Don Bosco es el patrono de los jóvenes
La 'armadura' de Don Bosco contra el maligno: alegría, el Rosario y el refugio ante el Sagrario
El santo de la juventud legó una serie de armas espirituales y consejos prácticos para que el demonio huya de las almas
San Juan Bosco, aquel santo que desbordaba alegría mientras cosechaba almas para Dios, no fue ajeno al hostigamiento constante del maligno durante toda su vida. Para él, la victoria no era una cuestión de fuerzas propias, sino de una entrega absoluta a la Divina Providencia.
El santo turinés insistía en que el primer paso para resistir era el abandono en la Madre de Dios: «Ponte con filial confianza bajo la protección de María; confía en Ella; espera en Ella. Jamás se ha oído decir que alguno de los que han acudido con confianza a María no haya sido escuchado».
Esta defensa mariana encontraba su expresión más poderosa en el Rosario, al cual definía basándose en sus visiones místicas como una herramienta capaz de «derribar, vencer, destruir a todos los demonios del infierno».
Las dos cosas que el demonio teme más
La estrategia del santo para el combate diario incluía el uso de nombres y gestos que resultan insoportables para el enemigo. Don Bosco recomendaba invocar constantemente a la Sagrada Familia, afirmando que «Jesús, José y María son los tres nombres más terribles y formidables para el demonio».
Además, el santo aconsejaba besar con fe la medalla de la Virgen o el crucifijo, especialmente durante las tentaciones, recurriendo a jaculatorias breves para que el asalto sea superado. Esta devoción se refuerza con un amor profundo a la Iglesia y la frecuencia en los Sacramentos, pues Don Bosco afirmaba con rotundidad que no hay nada que el demonio tema más que una Comunión bien hecha y las visitas constantes a Jesús Sacramentado.
Para el santo, la tibieza espiritual era la puerta de entrada al peligro, por lo que instaba a sus jóvenes a refugiarse con frecuencia a los pies de Jesús en el Sagrario para no ser vencidos. Esta práctica espiritual se complementaba con una «armadura» forjada por «la recta intención, el trabajo constante y la obediencia a las reglas», elementos que, unidos a la gracia de Dios, resultan casi imposibles de deshacer para el demonio.
La disciplina como camino de libertad interior
Finalmente, el santo de la juventud ponía especial énfasis en dos pilares: el aprovechamiento del tiempo y el estado de ánimo. Advertía que la ociosidad es el campo de entrenamiento del enemigo: «Quiero deciros lo que pretende el demonio de vosotros y lo que teme. El demonio quiere que estéis ociosos y teme mucho cuando os ve ocupados. La razón es ésta: si estáis ociosos, también él lo está; si, por el contrario, estáis ocupados, también él debe trabajar y dar vueltas para ver si consigue ganar algo».
Por ello, instaba a mantenerse siempre en actividad, ya fuera cumpliendo los deberes o recurriendo a lecturas espirituales. Pero por encima de todo, Don Bosco recordaba que la tristeza es una aliada del mal y que el buen cristiano debe cultivar un corazón radiante, dejando una de sus frases más célebres para la posteridad: «Acordaos que el demonio tiene miedo de la gente alegre».