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Javier Pinna es el autor de 'El libro de las órdenes monacales y religiosas'

Javier Martínez-Pinna es el autor de 'El libro de las órdenes monacales y religiosas'Almuzara

Entrevista a Javier Martínez-Pinna, historiador y escritor

«'El nombre de la Rosa' es una obra apasionante, pero muy poco recomendable para comprender un monasterio»

Acaba de publicar 'El libro de las órdenes monacales y religiosas', donde repasa «la época de mayor esplendor del monacato cristiano, pero, también, los momentos de crisis como la que se produce a partir del siglo XVIII con el desarrollo del pensamiento ilustrado»

Amedida que uno se va sumergiendo en las 264 páginas del último libro de Javier Martínez-Pinna (Alicante, 1974), se le dibujan con más claridad los trazos que definen los mil años de historia del monacato en Occidente. El libro de las órdenes monacales y religiosas (Almuzara) es un apasionante, detallado y completo repaso por el devenir de las órdenes monásticas que configuraron el mundo.

Martínez-Pinna es profesor de Historia, escritor y colaborador en las principales revistas de divulgación histórica. Es uno de los miembros fundadores de Laus Hispaniae, revista de historia de España.

– «Quien no conozca el cristianismo, y por ende, el catolicismo, jamás podrá comprender la historia de Occidente». Comienza usted con esta cita del filósofo y teólogo Javier Sádaba. Me temo que, si es así, muchos apenas comprenderán la historia de Occidente…

– Exacto. Esa es una cita que cedió personalmente Javier Sádaba a mi editora, Ángeles, para utilizarla en este libro. Yo creo que es muy adecuada, porque lo que pretendimos al escribir El libro de las órdenes monacales y religiosas fue, por una parte, destacar la importancia del monacato cristiano a la hora de fundamentar el universo espiritual de la civilización occidental y, por otra, en un momento de crisis de valores, redescubrir a esos hombres y mujeres que, en su día, decidieron escapar del ruido para buscar aquello que daba sentido a la existencia en el interior de un monasterio.

Los monasterios, más allá de su función religiosa, fueron centros culturales de primer orden ya que, en su scriptoria, los monjes realizaron una labor impagable copiando antiguos manuscritos y garantizando la transmisión de unos conocimientos que, sin ellos, se habrían perdido. Además de lo dicho, debemos tener en cuenta que en estos cenobios aparecieron escuelas donde pudieron estudiar y brillar pensadores, como santo Tomás o san Buenaventura, cuya contribución fue decisiva a la hora de comprender la evolución de la teología, la filosofía y las ciencias de la naturaleza. Creo que, si queremos conocer mejor la historia de Occidente, debemos reivindicar el legado del monacato cristiano.

La portada del libro de Martínez-Pinna

La portada del libro de Martínez-PinnaAlmuzara

– La única referencia que muchos tienen sobre lo que era un monasterio en la Edad Media es la de El nombre de la Rosa… Imagino que habrá mucho campo que «desbrozar»…

– Siempre he pensado que El nombre de la Rosa es una obra apasionante. Desde que leí el libro y vi la película, siendo solo un niño, sentí fascinación por la realidad del monacato, especialmente de los monjes medievales, pero, para ser sinceros, es muy poco recomendable para comprender la realidad de un monasterio cristiano.

Los monasterios eran, y siguen siendo, lugares de oración, con una vida que giraba en torno al cumplimiento de las obligaciones litúrgicas, a la lectura tranquila y meditada de las Sagradas Escrituras, al trabajo manual o en el campo. En la mayor parte de las ocasiones realizaron una labor asistencial digna de mención con las gentes que habitaban en las proximidades de los cenobios, muy lejos, por lo tanto, de esa imagen soberbia del monje que nos transmite Umberto Eco.

