¿Cómo entender la guerra en la Biblia?
En los productos sustitutos de la religión, que suponen las políticas e ideologías actuales, las ideas que alientan y sostienen el ritual guerrero no han cambiado mucho. No se trata más que de sostener en el poder a las élites aristocráticas que viven del conflicto y que arrastran las masas fanáticas a sumarse al odio y la envidia
Moisés ora para conseguir la victoria de Israel sobre los amalequitas en Refidím (Éxodo 17)
Las guerras que asolan el planeta nos interrogan de manera inapelable. ¿Dicen algo o tienen algo que decir las Sagradas Escrituras al respecto? La pregunta va más allá de la conceptualización del término «guerra». La intención es profunda. Se trata de dirimir si esta está incluida en una teología de la historia, leída desde el paradigma judeocristiano o no hay ninguna razón que la haga integrable en el supuesto sentido que la Biblia parece otorgarle.
En el ensañamiento que se ilustra en los diferentes pasajes bíblicos que recogen guerras, y que confirman Von Rad, Léon-Dufour, Häring, Löfink, Trebolle, Girard, Dupuy, Alison y tantos otros, se puede ver cómo se maldice al enemigo, se hace pasar a cuchillo a toda una tribu (como la familia de Akán en Josué capítulo 7), no se perdona una sola criatura viva, se cubre de sal el campo tras la batalla para que no vuelva a crecer vida, que nadie recuerde lo que pasó y se disponga a preparar la venganza. Todo ello forma parte de las leyes contemporáneas de la guerra, siguiendo la enseñanza del Levítico (26, 1-40) y del Deuteronomio (20, 10-17), y a imitación de la Torá, el Corán y los grandes relatos de las ideologías de siempre. Se trata de una pedagogía cruel a los ojos de nuestros contemporáneos más buenistas, pero no a los del pueblo derivado de Isaac o de Ismael, de entonces y el actual, que siguen rigiéndose por estos principios.
Podemos dar un paso más y hacer una lectura de la Biblia nueva. La comunidad israelita proyecta sobre YHWH todo lo que ha aprendido en contacto con los pueblos con los que convive. Sus leyes de la guerra son las leyes de egipcios, cananeos, jebuseos, hititas, etc… La anfictionía tribal es la necesidad de mantenerse unánimes frente a los enemigos, y esta se crea derramando la sangre de otros, los que no son de los nuestros y anclando la comunión sobre principios fuertes. La comunidad y sus relatores cuentan luego la historia como entienden que ha sucedido atribuyendo a Dios (detrás del cual se enmascara a la comunidad) las victorias y a los idólatras, que no respetan las normas internas de la comunidad, las derrotas.
Ese Dios presente actuando en la historia está con nosotros. No hay un solo pueblo que no se apoye en sus dioses, que no piense que los dioses están de su lado. Otros lo llaman destinos, razones, motivos, etc… Hoy en día, sus fantasmas o ideologías sustitutorias sirven para justificar las victorias en sus batallas y desviar la atención sobre los verdaderos culpables de las derrotas. La crueldad es un designio de la justicia de Dios que ha decidido tomar partido por su pueblo. Desde este punto de vista la crueldad está justificada: no es nuestra, ni nos es imputable, es destino. El eximente moral que nos capacita para cometer las mayores atrocidades imaginables es porque son queridas por dioses celosos o amantes de sus pueblos, sus fieles adoradores. Su acción de castigo está por encima de lo moral. Es el resultado de un pacto roto por algunos desalmados que tienen la culpa de nuestra desgracia. Quienes no han respetado la alianza que los líderes carismáticos hicieron con sus dioses deben pagar las consecuencias, porque las guerras no se pueden perder.
En los productos sustitutos de la religión, que suponen las políticas e ideologías actuales, las ideas que alientan y sostienen el ritual guerrero no han cambiado mucho. No se trata más que de sostener en el poder a las élites aristocráticas que viven del conflicto y que arrastran las masas fanáticas a sumarse al odio y la envidia que les mantiene despertando el resentimiento contra las otras élites que aspiran a gobernar.
El objetivo bíblico no es la paz, sino la superación de la idolatría. La idolatría está expresada en la copia de los modos de vida rivales, vecinos, en la ambición territorial, en la riqueza, en el poder, el prestigio, pero su justificación solo hace que recoger todos los pecados capitales: la soberbia, la lujuria, la ambición desmesurada, el orgullo prometeico, la envidia, el ser dios de sí mismos, en definitiva. Son las causas de las guerras, se dé la razón que se dé que la justifique, por eso la solución no es más que la conversión. La conversión requiere un cambio total de paradigma. Ya no se puede seguir justificando la culpa de nadie. Todos estamos involucrados en la vorágine guerrera, nadie puede determinar dónde empezó, qué la suscitó, y los argumentos son aducidos desde una narración legendaria o una historización improbable en el tiempo o con datos que son muy cuestionables. Entra en juego la imaginación, el orgullo herido, el prestigio, la soberbia, la psicopolítica, revestida de historia, razones de peso económico o territorial que esconden tras su mentira la verdadera y única razón: la envidia original. Todos necesitan creerse la mentira para justificar la escalada. Todos saben que es un escenario teatral, pero todos se lo ocultan a sí mismos, porque de repente han encontrado en el enemigo construido el sentido de su vida. Además cuando se abre el telón ya no hay vuelta atrás.
Pero hablar de eso no cabe en esta reducida columna. El Nuevo Testamento desvela estos mecanismos mentirosos. Dios no está involucrado en nuestros avatares. Contempla con tristeza, si se puede hablar de tristeza en Dios, que nuestra libertad choca con sus planes para una humanidad reconciliada, pero está atado de manos –perdón por el lenguaje antropomórfico– por su compromiso con nuestra dignidad intocable de criaturas libres, creadas a su imagen y semejanza. Tenemos la posibilidad de conversión, ese es el anuncio de la Buena Noticia, pero cuelga de nuestro lado el dar el paso. El Sermón del Monte muestra el modo que va más allá de cualquier ley basada en la reciprocidad o el cálculo.
Publicado en el último número de 'La Antorcha', revista de la ACdP