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Xavier Bartumeus con una de sus obras

Xavier Bartumeus con una de sus obrasCedida

Entrevista a Xavier Bartumeus

El escultor del Cristo de la Vigilia en Barcelona: «Para hablar de lo sagrado del amor de Dios tienes que sentir a Dios»

El objetivo era que el Pontífice encontrara la misma imagen tanto en el estadio como al día siguiente en la basílica, estableciendo un vínculo visual entre dos de los momentos más significativos de su visita a la ciudad condal

Encontramos a Xavier Bartumeus (Manresa, 1965) ultimando los preparativos para el traslado a Montjuïc del Cristo crucificado que presidirá la vigilia del papa León XIV en Barcelona en su primera visita como pontífice a España. La obra, realizada en resina sobre una cruz de madera, mide 2,90 metros de altura por 1,50 de anchura y pesa cerca de 70 kilos. Solo la base sobre la que se engarza la cruz es de 200 kilos.

La talla es una reproducción en otra escala del Cristo de Francesc Fajula, situado en el baldaquino de la Sagrada Familia, recientemente coronada. El objetivo era que el Pontífice encontrara la misma imagen tanto en el estadio como al día siguiente en la basílica, estableciendo un vínculo visual entre dos de los momentos más significativos de su visita a la ciudad condal.

Especializado en arte sacro, Bartumeus compagina la creación de nuevas obras con la restauración de imágenes y piezas artísticas para iglesias y espacios religiosos. Sin embargo, su aproximación al arte religioso nace también de una experiencia personal. Tras un proceso de conversión o profundización en el catolicismo ligado al camino de Emaús, este artista catalán encontró en la fe una nueva dimensión para su trabajo. Desde entonces, asegura, ya no busca únicamente la belleza o la corrección técnica, sino un propósito capaz de trascender la obra.

En conversación con El Debate, reflexiona sobre la representación de Cristo, la influencia de Gaudí, la función del arte sacro contemporáneo y la responsabilidad de crear una imagen destinada a acompañar uno de los actos centrales del Papa en Barcelona.

–Su trayectoria artística dio un giro tras su encuentro con la fe. ¿Cómo fue ese proceso de conversión personal y artística?

–Hay dos partes: la conversión espiritual y la artística. Yo ya pintaba desde hacía muchos años. Intentaba que mis cuadros estuvieran técnicamente bien y me dejaba influir por las corrientes contemporáneas porque soy hijo de mi tiempo. Pero notaba cierta vacuidad en algunas obras.

Entonces llegó mi reconversión. Yo era creyente a mi manera hasta que hice el camino de Emaús, como a tantos y tantos nos ha pasado. Y allí me di cuenta, no de golpe, al cabo de un tiempo de intentar ordenar mis ideas, de que algo se estaba transformando en mí.

Paralelamente, eso empezó a suceder también en mi pintura y en mi escultura. De repente necesitaban tener una carga espiritual e intelectual más allá de que fueran bonitas o estuvieran bien hechas. Necesitaban transmitir un mensaje.

Me inspiré mucho en Gaudí. Todo lo que hacía tenía un propósito. No había nada sin sentido. Eso transformó mi pintura laica.

–¿Cambió también su manera de entender el arte religioso cuando comenzaron a llegar los encargos?

–Completamente. Cuando haces una imagen religiosa ya no están solo el artista y quien la encarga. También están el anciano, el niño o el adolescente que van a rezar delante de ella. La obra tiene que ayudar a esa persona. Si no es creyente, debe transmitirle tranquilidad. Si es creyente, debe ayudarle a trascender la figura para llegar a aquello que representa.

Recuerdo una escultura del apóstol Mateo que instalamos en un baptisterio. Mientras la colocaba, una señora mayor se arrodilló delante y empezó a rezar. Al principio me sorprendió porque para mí seguía siendo una escultura. Pero entonces comprendí que ya no era mi escultura. Era una obra al servicio de la Iglesia y, en definitiva, al servicio de Dios.

–¿Qué sintió cuando le propusieron realizar la imagen de Cristo que acompañará uno de los actos centrales de la visita de León XIV a Barcelona?

–Intento no pensarlo demasiado porque, si te cargas de responsabilidad, te congelas.

