estrella que esperaban, y del nacimiento della conocieron el deste divino Sol. No pienso yo que ésta sería verdadera estrella, ni del número de los astros celestiales, porque como todas las demás tienen su movimiento diurno del Oriente al Ocidente, ésta le tenía del Septentrión al Mediodía: tal es el sitio de Jerusalén respeto de Belén. También por su claridad notable, pues al lado del Sol resplandecía, y también porque no tenía lugar en el cielo con las otras luces, sino cerca de la tierra, y porque en llegando a este portal o diversorio se ha parado y detenido su curso, como quien ya mostraba que había cumplido con el oficio para que había sido constituida. Y quiero a este propósito decirte una canción que uno de los criados que traemos comenzó a cantar a los Reyes luego que la vio detenida y conoció al Infante:

Reyes que venís por ellas,
no busquéis estrellas ya,
porque donde el Sol está
no tienen luz las estrellas.

Reyes que venís de Oriente [5]
al Oriente del Sol solo
que, más hermoso que Apolo,
sale del Alba excelente;
mirando sus luces bellas,
no sigáis la vuestra ya, [10]
porque donde el Sol está
no tienen luz las estrellas.

No busquéis la estrella agora,
que su luz ha oscurecido
este Sol recién nacido [15]
en esta Virgen Aurora.
Ya no hallaréis luz en ellas;
el Niño os alumbra ya,
porque donde el Sol está
no tienen luz las estrellas. [20]

Aunque eclipsarse pretende,
no reparéis en su llanto,
porque nunca llueve tanto
como cuando el Sol se enciende.
Aquellas lágrimas bellas, [25]
la estrella oscurece ya,
porque donde el Sol está
no tienen luz las estrellas.

Componen esta canción -que carece de título- 28 versos octosílabos repartidos de la siguiente forma: una redondilla inicial con rima consonante ab’b’a («éllas/yá/está/estréllas»), cuyos dos versos finales cerrarán cada una de las tres glosas compuestas por ocho versos:

Glosa 1, versos 5-12: dos redondillas con rimas consonantes cddc/ab’b’a («Oriénte/sólo/Apólo/excelénte»; «béllas/yá/está/estréllas»).

Glosa 2, versos 12-20: dos redondillas con rimas consonantes effe/ab’b’a («agóra/oscurecído/ nacído/Auróra»; «éllas/yá/está/estréllas»).

Glosa 3, versos 21-28: dos redondillas con rimas consonantes ghhg/ab’b’a («preténde/llánto/tánto/ enciénde»; «éllas/yá/está/estréllas»).

Cierto es que hay palabras que riman consigo mismas y formas verbales que facilitan la rima; pero, en cualquier caso, esas rimas expanden una grata musicalidad -y nada estridente- por toda la composición. A la cual no es ajena, además, ciertos «juegos fonéticos»; como, por ejemplo, en los versos 7 («al Oriente del Sol solo» que contiene algo así como un «tartamudeo silábico») y 8 («que, más hermóso que Apólo», con asonancia interna /ó-o/); e incluso en el verso 14 descubrimos una aliteración del fonema vocálico /u/ que podría sugerir, dado sus rasgos fonológicos, el cambio de la luminosidad a la oscuridad («que su luz ha oscurecido»).

Félix Lope de Vega

El poeta identifica a la Aurora con la Virgen, y al Sol con el Niño recién nacido, capaz de desprender una luminosidad que oscurece las más brillantes estrellas, incluida la que lleva a los Reyes Magos al portal de Belén (y de ahí el leitmotiv de la canción: «porque donde el Sol está / no tienen luz las estrellas» (versos 3-4, 11-12, 19-20 y 27-28). De hecho, la palabra «luz» se repite hasta ocho veces, seis la palabra «Sol»; y también figuran en la composición las formas verbales «alumbra» (verso 18) y «se enciende»· (verso 24); frente a «ha oscurecido» (verso 14), «eclipsarse» (verso 21) y «oscurece» (verso 26), ya que el brillo de todas las estrellas, incluida la que conduce a los Reyes Magos al portal de Belén, se apagan para dar paso a la luminosidad que desprende «este Sol recién nacido» (verso 15).

Y algo curioso en «la letra» de esta canción es la irrupción de los elementos mitológicos: «el Sol sale excelente del Alba, más hermoso que Apolo» (reordenado el contenido de los versos 7 y 8). Recordemos que en la mitología griega -y también romana- Apolo es el dios de la luz; de hecho, su apodo Febo significa «el brillante». La comparación del Niño recién nacido con Apolo, al que sobrepasa en luminosidad, más que una hipérbole anacrónica, es una manera de presentarlo como quien está destinado a «alumbrar» a la Humanidad.

