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TRIBUNAJosé A. Ramos-Clemente y Pinto

No somos como ellos

En la antigua Roma existieron los «captatores», personas sin escrúpulos que adulaban a los ancianos ricos y próximos a la muerte para quedarse con sus bienes. A ellos es a los que Marcial llamó «buitres con toga», no a los jueces; pero la ignorancia es atrevida

Puede que el buitre sea un animal incomprendido en su labor de limpiar la naturaleza, pero, más allá de la ecología, la literatura ha consolidado a las personas oportunistas como buitres. Nos guste o no, Homero nos enseñó que la peor desgracia de un guerrero no era morir, sino quedar sin sepultura y ser pasto de perros y de buitres. Curiosa y actual asociación de animales. También Prometeo es castigado a que un buitre le devore eternamente el hígado. Y nuevamente curioso que los que más hablan de fondos buitres sean los más buitres en política; nada mejor que desviar el calificativo en vez de agotarse tratando de defenderse de él. También el Antiguo Testamento (Levítico y Deuteronomio) nos muestra al buitre como un ave impura. En el imaginario cultural de raíz griega y judía, el buitre es una metáfora peyorativa para definir a personas oportunistas o codiciosas.

La palabra latina «vultur» de donde proviene buitre, comparte raíz con el verbo «vellere», que significa arrancar, desgarrar o rapiñar, cargando con la connotación de arrebatar con violencia y codicia. Fueron los poetas satíricos romanos, como Marcial o Juvenal, quienes consolidaron la metáfora social. En la antigua Roma existieron los «captatores», personas sin escrúpulos que adulaban a los ancianos ricos y próximos a la muerte para quedarse con sus bienes. A ellos es a los que Marcial llamó «buitres con toga», no a los jueces; pero la ignorancia es atrevida. La consolidación vino con las fábulas morales, desde Fedro, donde el buitre quedó como símbolo de codicia (de poder, no sólo de joyas), de crueldad y de oportunismo sórdido.

Todos tenemos en mente cómo desde un extremo del arco político, esta actitud ha sido un sello característico. No hay desgracia que no haya sido utilizada para sacar ventaja política: desde la Guerra Civil a los atentados del 11-M; desde el Prestige al Yak-42; desde la bola negra de Federico García Lorca al piso de Maricarmen Abascal; desde Excalibur a la DANA; todo, mucho más allá de la lógica.

Y en esas llegaron las tragedias de Adamuz (Córdoba) y Urda (Toledo). Lo que nos pide el cuerpo es devolver mal por mal, ser como ellos, pero lo que nos exige nuestra fe es lo contrario. Cierto es que el profeta veterotestamentario tenía la doble función de denunciar el mal y anunciar el camino de la salvación, y que todos los bautizados tenemos esa función profética (así como la sacerdotal y la real), pero creo que hay un momento para cada cosa.

Dice el Eclesiastés o Qohélet: «Todo tiene su momento y cada cosa su tiempo bajo el cielo: su tiempo el nacer y su tiempo el morir, […] su tiempo el destruir y su tiempo el edificar. Su tiempo el llorar y su tiempo el reír, […] su tiempo el lanzar piedras y su tiempo el recogerlas; su tiempo el abrazarse y su tiempo el separarse, […] su tiempo el callar y su tiempo el hablar, […]». Y así debe entenderlo el cristiano. No se trata de callar en todo momento, se trata de medir los tiempos.

Entiendo la indignación de muchísima gente. La comparto. Pero a la vez y con más intensidad rezo por el eterno descanso de los fallecidos a los que les llegó su hora quizá sin estar preparados –¿acaso lo estamos cualquiera de nosotros en cualquier momento?– y necesitarán de nuestras oraciones de intercesión; rezo por la recuperación de los heridos y por el consuelo de todos sus familiares, ahora angustiados. Confío en los servicios de rescate y en los sanitarios. Espero una investigación independiente y calmada que depure responsabilidades. Pido no ser como otros y que este dolor no se utilice en el mes que queda para ir a votar. Nuestro silencio sobre el tema será suficiente grito que resonará con fuerza por lo llamativo y por el contraste con la actitud de ellos. Sí, sé lo que nos piden las entrañas y entiendo que a nivel particular cada uno exprese ese dolor y se desahogue como mejor pueda, pero los líderes políticos y todo su aparato de apoyo electoral tienen el deber moral de no usar esto como arma. Da igual si los otros lo hacen siempre. No somos como ellos; no podemos ser como ellos.

El amor al prójimo, que incluye al enemigo y al adversario, no exime de decir la verdad, para bien de la comunidad y para ayudar al adversario a reconsiderar su maldad y convertirse. Es obra de misericordia corregir al que yerra, y no lo es callar. Y, a veces, la ironía es un buen recurso literario; como lo puede ser una arenga; pero no lo es el sarcasmo y el desprecio. Si todavía debatimos es porque todavía creemos en el debate como herramienta y porque todavía tenemos la esperanza de que el que no quiere mirar a Dios, descubra la voluntad del Señor, escuche sus palabras y las cumpla. Podemos ser provocadores en nuestra tarea de despertar conciencias, pero cuidando de no herir intencionadamente al que piensa distinto. Por supuesto que la Iglesia tiene derecho a hablar de política, así como de arte, economía, ecología o cualquier otro tema, según la Doctrina Social de la Iglesia, que para eso está. Pero como recurso lógico, no como arma arrojadiza.

Queda un mes para votar. Es mejor esperar. Después habrá tiempo de poner a cada uno en su sitio. Parafraseando posiblemente a Mark Twain, ahora no podemos rebajarnos a la lucha en el fango porque allí ganarán ellos, porque tienen más experiencia. Señor, no nos dejes caer en la tentación de hacer lo mismo que tantas veces hemos criticado. «Todo tiene su momento y cada cosa su tiempo bajo el cielo». Nos toca estar en este mundo sin mundanizarnos, sin ser de este mundo, por difícil que se nos haga. Ser la sal del mundo sin echar más sal a las heridas del mundo.

José A. Ramos-Clemente y Pinto es profesor de Historia y seminarista en Huelva.

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