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TRIBUNAPepe Fernández del Campo

La IA y la pérdida de la voluntad de pensar

El hombre puede razonar, leer, comparar, dudar, corregirse y volver a empezar. Pero debe querer hacerlo. Debe aceptar el esfuerzo de la pregunta, la lentitud de la lectura, la incomodidad de la duda y la disciplina del contraste

La inteligencia artificial ha entrado en nuestras vidas con una mezcla de fascinación, utilidad y vértigo. Sería ingenuo despreciarla. Puede mejorar decisiones, liberar tiempo, ampliar el acceso al conocimiento y servir de apoyo a profesionales, docentes, investigadores, empresas y administraciones. En muchos ámbitos ya forma parte de la vida ordinaria. Precisamente por eso conviene pensarla con seriedad. Las herramientas más poderosas pueden acabar modificando los hábitos de quienes las usan.

Durante los últimos años se ha hablado mucho de sus riesgos visibles. La pérdida de empleo, la vigilancia masiva, la manipulación informativa, los sesgos algorítmicos, la opacidad de las decisiones automatizadas, la concentración del poder tecnológico o el uso militar de sistemas autónomos. Todas esas cuestiones son graves y exigen regulación, responsabilidad y control público. Pero hay otro riesgo menos espectacular, más íntimo y quizá más decisivo. La inteligencia artificial puede afectar a la voluntad cognitiva del ser humano.

El problema aparece cuando la máquina deja de asistir al pensamiento y empieza a ocupar su lugar. Cuando el alumno entrega un trabajo correcto sin haber atravesado la materia. Cuando el profesional pide una conclusión sin haber formulado bien el problema. Cuando el lector cambia el libro por el resumen automático. Cuando el ciudadano sustituye el contraste de fuentes por una síntesis amable que confirma su prejuicio. Cuando la facilidad empieza a parecer conocimiento.

En ese contexto se entiende la importancia de Magnifica Humanitas, primera encíclica de León XIV, dedicada a la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial. La fecha no es casual. El texto está firmado el 15 de mayo de 2026, justo 135 años después de Rerum novarum. La elección tiende un puente entre dos grandes cuestiones sociales, la del trabajo en la era industrial, que afrontó León XIII, y la de la persona humana en una época dominada por sistemas capaces de calcular, predecir, clasificar y responder.

La encíclica acierta al situar el debate en el lugar decisivo. La cuestión no se agota en la eficiencia, la productividad o la innovación. Tampoco basta con preguntarse qué tareas puede realizar una máquina o qué procesos puede acelerar. La pregunta de fondo es más antigua y más radical. Qué imagen del hombre sostiene esta nueva civilización técnica. Qué queda de la libertad, del juicio, de la conciencia y de la dignidad cuando la vida humana empieza a organizarse alrededor de mecanismos que prometen anticiparlo casi todo.

León XIV habla de custodiar la persona humana. Esa expresión contiene ya una advertencia. Custodiar significa proteger algo valioso y frágil. La persona puede verse amenazada por abusos evidentes, como la vigilancia masiva, los algoritmos opacos, la manipulación informativa o el uso militar de sistemas autónomos. También puede erosionarse por transformaciones más discretas, casi domésticas, que afectan al modo de pensar, aprender, decidir y relacionarse con la verdad.

No rechaza la tecnología. Estas herramientas pueden ayudar a diagnosticar enfermedades, ordenar información, traducir documentos, facilitar investigaciones o liberar al ser humano de tareas pesadas. El problema surge cuando dejan de servir a la persona y empiezan a imponer sobre ella su lógica. La velocidad, la optimización, la predicción y el rendimiento pueden invadir zonas de la vida que requieren pausa, discernimiento, responsabilidad y sentido moral.

Ahí se abre la cuestión de la voluntad cognitiva. La expresión puede parecer académica, aunque alude a algo muy sencillo. Pensar exige capacidad y también voluntad. El hombre puede razonar, leer, comparar, dudar, corregirse y volver a empezar. Pero debe querer hacerlo. Debe aceptar el esfuerzo de la pregunta, la lentitud de la lectura, la incomodidad de la duda y la disciplina del contraste.