En cuanto a la Aurora, es la diosa romana del amanecer, equivalente a la griega Eos, que abre paso a su hermano Helios (el Sol), y sus lágrimas se convierten en el rocío matutino (unas lágrimas que derrama por su hijo Memnón, el rey etíope, héroe de la Guerra de Troya, muerto en combate por el héroe griego Aquiles). Y de ahí la referencia en el verso 25 al llanto de la Aurora; o sea, a las «lágrimas bellas» de «esta Virgen Aurora» (verso 16), que acompañará a su hijo hasta su muerte en la cruz.

En la obra de Juan Ramón Jiménez

Juan Ramón Jiménez

Los Reyes Magos


¡Qué ilusión, esta noche, la de los niños, Platero! No era posible acostarlos. Al fin, el sueño los fue rindiendo, a uno en una butaca, a otro en el suelo, al arrimo de la chimenea, a Blanca en una silla baja, a Pepe en el poyo de la ventana, la cabeza sobre los clavos de la puerta, no fueran a pasar los Reyes... Y ahora, en el fondo de esta afuera de la vida, se siente como un gran corazón pleno y sano, el sueño de todos, vivo y mágico.

​Antes de la cena, subí con todos. ¡Qué alboroto por la escalera, tan medrosa para ellos otras noches!

​—A mí no me da miedo de la montera, Pepe, ¿y a ti?, decía Blanca, cogida muy fuerte de mi mano.

Y pusimos en el balcón, entre las cidras, los zapatos de todos. Ahora, Platero, vamos a vestirnos Montemayor, tita, María Teresa, Lolilla, Perico, tú y yo, con sábanas y colchas y sombreros antiguos. Y a las doce, pasaremos ante la ventana de los niños en cortejo de disfraces y de luces, tocando almireces, trompetas y el caracol que está en el último cuarto. Tú irás delante conmigo, que seré Gaspar y llevaré unas barbas blancas de estopa, y llevarás, como un delantal, la bandera de Colombia, que he traído de casa de mi tío, el cónsul... Los niños, despertados de pronto, con el sueño colgado aún, en jirones, de los ojos asombrados, se asomarán en camisa a los cristales temblorosos y maravillados. Después, seguiremos en su sueño toda la madrugada, y mañana, cuando ya tarde, los deslumbre el cielo azul por los postigos, subirán, a medio vestir, al balcón y serán dueños de todo el tesoro.
​El año pasado nos reímos mucho. ¡Ya verás cómo nos vamos a divertir esta noche, Platero, camellito mío!


​(Nota: Blanca y Pepe son hijos de Victoria, hermana de Juan Ramón Jiménez (Francisco nacerá en 1918).
El tío de Juan Ramón Jiménez, Gregorio, fue cónsul de aduanas, y de ahí que Platero vaya engalanado con la bandera de Colombia).

El poeta de Moguer recoge en esta emotiva página la alegría desbordada que sienten los hijos de Victoria, presos de una enorme excitación en la noche de Reyes, a la espera de recoger el «tesoro» que estos les dejarán en el balcón. Pero Juan Ramón Jiménez va más allá, y hace que el lector adulto sienta una enorme nostalgia ante sueños infantiles alojados en el tiempo, cuando escribe: «Y ahora, en el fondo de esta afuera de la vida, se siente como un gran corazón pleno y sano, el sueño de todos, vivo y mágico» (adviértase el valor sugerentemente expresivo que adquiere la adjetivación binaria: «corazón pleno y sano», «sueño vivo y mágico»).

El clima mágico que se apodera del ambiente hace que hasta la escalera por la que tendrán que subir los niños hasta llegar al balcón se humanice, en tanto que deja de ser «medrosa» («¡Qué alboroto por la escalera, tan medrosa para ellos otras noches!»). Y Juan Ramón Jiménez es muy descriptivo cuando presenta la algarabía con que serán despertados los niños a las doce de la noche, y a la espera de un amanecer que colme todas sus expectativas y les saque de un sueño idílico: Montemayor, tita, María Teresa, Lolilla, Perico, y el propio Juan Ramón, acompañado de su inseparable Platero -convertido ahora en camello-, debidamente ataviados para la ocasión, formarán un ruidoso cortejo haciendo sonar almireces, trompetas y hasta una caracola; un cortejo que encabezarán el propio Juan Ramón, transformado en Gaspar -que llevará «unas barbas blancas de estopa»- y Platero, haciendo las veces de camello y portando la bandera de Colombia.

El texto, por momentos, queda transido de emotividad, gracias sobre todo a la fuerza expresiva de la adjetivación, así como de la estructura sintáctica empleada: «Los niños, despertados de pronto, con el sueño colgado aún, en jirones, de los ojos asombrados, se asomarán en camisa a los cristales temblorosos y maravillados». Y a partir de aquí comienza para los niños una larga madrugada de «sueño y ensueños», hasta que la luz del amanecer los despierte (cuando «los deslumbre el cielo azul por los postigos») y vayan raudos a convertirse en «dueños de todo el tesoro» dejado por los «auténticos» Reyes Magos.