La Madre Teresa de Calcuta
5 de septiembre de 1997: muere la Madre Teresa, la mujer que enseñó al mundo a servir a los más pobres
Hoy, su ejemplo continúa vivo a través de los 6.000 miembros de su congregación, repartidos en 760 casas en 139 países, recordando a todos que «quien no vive para servir, no sirve para vivir»
Metro y medio de estatura, un impoluto sari blanco con tres rayas azules y cientos de arrugas que reflejaban años de entrega: cualquiera que escuchara esta descripción pensaría casi de inmediato en una persona, la Madre Teresa de Calcuta.
Desde las calles más paupérrimas de una ciudad de la India, ella, sin proponérselo, haría historia. Su labor fue reconocida por millones, incluidos líderes mundiales como Lady Di, Ronald Reagan, la Reina Sofía o san Juan Pablo II.
Pero lo que realmente impresiona no es el reconocimiento en sí, sino cómo una vida que, a priori, sin ostentación, ni glamour ni riquezas, logró transformar la existencia de tantas personas. Incluso los más escépticos, aquellos sin fe o vidas radicalmente alejadas del camino que ella seguía, se vieron interpelados a actuar y a replantearse su propio camino.
De Macedonia e Irlanda hasta la India
Nacida como Agnes Gonxha Bojaxhiu el 26 de agosto de 1910 en Skopje, Macedonia, entonces parte de Albania, recibió desde niña una sólida formación cristiana. A los 18 años, decidió unirse al Instituto de la Bienaventurada Virgen María, las Hermanas de Loreto, en Irlanda, tomando el nombre de María Teresa en honor a santa Teresa de Lisieux. En 1929 fue enviada a Calcuta como maestra del colegio St. Mary, donde trabajó durante casi 20 años, llegando a ser directora.
Pero todo cambió el 10 de septiembre de 1946, durante un viaje en tren hacia Darjeeling, en las laderas del Himalaya. En lo que describió como «una llamada dentro de la llamada», Jesús le pidió dejar la vida que conocía para dedicarse a los «más pobres entre los pobres».
En 1948, después de recibir las autorizaciones necesarias, dejó la Congregación de Loreto y comenzó a recorrer las calles de Calcuta, lavando heridas, consolando olvidados y ofreciendo una cama limpia y un trozo de pan para que tantos pasaran la última noche de sus vidas de manera digna.
Sin oración, no hay frutos
En 1950 fundó oficialmente las Misioneras de la Caridad, llevando su servicio a los más vulnerables más allá de la India, incluso a países comunistas. Su entrega le valió el reconocimiento mundial y, en 1979, el Premio Nobel de la Paz. A pesar de las cientos de tareas, encuentros y viajes que marcaban su día a día, nunca dejó de prescindir de lo más importante para ella: la santa misa, el rosario en la mano y, sobre todo, la oración.
Se cuenta la anécdota de un arzobispo que tuvo la oportunidad de encontrarse con ella. Esperaba un largo diálogo, pero solo se atrevió a hacer una pregunta. Ella lo miró con sus ojos penetrantes y le respondió primero: «¿Cuántas horas reza al día?».
El arzobispo quedó pasmado ante la sencillez de la pregunta, y la Madre Teresa, con calma, le explicó: «Hijo mío, sin Dios somos demasiado pobres para ayudar a los pobres. Recuerda: yo no soy más que una mujer sencilla que reza. Es Dios quien, al poner Su Amor en mi corazón, me permite amar a los pobres… ¡orando!».
La noche oscura del alma
Pero detrás de esa imagen de fortaleza y entrega, Madre Teresa vivió una profunda oscuridad interior durante gran parte de su vida. Las cartas que dejó revelan un estado de «abandono por parte de Dios» que se prolongó durante décadas, lo que la mística cristiana conoce como la «noche oscura del alma», descrita por san Juan de la Cruz.
No obstante, el padre Neuner, su director espiritual, le mostró que esa profunda aridez interior no era un obstáculo, sino un puente: su vacío le podía ayudar a comprender de manera más íntima a los pobres a quienes servía, aquellos que también vivían sumidos en el abandono y el sufrimiento.
Madre Teresa falleció el 5 de septiembre de 1997 en Calcuta, ciudad que se convirtió en su hogar y escenario de su entrega total. La beatificación más rápida de la historia tuvo lugar el 19 de octubre de 2003, con san Juan Pablo II recordándola como «humilde mensajera del Evangelio e infatigable bienhechora de la humanidad». Hoy, su ejemplo continúa vivo a través de los 6.000 miembros de su congregación, repartidos en 760 casas en 139 países, recordando a todos que «quien no vive para servir, no sirve para vivir».