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HOY ES DOMINGOJesús Higueras

El amor que sostiene toda la vida

El Señor no nos pide que despreciemos nuestra propia vida o que ignoremos nuestras necesidades. El amor cristiano no exige destruirse, sino aprender a entregarse sin dejar de reconocer la dignidad que Dios nos ha concedido

A Jesús le preguntan por el mandamiento mayor de la Ley. La pregunta no es insignificante. Los maestros de Israel habían identificado numerosos preceptos y discutían sobre su importancia, buscando establecer una jerarquía entre ellos. ¿Cuál era el más importante? Jesús responde con una afirmación que cualquier judío piadoso reconocería: amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente. Pero, inesperadamente, añade un segundo mandamiento: amar al prójimo como a uno mismo. Y concluye que de estos dos mandamientos penden toda la Ley y los profetas.

En realidad, Jesús nos ha hablado de tres amores: a Dios, a los demás y a uno mismo. No son tres caminos independientes, ni tres obligaciones que podamos cumplir por separado. Son dimensiones de una misma realidad, íntimamente relacionadas entre sí. Cuando una de ellas desaparece, las otras dos terminan enfermando.

El primer amor es el de Dios. No se trata simplemente de cumplir unas prácticas religiosas, acudir al templo o pronunciar palabras piadosas. Amar a Dios significa reconocerlo como el fundamento de nuestra existencia, confiar en Él y dejar que su presencia transforme nuestra manera de vivir. Pero aquí aparece una advertencia importante: podemos engañarnos pensando que tenemos mucha intimidad con Dios mientras permanecemos indiferentes ante las necesidades de quienes nos rodean.

Una religión que no se traduce en amor al prójimo corre el riesgo de convertirse en una apariencia. Podemos hablar mucho de Dios, conocer la doctrina y participar en celebraciones religiosas, pero la autenticidad de nuestra relación con Él se manifiesta especialmente en la manera de tratar a los demás. La prueba más evidente de que Dios habita en nuestro corazón es que nos impulsa a mirar al otro con sus mismos ojos, a descubrir su dignidad y a procurar su bien. Como recuerda san Juan, no podemos decir que amamos a Dios, a quien no vemos, si no amamos al hermano, a quien vemos.

Y Jesús añade algo que también merece nuestra atención: debemos amar al prójimo como a nosotros mismos. A veces hemos interpretado estas palabras como una invitación a olvidarnos de nosotros para entregarnos por completo a los demás. Sin embargo, el Señor no nos pide que despreciemos nuestra propia vida o que ignoremos nuestras necesidades. El amor cristiano no exige destruirse, sino aprender a entregarse sin dejar de reconocer la dignidad que Dios nos ha concedido.

Para amar necesitamos sabernos amados. Nadie puede dar lo que nunca ha recibido, y nuestra capacidad de amar nace de una experiencia anterior: Dios nos ha amado primero. Antes de que nosotros lo buscáramos, Él ya nos esperaba; antes de que pudiéramos ofrecerle algo, Él nos había regalado la vida. Descubrir ese amor nos permite reconciliarnos con nuestra propia historia, aceptar nuestras limitaciones y vivir en paz con nosotros mismos.

Así se comprende la unidad de los tres mandamientos. El amor recibido de Dios se convierte en amor hacia los demás y nos ayuda también a vivir reconciliados con nosotros mismos. No se trata de tres compartimentos, sino de una corriente de amor que tiene su origen en Dios y está llamada a alcanzar toda nuestra existencia.

Por eso, la pregunta decisiva no es cuánto hablamos de Dios, sino cuánto dejamos que su amor transforme nuestra vida. Porque al final, la señal más convincente de nuestra fe no será únicamente lo que sepamos, celebremos o recemos, sino el amor que hayamos sido capaces de ofrecer. En ese amor se sostiene toda la vida cristiana.

D. Jesús Higueras es el párroco de Santa María de Caná, en Pozuelo de Alarcón (Madrid)

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