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¿Podemos los católicos opinar sobre la inmigración?

Cuanto más amenazado esté el derecho a opinar sobre algo, más urgente es la obligación de hacerlo. Callarse supone permitir que unos señores intransigentes se hagan con el monopolio de la opinión, y supone también quererlos mal, dejando que se hagan todavía más intransigentes

Una mujer esperaba este jueves a las puertas del Centro Ecuestre la Hípica de Ceuta

Una mujer esperaba este jueves a las puertas del Centro Ecuestre la Hípica de CeutaEuropa Press

Vengo observando desde hace años la dificultad que tenemos los católicos para entrar en el debate sobre la inmigración. Lo sucedido este verano en Ceuta sería una prueba de ello. Y sin embargo apenas ha habido alguna voz autorizada, laica u ordenada, que desde el campo de la Iglesia nos haya dado alguna luz sobre el asunto. Aunque por otro lado, casi nos hemos acostumbrado a no esperarla. Parece como si este tema estuviera zanjado para nosotros, dando por bueno todo lo establecido por la corriente de opinión dominante en nuestra cultura, nunca cuestionándolo.

Entiendo que ello es, en parte, por el miedo a ser señalados. Porque hay, en efecto, un discurso hegemónico en nuestra sociedad que presenta la inmigración como un fenómeno incuestionable, y que tiende a criminalizar a todo discrepante, siquiera leve, con las etiquetas de racista y xenófobo. Y claro, es más cómodo callar o repetir las consignas generales que correr el riesgo de decir algo inapropiado.

Pero creo que nuestro problema para opinar se explica también por otra razón más noble, específicamente cristiana. Nos preguntamos si, al cuestionar el discurso oficial sobre la inmigración, no estaremos cuestionando también el mensaje de Jesús, que nos enseña el altísimo valor de la dignidad humana y que nos manda por ello amar al prójimo, de una manera tan universal como radical. Y parece que, ciertamente, cada uno de estos motivos pesa tanto que bastaría para explicar el silencio en el que nos encontramos, y por qué al final solo se escucha a los que replican el discurso oficial.

Pero ocurre también que este discurso no parece entender la complejidad del problema. Se afirma con mucho énfasis, pero realmente no da muchas explicaciones, fuera de vagas y altisonantes apelaciones a la justicia y la solidaridad. No da respuesta a las muchas preguntas que, con todo derecho, se nos plantean a los creyentes. Parece que a un católico solo le cabe aceptar la inmigración en el modo como se está produciendo en España, sin cuestionar nada. Se le trata además de convencer de lo deseable que es este fenómeno, y se le niegan o minimizan los problemas derivados del mismo.

Una visceralidad que no admite réplica

Por otro lado, es triste comprobar cómo, a veces, en la propia Iglesia, los alineados con esta cultura dominante la defienden de la misma forma que sus afines en los ambientes secularizados, mostrando mucha indignación e insultando al oponente, reprochándole su dureza de corazón, negando la autenticidad de su fe, etc. Sustituyen la falta de argumentos por una visceralidad que no admite réplica, lo que hace muy difícil conversar con ellos.

Por mi parte, respondiendo a la pregunta que encabeza estas líneas, entiendo que, cuanto más amenazado esté el derecho a opinar sobre algo, más urgente es la obligación de hacerlo. Callarse supone permitir que unos señores intransigentes se hagan con el monopolio de la opinión, y supone también quererlos mal, dejando que se hagan todavía más intransigentes. Pero creo además que los católicos no terminamos de comprender bien este fenómeno de la inmigración, en parte debido a nuestra renuencia a pensar sobre él. Yo, al menos, echo en falta opiniones expertas que me ayuden a situarme ante él de una manera adulta, integrando todas sus complejidades; y un debate más incisivo, en el que no todo sea caridad, sino también amor a la verdad. Con este espíritu, recuerdo aquí algunas de esas cuestiones básicas que, en mi opinión, siguen pendientes de explicación. Por si alguien puede ayudarme a comprenderlas mejor.

Así, en primer lugar, la de por qué dicen algunos que las fronteras son inmorales. Lo vivido este verano, vendría a ser, por la vía de la experiencia, la refutación más contundente de esa teoría. Siendo así, además, que no conozco a nadie que prescinda de ellas, esto es, que renuncie por ejemplo a cerrar la puerta de su casa. Tampoco conozco a ningún párroco que deje la parroquia abierta por las noches, ni que permita el acceso al templo sin un mínimo de respeto a lo que ese lugar significa. Los ejemplos son muchos, y abarcan también esas otras fronteras inmateriales que uno saludablemente establece para proteger su vida personal.