La IA generativa introduce una tentación nueva, recibir respuestas antes de haber recorrido el camino que educa la inteligencia. Ofrece síntesis inmediatas, textos bien construidos, resúmenes eficaces y argumentos aparentemente ordenados. En muchos casos ayuda. En otros, deslumbra. Y en algunos sustituye el tramo más fecundo del pensamiento, ese espacio áspero donde el criterio se forma porque la mente se ve obligada a buscar, seleccionar, jerarquizar y decidir.

La tradición filosófica y cristiana ha entendido siempre la inteligencia como algo más alto que el procesamiento de información. Inteligir significa leer dentro de las cosas, buscar su sentido, orientarse hacia la verdad y ordenar la acción hacia el bien. Una máquina puede operar con lenguaje, detectar patrones, generar hipótesis y producir textos admirables. Puede imitar razonamientos y ofrecer resultados útiles. Pero carece de conciencia moral, de responsabilidad personal, de apertura espiritual y de amor a la verdad.

Por eso Magnifica Humanitas tiene una importancia que va más allá del debate tecnológico. León XIV recuerda que la IA debe examinarse desde la dignidad humana, el bien común, el trabajo, la educación, la justicia, la paz y la responsabilidad. Ningún sistema técnico resulta inocente en sus efectos culturales. Todo diseño incorpora prioridades, criterios de medición, exclusiones y formas de poder. Por eso conviene preguntarse qué tipo de hombre produce su uso cotidiano.

La educación será uno de los grandes campos de batalla. Enseñar a utilizar estas herramientas será necesario, aunque insuficiente. Habrá que enseñar también cuándo conviene prescindir de ellas. Esa abstinencia selectiva puede convertirse en una competencia esencial. Leer despacio, escribir con voz propia, memorizar lo esencial, verificar fuentes, argumentar, guardar silencio y sostener una duda son defensas de la humanidad interior.

La universidad y la escuela no pueden limitarse a perseguir plagios o medir porcentajes de texto generado. Esa respuesta llega tarde. La cuestión decisiva está antes, en la formación del juicio. Una cosa es usar IA para ordenar materiales y otra renunciar a leerlos. Una cosa es apoyarse en ella para mejorar una investigación y otra delegar la comprensión de fondo. Una cosa es recibir ayuda para escribir mejor y otra perder la voz propia.

También la empresa debería evitar una lectura pobre basada solo en productividad. Una organización que automatiza demasiado pronto el análisis, la deliberación y la responsabilidad puede terminar formando profesionales más rápidos, pero menos capaces. Más asistidos, pero menos libres. Más eficientes, pero más dependientes de sistemas que no comprenden. La verdadera inteligencia empresarial exige trazabilidad, criterio, responsabilidad y sentido humano.

León XIV ha hablado de la necesidad de «desarmar» la IA. La expresión tiene una evidente dimensión política, económica y militar. También podría admitir una lectura interior. Desarmar la IA sería entonces desactivar la fascinación acrítica, la pereza intelectual disfrazada de eficiencia, la idea de que todo lo pensable cabe en datos procesables y esa rendición silenciosa del usuario que entrega su criterio a cambio de comodidad.

La tecnología puede ser una ayuda extraordinaria si se integra dentro de una antropología adecuada. Puede ampliar capacidades, acelerar tareas y abrir caminos nuevos. Pero solo servirá verdaderamente al hombre si no debilita aquello que lo hace humano. La conciencia, la libertad, la memoria, la responsabilidad, la búsqueda de la verdad y la voluntad de comprender.

La gran pregunta de nuestro tiempo ya no será únicamente qué puede hacer la IA. La pregunta decisiva será qué tipo de ser humano se está formando bajo su influencia. La máquina puede responder. Solo el hombre puede querer comprender. Ahí se juega el verdadero futuro de la inteligencia.

Pepe Fernández del Campo es Máster en Derecho de la IA y doctorando en IA Generativa

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