León XIV y el patriarca Bartolomé I de Constantinopla, tras asistir a un servicio ecuménico cerca de la basílica bizantina hundida de San Neófito
El grave fenómeno que «oscurece» a Jesús y los tres desafíos del Papa para revertirlo
León XIV alertó de que incluso «entre los mismos creyentes» se vive el arrianismo: la herejía que negó la divinidad de Jesucristo y que hoy se manifiesta en la tendencia a reducirlo a «un gran personaje histórico, pero nada más»
León XIV aterrizó el jueves en Turquía para su primer viaje internacional y, tras las formalidades en Ankara con el presidente Erdoğan, puso rumbo a Estambul, donde la agenda dejó de ser un protocolo diplomático para convertirse en algo más incisivo.
En la catedral del Espíritu Santo, ante los religiosos que sostienen la diminuta comunidad católica del país —un 0,04 % de la población, unos 33.000 fieles—, el escenario adquirió un peso difícil de ignorar: un lugar que fue corazón del cristianismo y que hace apenas un siglo reunía a más de dos millones de creyentes. Sin embargo, tal y como señaló el Pontífice, aunque la Iglesia que se vive en Turquía es una pequeña comunidad, «permanece fecunda como semilla y levadura del Reino».
Por eso los animó a cultivar una actitud espiritual de «esperanza confiada, fundada en la fe y en la unión con Dios». Desde allí, el Papa abordó tres cuestiones que definen hoy la esencia de la fe en la era moderna y señaló tres frentes de batalla para la conciencia cristiana.
1. La pregunta esencial: ¿quién es Cristo para nosotros hoy?
La primera tarea derivada de Nicea es la búsqueda implacable de la esencia de la fe y del ser cristiano. En este concilio ocurrido hace 1.700 años, la Iglesia recuperó la unidad en torno al Símbolo de la Fe, profesado de manera «unánime y común».
Su Santidad recordó que este Símbolo es más que una simple fórmula doctrinal; es una invitación constante a buscar siempre la unidad y la esencialidad de la fe cristiana, incluso en medio de «diversas sensibilidades, espiritualidades y culturas».
El Papa enfatizó la urgencia de reflexionar sobre dos preguntas que no admiten evasivas: «¿Quién es Jesús para nosotros? ¿Qué significa, en su núcleo esencial, ser cristianos?». El Símbolo de la Fe, el Credo Niceno, se convierte así en un «criterio de discernimiento, brújula de orientación» para el actuar y el creer.
2. El «regreso del arrianismo»: cuando la divinidad de Cristo se oscurece
La segunda advertencia del Santo Padre abordó la necesidad urgente de redescubrir en Cristo el verdadero rostro de Dios Padre. Nicea fue categórico al afirmar la divinidad de Jesús y su igualdad con el Padre, revelando en Jesús el «verdadero rostro de Dios». Esta verdad debe generar un continuo «discernimiento crítico» sobre las formas de nuestra fe y vida pastoral.
Sin embargo, el Papa definió la principal amenaza espiritual de nuestro tiempo: «el regreso del arrianismo». Esta mentalidad se infiltra en la cultura actual e incluso, preocupantemente, «a veces entre los mismos creyentes».
¿En qué consiste este retorno a la herejía del siglo IV? El arrianismo, que negaba la divinidad de Jesucristo, se manifiesta en la era moderna «cuando se mira a Jesús con admiración humana, quizás también con espíritu religioso, pero sin considerarlo realmente como el Dios vivo y verdadero presente en medio de nosotros».
El Papa lamentó que, en esta visión secularizada, el ser Dios y Señor de la historia de Jesús queda «oscurecido». Cristo se reduce a ser solo «un gran personaje histórico, un maestro sabio, un profeta que ha luchado por la justicia, pero nada más». Nicea recuerda que Cristo Jesús no es una figura relegada al pasado, sino el Hijo de Dios que «guía la historia hacia el futuro que Dios nos ha prometido».
3. La fe como un «organismo viviente»
La tercera reflexión se centró en la mediación de la fe y el desarrollo de la doctrina, cruciales en un contexto cultural complejo. Los Padres Conciliares en Nicea lograron mediar la esencia de la fe utilizando las categorías filosóficas de su época. Posteriormente, esta doctrina fue profundizada en Constantinopla, resultando en el Credo Niceno que profesamos hoy.
Esta evolución demuestra que es imprescindible «mediar la fe cristiana en los lenguajes y categorías del contexto en que vivimos». Sin embargo, el Papa insistió en la necesidad de distinguir el núcleo fundamental de la fe de las fórmulas históricas que lo expresan, ya que estas últimas son siempre «parciales y provisionales» y están sujetas a cambio.
Citando a san John Henry Newman, el recién declarado doctor de la Iglesia, se explicó que el desarrollo de la doctrina «no es una idea abstracta y estática», sino el «desarrollo interno de un organismo viviente» que explícita mejor el núcleo fundamental de la fe.
El discurso cerró con una referencia a san Juan XXIII, quien, en su visita a esta misma región, contempló cómo trabajaban los pescadores del Bósforo, en el estrecho de Turquía. El Papa Roncalli comparaba su labor con la vida cristiana, señalando que los creyentes deben seguir «día y noche con las antorchas encendidas, cada uno en su pequeña barca». La exhortación de León XIV fue conservar la alegría de la fe y trabajar como «pescadores intrépidos en la barca del Señor».