Porque, al final, detrás de esta idea de frontera, lo que hay es el anhelo de un espacio seguro, donde la vida se pueda desarrollar con normalidad. Y no entiendo qué tendría de inmoral ese anhelo. Al revés, porque debe ser legítimo, entra en la idea bíblica y cristiana de salvación. Así lo encontramos expresado, por ejemplo, en la amurallada Jerusalén del salmo 147, a la que Dios ha reforzado los cerrojos de sus puertas. O mejor todavía, en el aprisco descrito por el evangelista San Juan, en el que las ovejas que lo habitan se saben seguras porque Cristo es la puerta.

Respetar las leyes

En la misma línea, siento perplejidad por los cientos de miles de personas en situación ilegal que tenemos en España, y no entiendo para qué tenemos unas leyes migratorias que no se cumplen. Pues, si han sido aprobadas, será porque son deseables, porque sirven para proteger los intereses de nuestro país. Pero entonces, ¿es que es técnicamente imposible cumplirlas? ¿Hay acaso algún interés superior que aconseje desobedecerlas? Porque, si es así, lo que no entiendo es por qué estas leyes no se corrigen o se sustituyen por otras más adecuadas.

Y me pregunto también por qué hablar de limitar la inmigración está tan mal visto, cuando es obvio que la capacidad de acogida de los países es limitada. ¿Podríamos acaso todos los españoles instalarnos en Andorra? Entiendo que el derecho a regular la entrada de inmigrantes no es un derecho absoluto, y que los países más pudientes tienen una cierta obligación moral con los más desfavorecidos, pero no que un estado no pueda establecer los límites de la acogida. Más bien creo que el establecer esos límites es parte del servicio que nuestros gobernantes deben a sus gobernados, por lealtad hacia ellos. Pero tengo la impresión de que ningún gobernante tiene intención de pasar como el que pone límites, ni mucho menos quiere opinar que quizá hayamos superado ya unos límites. Y por otro lado, siendo ésta una cuestión de tanta trascendencia, ¿por qué no se nos pregunta a los gobernados por ella?

Amor a la patria

Otra cuestión asociada es la de los sentimientos de identidad nacional y amor a la patria, en mi opinión, indispensables para la construcción del individuo y la sociedad, cultivados por ello de manera universal, en todos los países y en todos los regímenes políticos. Para algunos, sin embargo, vendrían a ser un obstáculo para la convivencia, dentro de esa sociedad multicultural a la que estamos abocados. Sin embargo la experiencia muestra justamente lo contrario, que, cuanto más se debilita ese vínculo nacional, más fuerza adquieren las identidades traídas de fuera y más fragmentada termina la sociedad resultante. Por eso no entiendo por qué, ante una población cada vez más heterogénea, no se fomenta todo lo que sirve para cohesionar, y muy especialmente el sentimiento y la conciencia de españolidad.

Y por cierto, está también el tema de la hispanidad, que afecta muy directamente a la cuestión de la integración. Entiendo que la posibilidad de emigrar a nuestro país debe plantearse como un servicio a los pueblos más pobres, y como una expresión de la unidad del género humano, que ha recibido de manera conjunta la propiedad del planeta. No como una estrategia egoísta, destinada a paliar nuestra baja natalidad. Pero, al margen de cómo se plantee, lo deseable es que al final el sujeto que llega se integre en el país que lo recibe, en un proceso donde la semejanza entre las sociedades de partida y de llegada tiene mucho que decir. Por eso no entiendo por qué no habría de priorizarse la entrada de aquellos con los que compartimos tantos y tan importantes vínculos. Y ya de paso me pregunto por qué, si hay déficit de población en España, no se promueve más la natalidad.

Por lo demás, comparto la preocupación general por la difusión en nuestro país de una religión que se ha extendido históricamente mediante la violencia, y que incluye una comprensión de la dignidad humana incompatible con la que tenemos en el Occidente cristiano. Y me apresuro a añadir que no hay en esta preocupación odio alguno hacia nadie. Ni odio, ni desprecio, ni indiferencia, ya que me lo prohíbe mi religión. Es precisamente por ser cristianos por lo que sabemos distinguir entre la dignidad de la persona y la de sus ideas. De manera que la persona siempre nos será amable, digna de ser amada, pero no así sus ideas, que pueden ser discutibles e incluso merecer el rechazo más rotundo. Por otro lado, digamos que la pretendida tolerancia que exhiben los valedores de este fenómeno no resulta muy convincente. Creo que en la mayoría de los casos lo que prima es el miedo, el odio hacia lo propio o el interés electoral, y que en todo caso se trata de una tolerancia ejercida a costa de ignorar la suerte de las generaciones futuras.

En fin, y que no veo en qué punto las posiciones aquí reflejadas estarían siendo contrarias al Evangelio. Más bien, puestos a opinar, yo diría que son compartidas por la inmensa mayoría de los fieles y los sacerdotes españoles.

El P. Arturo Portabales es sacerdote de la archidiócesis de Madrid

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