El padre Sébastien Fabre delante de su negocio de patatas fritas con algunos de los jóvenes a los que ayuda
El cura que vende patatas fritas en una furgoneta para ayudar a los jóvenes
El imparable padre Sébastien tiene ahora en mente un nuevo proyecto: la creación de un albergue destinado a ofrecer alojamiento a los más desfavorecidos
En la parroquia de San Juan XXIII de Douaisis, en el norte de Francia, el padre Sébastien Fabre es mucho más que un sacerdote convencional: además de celebrar misa, también se pone al frente de un puesto de patatas fritas para financiar proyectos sociales. Cercano y con una energía arrolladora, combina su labor pastoral con un firme compromiso social. Además de guiar espiritualmente a su comunidad, impulsa iniciativas para ayudar a jóvenes que han quedado al margen del empleo, la escuela o la sociedad.
El padre Sébastien Fabre 'con las manos en la masa' preparando un cono de patatas fritas
Según recoge el portal Aleteia, el padre Sébastien creció en una ciudad minera del norte de Francia, en el seno de una familia no practicante y con un abuelo musulmán. Fue su abuela quien insistió en que recibiera el bautismo y la Primera Comunión, aunque nunca imaginó que aquel niño inquieto acabaría vistiendo la sotana. «Cuando era pequeño, me aburría en misa. Entonces me dije que tenía que ser monaguillo. Y cuando veía al sacerdote celebrar la misa, quería ser sacerdote», recuerda el padre Sébastien.
Sin embargo, su vocación no fue bien recibida en casa. «Soy hijo único», explica. «Recuerdo que mi padre me decía: 'Has elegido un trabajo fácil, solo trabajarás los domingos'». Pero su verdadera motivación era otra: servir a los demás.
Un cura de barrio que pisa la calle
Siguiendo la llamada del Papa Francisco de llevar la Iglesia a las periferias, desde su ordenación, el padre Sébastien quiso ser un sacerdote que conocía el terreno. «A los sacerdotes nos corresponde salir al encuentro de la gente. Hay que hacer todo lo posible para que vuelvan a la Iglesia», afirma. Tanto lo cree, que una feligresa de 80 años, que lo conoce desde sus tiempos de seminarista, asegura que «trabaja mucho».
Pero si algo distingue al padre Sébastien es su empeño en dar oportunidades a los jóvenes que lo tienen más difícil. En 2012 fundó la asociación Deuxième Vie (Segunda Vida), un proyecto dirigido a chicos y chicas de entre 18 y 30 años que han quedado fuera del sistema educativo o laboral.
«Quiero dar una segunda oportunidad a los jóvenes que están 'desconectados' del empleo, la escuela o la sociedad. La asociación les apoya independientemente de su religión. Todo el mundo es bienvenido, ¡no miro currículos!», dice convencido de que siempre hay que confiar en las personas.
En Deuxième Vie, los jóvenes realizan trabajos ocasionales, como lavar coches o vender productos después de misa. El dinero que ganan se destina a ayudarles a obtener su permiso de conducir, una herramienta clave para su autonomía y acceso al empleo.
El evangelio y patatas fritas
Pero su labor no termina ahí. Para estar aún más cerca de la gente, el padre Sébastien ha llevado su compromiso social a un lugar poco común para un sacerdote: una furgoneta de patatas fritas. Lo que podría parecer un simple negocio de comida rápida es, en realidad, un proyecto solidario que emplea a los jóvenes de Deuxième Vie y financia sus oportunidades.
Eso sí, el padre Sébastien nunca deja de ser sacerdote, ni siquiera detrás del mostrador. Atiende el puesto con su alzacuellos puesto, lo que inevitablemente genera conversaciones. «La gente a veces piensa que voy disfrazado, y luego poco a poco empezamos a hablar de la fe, de la Iglesia y de Dios», cuenta.
El Padre Sébastien no duda en ensuciarse las manos con las patatas fritas pero siempre con su alzacuellos
Así fue como Rubén, de 20 años, lo conoció en una fiesta de cumpleaños. «El padre Sébastien había preparado la comida, así que le vi y quise ayudar. Es alguien a quien hay que conocer al menos una vez en la vida. Es muy amable y atento», explica. Durante dos años trabajó con la asociación, lo que no solo le permitió conseguir su carné de conducir, sino también hacer amigos y recuperar la confianza en sí mismo.
Otro caso es el de Teddy, que llegó a la asociación para cumplir dos semanas de servicio comunitario y terminó quedándose dos años y medio, por voluntad propia. «Después de hacer mi servicio comunitario, no tenía mucho que hacer en casa. Me ofrecieron seguir ayudando, así que me quedé», confiesa. Hoy, trabaja en la construcción y reconoce que el sacerdote ha sido clave en su vida: «¡Es un gran tipo! Me ha ayudado mucho. Gracias a él, he recuperado la confianza en la gente».
Un sacerdote con grandes planes
El padre Sébastien no se detiene. Su último proyecto es la creación de un albergue en Roost-Warendin, en la región de Norte-Paso de Calais, para ofrecer alojamiento a los más desfavorecidos. «La casa se compró el pasado septiembre. Ya han empezado las primeras obras, y será el gran proyecto de 2025», señala con orgullo.
Incansable y convencido de que la Iglesia debe estar en la calle, su método es sencillo: acercarse a la gente y ofrecer soluciones reales. Puede ser con un sermón, con una oportunidad laboral o, simplemente, con un cono de patatas fritas en la mano. Porque, al fin y al cabo, el Evangelio también se predica en lo cotidiano.