La paciencia de los sacerdotes también es finita, como la del resto de seres humanos...
Móviles sonando, chanclas, impuntualidad, niños chillando... ¿Qué exaspera más a los sacerdotes en las misas?
Numerosos presbíteros lamentan «que se haya perdido mucho respeto» durante las celebraciones y, con paciencia y buen humor, tratan de educar a los feligreses «incordiantes»
Que si la misa es muy larga, que si el cura habla demasiado, que va muy lento, que si no dice nada interesante en sus homilías... Las quejas de algunos feligreses sobre sus curas son el pan nuestro de cada día en muchas parroquias. Pero, ¿y los sacerdotes? ¿Tienen ellos alguna objeción que hacer sobre cómo asisten a misa los fieles de sus parroquias? Si es usted de los que suele cumplir con el precepto dominical, preste atención. Tal vez, alguna de estas «quejas» le resulte familiar...
El móvil, el enemigo número 1
Un tono de llamada que suena justo en el momento de la consagración o durante la homilía. Una señora que empieza a rebuscar nerviosamente en su bolso. No lo encuentra. El móvil sigue sonando... En la parroquia de Nuestra Señora del Carmen, en Madrid, dos grandes carteles a la entrada del templo invitan a «apagar el móvil y a disfrutar hablando con Dios». Para algunos feligreses, los carteles deben ser invisibles: los aparatitos que se han convertido en una extensión de nuestras manos siguen sonando durante las celebraciones o las adoraciones eucarísticas.
«No hay misa en la que no suenen dos o tres, especialmente durante la consagración. Antes, los teléfonos hacían rin rin; ahora aquello parece Operación Triunfo...», bromea Juan Luis Rascón Ors, párroco de San Antonio de La Florida, en Madrid. Pero, entre broma y broma, la verdad asoma. «Especialmente estridentes son las melodías que utilizan las personas mayores. Especialmente lacerante es una señora al que le suena el móvil todos los días dos o tres veces. Estoy desesperado, no sé qué más puedo hacer: es una señora a la que es imposible que nadie la llame, salvo sus hijos. ¿Pero es que tus hijos no saben que estás en misa? ¡Si no lo coges, pues que no llamen la cuarta vez!», exclama el sacerdote.
«Hay un nivel superior», abunda Jesús María Silva Castignani, párroco de San Isidoro, San Pedro Claver y Virgen del Castillo, en Madrid: «Cuando el teléfono suena durante la misa y, después de encontrarlo, la persona decide cogerlo y responder. En ese momento el sacerdote ya no sabe muy bien si está celebrando la eucaristía o asistiendo a una conversación telefónica en directo», señala.
«Una de las cosas que más me fastidiaron siempre fue el sonido de los teléfonos móviles en medio de la misa. No podía comprender que no se silenciaran antes de entrar en la iglesia», reconoce Pablo Cervera Barranco, ex capellán de la Universidad CEU San Pablo. «Lo grande y cómico sucedió cuando un día, celebrando en la universidad el día de nuestro patrono, santo Tomás de Aquino (28 de enero), sonó mi propio teléfono ¡¡¡en medio de mi homilía!!! Imaginad la cara de póker que se me quedó... Desde entonces, soy más clemente y misericordioso al respecto», confiesa el sacerdote, quien añade que «el olvido puedo sucederle a cualquiera. Quizá, cuando uno ve su propia falta, es más benévolo con los demás…».
El sacerdote Pablo Cervera
El párroco de Brihuega (Guadalajara), José Félix Bricio, coincide en señalar que «los móviles se llevan la palma de las molestias, pero son comprensibles porque la gente vive con mil quehaceres y sometida a los imprevistos». «Además, la gente mayor no se suele manejar bien en el mundo de la comunicación y saltan ruidos estruendosos en mitad de la homilía o en la consagración que dejan al sacerdote fuera de juego… pero también eso hay que aprovecharlo para crecer en paciencia y comprensión…», apostilla con mansedumbre. «Con cariño se puede decir en alguna homilía, pero sin ser cansinos ni plastas…», agrega.