De todas formas, sí que es cierto que, en la historia del monacato podemos encontrar episodios muy positivos y otros más controvertidos. Debemos de tener en cuenta que, cuando algunos monasterios se convirtieron en auténticos centros de poder, muchos aristócratas trataron por todos los medios de introducir a algún miembro de sus familias en las comunidades monásticas por los beneficios materiales que esta decisión reportaba.

Lógicamente, esta aristocratización del monacato provocó el inicio de una larga crisis en la que no faltaron abades y priores sin ningún tipo de vocación y que nunca se preocuparon por dar ejemplo de lo que tiene que ser un auténtico monje, un hombre dedicado a Dios y a la salvación de las almas.

Cuando la enfermedad era un estigma

– Habla de la labor asistencial de los monjes. ¿A qué se refiere?

– En el libro destacamos que los monasterios fueron lugares de asistencia social abiertos a las necesidades de la gente común, a veces en el ámbito educativo, pero, sobre todo, en el cuidado a los enfermos. El lector comprobará que, en sus enfermerías, los monjes y los frailes realizaron este trabajo con gran humanidad. Es cierto que no contaban con tantos servicios y aparatos especializados, pero la atención se hacía de forma muy caritativa.

Hablamos, por lo tanto, de muchas familias religiosas como los Hermanos de San Juan de Dios, que introdujeron una visión muy humana y digna del enfermo, justo en una época en la que la enfermedad se consideraba un estigma, o los camilos, unos sacerdotes a los que no les tembló el pulso a la hora de administrar los sacramentos a los moribundos, lavar las heridas a los que no podía valerse de sí mismos y permanecer junto a los que quedaban aislados y en la más absoluta soledad por miedo a los contagios.

Esto es precisamente lo que tratamos de reivindicar, y es que la Iglesia ha podido errar a lo largo de su dilatada historia, pero esto también fue Iglesia, la verdadera Iglesia querida por Cristo, la de esos hombres y mujeres que lo abandonaron todo y pusieron su vida en peligro con el único deseo de ayudar a los más desfavorecidos.

– Aclárenos la diferencia entre anacoretas, cenobitas y eremitas.

– Un anacoreta es una persona que, movida por motivos espirituales, decide retirarse del mundo para vivir en soledad, dedicándose a la contemplación, la oración y la penitencia. El término proviene del griego ἀναχωρητής (de ahí a anachōrētḗs) cuyo significado es «el que se retira», muchas veces a cuevas o montañas.

Eremita, por su parte, también procede del griego ἐρημίτης (en latín tardío, eremīta) y hace referencia al que vive en el desierto, en una soledad más absoluta que el anterior, con una separación total del mundo para dedicarse a la oración.

Por lo que respecta al cenobita, el término procede de la palabra latina coenobīta y se refiere a una persona que forma parte de una comunidad religiosa en la que se lleva cabo un tipo de vida en común, siguiendo un conjunto de normas y bajo la autoridad de un superior (especialmente un abad o un prior).

La vida diaria en un monasterio

– Dedica usted uno de los capítulos a detallar cómo era un día en el interior de un monasterio medieval. ¿Qué le parece lo más significativo?

– En el libro dejo que al lector le acompañe un monje anónimo con el que podrá visitar alguna de las estancias más importantes de un monasterio medieval. Esto nos permitirá visitar y recorrer claustros de gran belleza, como el de Santo Domingo de Silos o el de Santa María de Monfero, cargados de simbolismo, en los que los monjes encontraban la paz para sumirse en sus propios pensamientos.

Tampoco nos olvidamos de los humildes dormitorios o la sala capitular, un espacio de planta cuadra o rectangular, en el que los monjes se sentaban, uno frente al otro, y que simbolizaba la igualdad de todos ante la Regla y la unidad de la comunidad en torno al abad.