Me llamó el sacerdote Emili Roure, de la diócesis de Barcelona, y me pidió realizar la escultura que acompañaría al Papa en Montjuïc. Le dije que sí inmediatamente. Cuando colgué el teléfono pensé: «¿Dónde me he metido?».

La única figura que no aparece en todo el recorrido es Dante, porque pensé que el espectador tenía que entrar en el infierno, atravesar el purgatorio y encontrarse con Dios

Soy muy impulsivo. Pedí un día para ordenar las ideas y ver cómo podía organizarlo todo. Luego me atreví. No pienso demasiado en la responsabilidad de que vaya a estar vinculada a la Sagrada Familia o a la visita del Papa porque, si lo hiciera, no podría ni empezar a dibujar.

–¿Cómo fue el proceso de creación de la escultura?

–Muy complejo porque el tiempo era escaso. Teníamos apenas un par de meses y no podía trabajar con los métodos tradicionales. Tuve que recurrir a tecnología 3D y trabajé con Miquel Balaguer. Yo dibujaba sin parar, corregía y volvía a dibujar. Había que transformar todos esos bocetos en una malla tridimensional.

Después vino la impresión, el ensamblaje y la corrección de errores. Las piezas tenían que encajar al milímetro. Luego llegó el proceso de la pátina para dar al material el aspecto escultórico que buscábamos.

Xavier Bartumeus junto al Cristo

Xavier Bartumeus junto al CristoCedida

–¿Se puede esculpir la figura de Cristo sin fe o es necesario creer en aquello que se representa?

–Sí que tienes que tener fe. Si no, pasa a ser un personaje. Para hablar del amor tienes que haber estado enamorado. Para hablar de la tristeza tienes que haber estado triste. Para hablar de lo sagrado del amor de Dios tienes que sentir a Dios.

Si no, la obra es fría. Sería una persona en la cruz, no Cristo crucificado. Y se nota la diferencia, porque en cada pincelada, en cada cincelada, en cada moldeada hay una intención.

–Una de sus obras más destacadas de los últimos años fue la exposición sobre la Divina Comedia de Dante. ¿Qué significó para usted?

–Yo ya me había convertido y fue mi primera incursión en mezclar lo contemporáneo con lo espiritual. Trabajé de una forma muy orgánica: leía un capítulo y dibujaba; leía otro y volvía a dibujar, hasta completar 99 metros de dibujo.

La única figura que no aparece en todo el recorrido es Dante, porque pensé que el espectador tenía que ser Dante. Tenía que entrar en el infierno, atravesar el purgatorio y encontrarse con Dios.

Ese proyecto fue un punto de inflexión. Desde entonces ya no he podido hacer algo que no tenga un sentido más allá de lo bonito o lo correcto. Necesito ahondar más y expresar algo más profundo.

–Gaudí decía que la belleza era un camino hacia Dios. ¿Sigue teniendo hoy el arte religioso contemporáneo la capacidad de acercar la fe?

–Sí, siempre que el artista no deje que su ego sobresalga demasiado.

A veces algunos artistas sacros se exceden en su estilo y olvidan que esas imágenes tienen un propósito. Gaudí lo tenía muy claro. Era profundamente contemporáneo, pero entendía que la obra debía ayudar a las personas.

Tengo que ser humilde y entender que no estoy para imponer mi estilo, sino para ayudar a las personas a través de él.

Por eso siempre digo: no pongas tu arte al servicio de tu ego, pon tu arte al servicio de Dios.

–Su escultura presidirá el escenario de la vigilia del Papa. Si esa imagen pudiera hablarle, ¿qué le gustaría que León XIV se llevara de ella?

–Me gustaría que la viera como la han visto quienes contemplan el Cristo de Fajula, en el que está inspirada. Es un Cristo diferente, un Cristo humano que mira hacia arriba y exhala su último aliento diciendo que todo está cumplido.

Hay muchos Cristos representados ya muertos y muchos representados vivos, pero muy pocos en el instante exacto de exhalar el último suspiro. Ese momento en el que está trascendiendo de lo humano a lo divino. Ese Cristo somos también nosotros, porque somos esa parte humana que quiere trascender con Dios hacia lo divino.

Si el Papa se queda con esa idea, y además la obra le gusta, yo ya me doy por satisfecho.

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