La solución contra los móviles
«Hay un sonido que reconozco que me revuelve las tripas por dentro: el de un teléfono móvil sonando durante la misa», concuerda José Antonio Durán Manso, párroco de San Gabriel Arcángel, en La Poveda (Arganda Del Rey, Madrid). «Me acuerdo de que, cuando llegué a la parroquia, durante los primeros días sonaban de vez en cuando algunos móviles. Llegó un momento en que me cansé tanto que hice una especie de 'prueba' o, mejor dicho, una apuesta», denuncia en tono de broma, aunque con firmeza: «Cada vez que sonara un teléfono móvil durante la misa, se impondría una multa de 50 €. La finalidad era estupenda: destinar lo recaudado a sufragar los gastos que teníamos que afrontar para arreglar una dichosa gotera de la parroquia», explica. Fue mano de santo.
José Antonio Durán Manso, durante una misa
Niños en la iglesia como si estuviesen en el parque
Sí, los niños traen la alegría y la frescura... pero también pueden llegar a incordiar y, en ocasiones, ante la indiferencia de los padres. «El bebé puede llorar, gritar, etc. No importa; no se puede regañar a los papás que tienen bebés porque, si no, dejan de venir a misa», explica Juan Luis Rascón. «Al bebé hay que dejarle tranquilo. El problema son todas las señoras mayores que están alrededor del bebé, que se pasan la misa haciéndole cucamonas, cuchi, cuchi, pichi pichi. ¿Le queréis dejar en paz? ¡No estéis todo el rato mirándole! ¡Es horrible estar predicando y ver a seis o siete personas que están pasando de ti, embobadas con el bebé!», reconoce exasperado –aunque en tono humorístico– el sacerdote madrileño.
No todos los niños parecen ángeles...
«¡Me encantan las familias con niños! Son signo de la vitalidad de la Iglesia y celebrar con ellos me llena de alegría», admite un presbítero de la archidiócesis de Madrid que prefiere mantener su anonimato. «Entiendo que lloren, que a veces se rebelen y chillen con una pataleta. Entiendo lo heroico que es para tantos padres echarse a toda la familia a cuestas para venir a misa», prosigue. «Lo que ya me cuesta más entender, y esto ya son unos pocos, es que les dejen correr por los pasillos de la iglesia como si no fueran suyos. Lo bueno es que, si el niño empieza a subir las escaleras del presbiterio, en ese momento sí suelen venir a hacerse cargo. Por ahora, al menos...», señala.
En la parroquia de este sacerdote –como en muchas otras– han ideado una solución que les ha funcionado: «Hemos puesto una guardería dónde unas chicas jóvenes se ganan unos euros cada domingo para cuidar con muchísimo cariño a los más pequeños, rezando con ellos para que los padres puedan 'descansar en el Señor'».
«Prefiero mil veces una iglesia llena de niños haciendo ruido»
«Muchas veces puede parecer que en la parroquia los niños, con sus llantos, sus carreras o sus pequeños ruidos, molestan. Pero a mí, como sacerdote y como párroco, me sucede justamente lo contrario», asegura José Antonio Durán Manso. «Cada vez que escucho llorar a un bebé en la iglesia, pienso: La Iglesia tiene futuro. Nuestra parroquia tiene futuro. Ese llanto, lejos de molestarme, me alegra profundamente. Prefiero mil veces una iglesia llena de niños haciendo ruido que una iglesia perfectamente silenciosa… pero vacía», observa. «Así que, ya sabéis: los niños pueden llorar todo lo que quieran… pero, por favor, que los móviles lloren en silencio», ruega el párroco de San Gabriel Arcángel.
Borja Langdon, párroco de San Sebastián Mártir en Arganda del Rey, divide en dos «las cosas que me impacientan o despistan cuando las observo entre los fieles durante la celebración de la misa». Por un lado, «aquellas que me despistan pero a las que procuro reaccionar siempre con una sonrisa: por ejemplo, los lloros de los bebés (¡pobres madres! Al final creo que siempre hay que llevar a los niños a misa, aunque hagan ruidos molestos); el timbre del teléfono de alguna anciana a la que se le ha olvidado o no sabe apagar el móvil (¡pobres mayores!) o la impuntualidad casual de las familias numerosas».
Borja Langdon, sacerdote en Arganda del Rey
Los impuntuales
Sin embargo, un segundo grupo lo integrarían «aquellas cosas que me incomodan de verdad: la impuntualidad habitual de los mismos de siempre; ver a personas que cruzan las piernas durante la misa (aparente gesto de poco respeto); la indiferencia de padres ante el jugueteo 'descontrolado' de sus hijos, ver hablar a adultos durante la celebración, o ver cómo hay personas que contestan directamente a la llamada telefónica y salen de misa para atender a la llamada», señala Borja Langdon, coincidiendo con el «nivel superior» al que aludía anteriormente Jesús Silva.