En España tenemos algunos ejemplos bellísimos como el de Poblet y Santa María de la Huerta. En este recorrido por el interior de un cenobio también podremos detenernos en el refectorio, la biblioteca, la hospedería y la enfermería, algunas muy sofisticadas, como la del monasterio de Guadalupe, teniendo en cuenta que contaban con dormitorios individuales, caldeados, bien iluminados e, incluso, con un refectorio propio y un pequeño claustro puesto a disposición de los enfermos.

También veremos cómo era el día a día del monje; cómo repartía su tiempo, cómo era su dieta e, incluso, hablaremos sobre sus costumbres higiénicas. Creo que, para el cristiano de hoy, este viaje por el interior del monasterio le permitirá recordar algunos valores que hoy parecen olvidados como el silencio frente a un mundo bullicioso, la dignidad del trabajo sencillo frente a la deshumanización que prima en nuestras relaciones laborales, el amor por el conocimiento profundo frente al predominio de lo efímero y la búsqueda de lo trascendente en estos tiempos en los que lo único que parece importar es lo material.

– España sigue teniendo casi la mitad de los conventos de clausura del mundo. ¿A qué se debe?

– En este libro nos centramos en la época de mayor esplendor del monacato cristiano, pero, también, los momentos de crisis como la que se produce a partir del siglo XVIII con el desarrollo del pensamiento ilustrado. Recordemos que autores, rabiosamente anticatólicos, destacaron por sus críticas a la Iglesia y contra los monasterios y conventos por considerarlos un simple lastre para el progreso del ser humano.

La crisis del monacato alcanzó altas cotas con la llegada de la Revolución francesa y, en el caso español, con el inicio de los procesos de desamortización que provocó la desaparición de muchos monasterios y la pérdida de una gran parte de nuestro patrimonio. A pesar de todo, es cierto que en nuestro país siguen existiendo monasterios y conventos debido a la importante tradición monástica que tenemos en España.

En el libro recordamos que, en el contexto de la Reconquista, los reyes cristianos impulsaron la fundación de monasterios para consolidar el proceso de colonización. Más importante fue, desde nuestro punto de vista, el proceso reformista español a partir, sobre todo, de los Reyes Católicos, que tuvo como consecuencia la aparición de una serie de personajes cuya influencia fue decisiva para consolidar el monacato hispano. Hablemos de personajes de la talla de Francisco Jiménez de Cisneros, santa Teresa de Jesús o san Vicente Ferrer.

Para qué «sirve» la vida de clausura

– Hay muchos que no comprenden la importancia de la clausura en la Iglesia. Dicen que sería mejor que esos religiosos se dedicaran a ayudar a los pobres. ¿Qué les responde usted?

– A lo largo de la historia han existido órdenes como los franciscanos o los dominicos que se abrieron a las necesidades de los más necesitados, o esas congregaciones del siglo XIX que tuvieron como prioridad no la clausura, sino la acción la apostólica y responder a los problemas de una sociedad sometida a modelos económicos injustos. Hubo familias dedicadas a la asistencia sanitaria de los pobres, como los camilos, otras cuyo carisma principal fue la educación, como los escolapios, pero para los católicos que saben de la importancia de la oración, no menos importantes fueron esas órdenes como los cartujos, por poner un ejemplo, que, en santo silencio, tuvieron como prioridad rezar por la salvación de las almas.

En su visita a la cartuja de Calabria, san Juan Pablo II habló así a los monjes: «Ellos os traerán sus problemas, sus dificultades que acompañan esta vida; respetando siempre las exigencias de vuestra vida contemplativa, dadles alegría de Dios, asegurándoles que oráis por ellos, que ofrecéis vuestra ascesis para que ellos también saquen fuerza y valor de la fuente de la vida, es decir, Cristo».

Para terminar, creo que, en este mundo falto de referentes éticos, en esta sociedad marcada por la prisa y la deshumanización, debemos recuperar del olvido a estas órdenes religiosas y monacales que, poco a poco, parecen emerger de entre las arenas de la historia. Por eso invito a tus lectores a leer este libro.

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