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Según una antigua tradición, cuando no encuentra alimento, el pelícano madre se hiere para alimentar a sus crías

¿Por qué un pelícano aparece en cálices, frescos y sagrarios? La profunda historia detrás del símbolo

Este animal ha atravesado siglos de arte sacro con una presencia discreta pero cargada de sentido: su imagen representa el amor que se da por completo, hasta la última gota

Una de las oraciones más conocidas que miles de católicos rezan cada día fue compuesta por quien era llamado, paradójicamente, el «buey mudo», apodo que debía a su robustez corporal y su carácter silencioso: santo Tomás de Aquino. Un sobrenombre que contrasta con la claridad y la profundidad de su pensamiento, que lo consagró como uno de los mayores teólogos de todos los tiempos.

Autor de la Suma Teológica, santo Tomás dejó también unos versos de intensa carga espiritual, recogidos en el himno Adoro te devote, donde expresa la devoción del alma al recibir a Dios en la Eucaristía. En ellos, el creyente reconoce su propia pequeñez ante la grandeza de un Dios que se oculta —y se entrega— en un simple trozo de pan.

Adoro te devote

Te adoro con devoción, Dios escondido, oculto verdaderamente bajo estas apariencias. A Ti se somete mi corazón por completo, y se rinde totalmente al contemplarte.

Al juzgar de Ti, se equivocan la vista, el tacto, el gusto; pero basta el oído para creer con firmeza; creo todo lo que ha dicho el Hijo de Dios: nada es más verdadero que esta Palabra de verdad.

En la Cruz se escondía sólo la Divinidad, pero aquí se esconde también la Humanidad; creo y confieso ambas cosas, y pido lo que pidió el ladrón arrepentido.

No veo las llagas como las vió Tomás pero confieso que eres mi Dios: haz que yo crea más y más en Ti, que en Ti espere y que te ame.
¡Oh memorial de la muerte del Señor! Pan vivo que da vida al hombre: concede a mi alma que de Ti viva y que siempre saboree tu dulzura.

Señor Jesús, bondadoso Pelícano, límpiame a mí, inmundo, con tu Sangre, de la que una sola gota puede liberar de todos los crímenes al mundo entero.

Jesús, a quien ahora veo escondido, te ruego que se cumpla lo que tanto ansío: que al mirar tu rostro ya no oculto, sea yo feliz viendo tu gloria.

​Amén.

En este himno, Tomás de Aquino recurre a una imagen sorprendente: la del pelícano. ¿Por qué este animal? Según una antigua tradición, cuando no encuentra alimento, el pelícano madre se hiere el pecho para alimentar a sus crías con su propia sangre. Un gesto extremo, símbolo de amor total, que pronto fue interpretado por los primeros cristianos como una poderosa metáfora de Cristo: el que da su vida, que se deja herir y se entrega por completo para la salvación de los suyos.

El simbolismo eucarístico es evidente. El pelícano representa a Jesús, que nutre a los fieles con su cuerpo y su sangre. La imagen de la madre pelícano es también una representación del amor que salva, una figura de la caridad absoluta. Por eso aparece con frecuencia en representaciones litúrgicas, tallas, sagrarios, cálices o frescos: es un recordatorio visible de lo que ocurre en cada misa. Así como el pelícano da la vida para sostener a sus crías, Cristo en la Eucaristía es fuente y culmen de la vida del creyente.

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