«Pese a todas estas experiencias que serán frecuentes en el resto de mis compañeros, soy de la opinión de que el párroco siempre ha de reaccionar con extrema delicadeza», advierte Langdon. «Al mismo tiempo, es bueno que se vaya educando a la comunidad con pequeños consejos o explicando el valor infinito de la misa para que eso les ayude a 'saber estar'», propone.
Los escotes generosos
Un sacerdote de la diócesis de Getafe que prefiere mantener el anonimato para evitar –dice bromeando– «represalias de los feligreses», se refiere a otro punto que, en ocasiones, los fieles descuidan: el de la vestimenta en el templo. «Es una tendencia generalizada la de sexualizar los cuerpos, especialmente el de las mujeres. El templo es un lugar para aprender, no para enseñar… escotes generosos, pantalones o faldas que parecen cinturones, hombres en chanclas o con ropa más propia del gimnasio o de la playa…», señala este párroco.
«Es bonito que cualquier persona que pase por delante de una iglesia entre a hacer la visita al Santísimo, aunque vaya con el carro de la compra o en ropa deportiva porque está haciendo running. Pero otra cosa distinta es venir a las celebraciones sin distinguir que se trata de un lugar consagrado a Dios para darle gloria, no para mostrarse, atraer miradas y complicar la atención del sacerdote», observa.
«Desde el altar se ve todo»
«Desde el altar se ve todo», advierte Juan Jaramillo Patiño, párroco de Nuestra Señora de los Ángeles en San Vicente de la Barquera (Cantabria). «No lo digo para vigilar a nadie, ni mucho menos como queja. Cuando celebro la Santa Misa procuro no fijarme demasiado en lo que hace o deja de hacer la gente. El sacrificio lo ofrezco por mí y por todos, como nos lo recuerda la carta a los Hebreos», explica el sacerdote de este hermoso rincón cántabro que recibe miles de veraneantes cada año.
Y, precisamente, es en estos visitantes en los que aprecia «algo que me preocupa: una cierta falta de respeto hacia el sacerdote que preside la celebración». «Llega la homilía. Se proclama el Evangelio y, cuando se dice Palabra del Señor, algunos se ponen los auriculares, sacan el móvil y le dan al play para escuchar la homilía del sacerdote que siguen habitualmente», explica con sorpresa Juan Jaramillo. «Otros aprovechan esos minutos para continuar con su libro de lectura espiritual. Todo esto especialmente en cristianos bien formados y asiduos a la Misa diaria...», lamenta el párroco de San Vicente de la Barquera. «No hay nada malo en escuchar buenos predicadores ni en aprovechar los medios que hoy tenemos. Pero quizá ese no sea el momento», razona con sensatez.
«En ese instante hay un sacerdote delante de nosotros. Puede que no sea el predicador que más nos gusta, o el más erudito, o el más santo. Puede que pensemos que 'poco nos puede aportar'. Pero ¿y si precisamente hoy tiene algo que Dios quiere decirnos por la predicación de ese pobre sacerdote?», cuestiona Juan Jaramillo.
Dios habló por la burra de Balaán
«La Biblia nos recuerda que Dios llegó a hablar incluso por la burra de Balaán. Así que quizá convenga escuchar con un poco más de humildad al sacerdote que tenemos delante. Puede que su homilía no sea brillante, pero tal vez contenga una palabra que mi alma necesita escuchar precisamente hoy», observa. «Después podremos escuchar nuestro podcast favorito. Pero durante la Misa, vivamos la Misa», invita. «Dejemos el móvil, quitémonos los auriculares y abramos el corazón. Ya habrá tiempo para todo lo demás. Porque quizá no sea tanto cuestión de escuchar al mejor predicador y tener muchas ideas en la cabeza, sino de estar disponibles para escuchar a Dios», concluye.
San Vicente de la Barquera, con la iglesia de Nuestra Señora de los Ángeles a la derecha
«Luego está la gente que bosteza y se estira en misa en medio de la homilía», describe Juan Luis Rascón. «Te dan ganas de parar y cantarles una nana... Podría escribir un libro sobre situaciones parecidas», afirma el párroco madrileño. Las homilías parecen ser el momento donde se concentran más «penurias» para los sacerdotes: «Y luego están esas situaciones que parecen imposibles, pero que realmente han ocurrido. Como cuando, durante la homilía, alguien levanta la mano. Sí, literalmente. El sacerdote está predicando tranquilamente y, de repente, ve una mano levantada entre los bancos como si aquello fuera una clase del colegio. En ese momento uno tiene que hacer un esfuerzo para no preguntar: ¿Sí? ¿Alguna pregunta?. Porque, aunque pueda parecer una exageración, ha pasado», asegura.
Las lecturas en misa
El último informe PISA otorga a nuestro país un suspenso rotundo en cuanto a comprensión lectora se refiere. Y esto también se aprecia en las misas. «Cuando sale alguien a proclamar una lectura sin habérsela preparado previamente y comienza a leerla de tal manera que cuesta entender qué está diciendo. El sacerdote escucha desde el altar intentando descifrar el texto, mientras piensa en la homilía que tenía preparada y se da cuenta de que ya no puede hacer referencia a esa lectura porque, sencillamente, nadie ha entendido lo que se acaba de proclamar. Y quizá lo peor es que, después, algunos preguntan: ¿Y de qué hablaba la primera lectura? Pues exactamente eso se estaba preguntando también el cura», señala Jesús Silva.
«Otro de los momentos más desesperantes es cuando llega la respuesta del salmo responsorial y, justo entonces, alguien tose con una potencia extraordinaria, de manera que nadie consigue entender cuál era la respuesta que debe proclamar toda la asamblea», apostilla.
Turistas sin fronteras
«Me molesta el atrevimiento y poca vergüenza de los turistas que intentan disimular. Como si no hubieran leído el cartel dispuesto para que lo lean sí o sí a la entrada: Ha comenzado la Misa. No se permiten las visitas turísticas. Como si no entendieran que los cordones en los pasillos están para disuadir el paso. Como si no entendieran que distraen a toda la asamblea cuando sacan fotos con sus móviles desde los primeros bancos, mientras yo, conteniéndome en silencio desde la sede, le pido al Señor que me conceda más paciencia que fuerza para con ellos…», se plantea con contundencia Francisco Javier Valdivieso, párroco de Santa María, en Aranda de Duero (Burgos). «¡Cómo hemos perdido el sentido de lo sagrado, cuando somos respetuosos para otros ámbitos!», lamenta el sacerdote. «Esos que curiosean en la iglesia durante el Banquete eucarístico, ¿harían lo mismo en una cena de gala en el comedor del Palacio Real?», cuestiona.
La bellísima iglesia de Santa María, en Aranda de Duero (Burgos)
La asistencia al precepto dominical ha caído drásticamente en las últimas décadas. Y eso se nota, claro, en las grandes ocasiones. «Me molestan los mudos vergonzantes de bodas, primeras comuniones y similares. Esos que participaron antaño en la liturgia, pero que, cuando van a lo que para ellos es un acto social, intentan mimetizarse con los bancos o las piedras», observa Valdivielso. «Cuántas veces no escucho apenas respuesta a la invocación inicial: En nombre del Padre, del Hijo y el Espíritu Santo. Entonces, cuando, intentando mantener un tono cercano, pregunto irónicamente a la asamblea si están mudos, o son extranjeros, o no saben responder, entonces todos a una contestan con aplomo: «¡Amén!», «Y con tu espíritu», dando fin a su momentánea amnesia responsorial…», prosigue el sacerdote burgalés.
En Alcañiz (Teruel), el párroco de Santa María la Mayor, Juan Esteban Montoya, también lamenta el no saber estar de algunos en el templo: «Una de las cosas que más me duele en el alma es cuando la gente llega a misa y no hace reverencia al Santísimo. Y, en lugar de ello, empiezan a hablar como si fuese una sala de reuniones».
Un último sacerdote hace una promesa: «Cuando salga publicado tu artículo lo voy a poner en la hoja parroquial, en la web, en las redes, en el tablón de anuncios; lo voy a mandar por wasap; va ser tema de estudio en todos los grupos; lectura obligada para los prebautismales, prematrimoniales, en la confirmación, en los funerales…». Se ve que muchos sacerdotes tienen necesidad de que se conozca qué es lo que ven desde el altar cuando celebran la misa...